Cannes 2026: crítica de ‘L’inconnue’ (‘The Unknown’), de Arthur Harari (Competición)

Cannes 2026: crítica de ‘L’inconnue’ (‘The Unknown’), de Arthur Harari (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
19 May, 2026 12:58 | 1 comentario

Un fotógrafo despierta en el cuerpo de una mujer. Ella puede estar en el suyo. Con Léa Seydoux. En competencia.

El mundo es un lugar misterioso en The Unknown, la nueva película del director (Onoda) y guionista (Anatomía de una caída) Arthur Harari. Al iniciarse nomás, la película presenta esa extrañeza desde su puesta en escena elusiva, su música misteriosa, su curioso y a la vez desorientado modo de mirar el mundo. David Zimmerman (Niels Schneider), uno de sus protagonistas, es el que observa todo con una distancia propia de muchos fotógrafos. Y entre esquinas y edificios que fotografía, pronto se descubrirá obsesionado por las imágenes de una mujer que capturó tiempo atrás. 

David va a una fiesta de disfraces en la que no parece sumarse al espíritu festivo y carnavalesco que allí se respira. Antes de las raras situaciones que empezará pronto a atravesar, ya se lo ve como un hombre torturado y metido en su propio mundo. Hasta que —luego de consumir una droga desconocida que, le dicen, lo ayudará a relajarse— observa en la fiesta a la misma mujer cuya fotografía, de la que tiene el negativo colgado en la pared de su estudio (en plan Blow Up, la película de Michelangelo Antonioni que funciona como posible inspiración), lo obsesiona. Encarnada por Lea Seydoux, Eva también lo mira y pronto están teniendo una muy intensa relación sexual entre bambalinas.

Lo que sucede después es inesperado. En una mezcla de película de terror de David Cronenberg y comedia física de Steve Martin, David se descubre dentro del cuerpo de Eva, sin entender qué sucedió y cómo. Vuelve a su casa, ausculta su cuerpo en detalle y se desespera. ¿Qué sucedió? Y si él está en el cuerpo de Eva, ¿estará ella en el suyo? Es así que David/Eva se pone a investigar qué fue de su cuerpo, quien es la chica cuyo aspecto ahora es el suyo y ver si puede encontrar una forma de revertir el proceso.

Lo que sigue no será nada convencional. Harari no lleva a L’inconnue por los caminos del thriller o la ciencia ficción sino que explora la angustia y la confusión existencial de su protagonista, que no entiende qué sucede ni cómo revertirlo. Y eso lo llevará a explorar en culturas esotéricas online y seguir el dato de alguien que dice haber visto a David. O al menos a su cuerpo. La mujer en algún momento lo encontrará pero las cosas no serán tan sencillas a la hora de hacer un nuevo intercambio. Más bien, a esa altura serán un asunto más complicado y casi imposible de desentrañar.

Entre Antonioni, Bergman, Resnais, el suspenso psicológico de un Brian de Palma y una mezcla de gestos de género con puesta en escena realista, Harari hace una obra que no se parece en nada a la gran mayoría del cine francés contemporáneo que se ve en Cannes y que remite más a la libertad creativa de los años ‘60, con sus caprichos pero también con sus recorridos impensados y extravagantes.

Un film sobre la identidad, la pérdida del Yo, el desconcierto y la dificultad de adaptarse a circunstancias cambiantes e imprevisibles, La desconocida —basada en la novela gráfica Le cas David Zimmerman escrita por el director y su hermano y coguionista Lucas— es una película inasible, de planos largos y muchos silencios que Harari transforma en tensión gracias a una música propia de un cine de suspenso psicológico y con una actriz como Seydoux que logra dar vida a lo que en el fondo es un hombre perdido en el cuerpo de una mujer que no entiende cómo adaptarse a esta nueva realidad.

En cierto sentido la película hace recordar a Under the Skin, cuya protagonista entraba en extrañas y perturbadoras situaciones con otras personas misteriosas. La kafkiana escena de sexo que promedia la película está entre las mejores escenas de un relato inasible y surreal que, en lugar de correrse a escenarios fantásticos y/o lynchianos, prefiere mantenerse en el universo de algo que se parece a la realidad, pero que permite darse cuenta que eso que llamamos real –nuestro nombre, nuestro cuerpo, nuestro género– es una construcción como cualquier otra.