
Cannes 2026: crítica de ‘Nagi Notes’, de Kôji Fukada (Competición)
En un pueblo a siete horas de Tokio, dos mujeres, dos adolescentes y un padre solitario navegan deseos silenciosos en los días previos a la primavera. En Competición.
Los dos planos iniciales de Nagi Notes son, inconfundiblemente, los de una película japonesa. Una esquina vista a la distancia, con su luz y sus construcciones típicas da paso a otro, de una estación de buses, donde alguien limpia el lugar. De fondo, esas notas sueltas de piano tan características al cine de ese país nos mete en el clima esperado. Y el film de Koji Fukada prueba ser, durante buena parte del relato, eso que promete: una calma y reflexiva película japonesa sobre familias, padres, madres, hijos, relaciones conflictivas y deseos controlados a lo largo de unos pocos días en ese lugar.
Nagi es una ciudad a siete horas de distancia de Tokio y la vida allí es más simple, casi rural. Hay una estación militar cercana y los sonidos de experimentos con armas que interrumpe la calma, lo mismo que las noticias que llegan por TV del conflicto armado en Ucrania. Pero en el pueblo viven en otro tempo, con otros ritmos. Lo otro disruptivo que aparece tiene que ver con la llegada de Yuri (Shizuka Ishibashi), una arquitecta de Tokio que arriba, maleta en mano, caminando. Un adolescente tímido llamado Keita (Kiyora Fujiwara) que pasa en bicicleta la ve y la reconoce como la mujer de un cuadro que ha visto en la casa de su profesora de arte. Y la lleva hacia allí.
En ese lugar pronto quedarán en claro las relaciones y algunas de las tensiones subyacentes. Yuri es la ex cuñada de Yoriko (Takako Matsu), ya que estuvo casada con su hermano. Ambas perdieron la relación con él pero quedaron amigas entre ellas. Y Yuri ha viajado allí a posar para una escultura que Yoriko quiere hacer sobre ella. Además están Keita y Haruki (Waku Kawaguchi), dos adolescentes que están descubriendo el mundo del arte, tienen una conexión entre ellos y no se parecen en nada a los agricultores o militares que pululan por la zona. A la vez, Yoshihiro (Ken’ichi Matsuyama), padre de Haruki, está solo y tiene sus propios y secretos objetivos.

Yendo día por día antes de la primavera, Nagi Notes se irá desarrollando en sesiones de modelaje entre las dos mujeres, las historias que tienen para contarse y hasta cierta tensión posiblemente romántica que surge más que nada de parte de Yoriko. No es el único caso ahí ya que uno entiende que algo similar sucede entre los adolescentes. Y ambas son historias secretas de las que no se habla en voz alta en un lugar tradicionalista como es ese. Hasta que, en medio de tormentas, tensiones y discretas declaraciones de amor, todas esas pasiones estallan al mismo tiempo, creando un tercer acto que, narrativamente, parece sacado de otra película, más intensa, melodramática y llena de acciones y hasta de suspenso.
El cambio es un tanto radical y divide al nuevo film del director de Love Life no solo en dos posibles películas distintas sino en dos modos de acercarse a una misma historia. Están los que preferirán la cautela y sutileza de su primera hora, con mucho acercamiento discreto, desencuentro incómodo, anécdotas compartidas y momentos cotidianos. Y los que se conecten más cuando todos esos «pasos de baile» que se van sugiriendo intensifiquen su marcha en un combo final en el que entran tormentas, animales sueltos, fugas, persecuciones, inesperadas declaraciones de amor e intempestivas decisiones de vida.
La conexión entre ambas partes es un poco brutal —como saltearse un par de cambios al manejar un automóvil— e invita a pensar en otra película posible. Pese a esa fricción Nagi Notes se presenta como una película discretamente feminista en la que son definitivamente las mujeres las que, a su manera, toman allí las decisiones. Y no hay base militar ni hombre uniformado que pueda modificar eso. De modo amable pero seguro, son las que han llevado a que ese pueblo logre mantenerse más o menos sano en un mundo que no lo está.



