Cannes 2026: crítica de «Shana», de Lila Pinell (Quincena de Cineastas)

Cannes 2026: crítica de «Shana», de Lila Pinell (Quincena de Cineastas)

por - cine, Críticas, Festivales
16 May, 2026 05:16 | Sin comentarios

Una mujer impulsiva e impredecible atraviesa el duelo, problemas económicos y una relación asfixiante en un retrato crudo de una vida al límite.

Shana no es la persona más amable, tranquila y sociable del mundo. Intensa, nerviosa, centrada en sus propios objetivos, es una chica de esas que no pasan desapercibidas: puede ser agresiva y cruel, incomoda constantemente a los otros (amigos o desconocidos) y vive en un estado de pelea permanente con todo y todos. Ronda los treinta, se viste de manera llamativa (bling es su palabra favorita) y no parece tener más futuro que esperar a que su novio salga de la cárcel, de la que va y viene hace años. La película de Lila Pinell es un retrato de esta chica a lo largo de un breve período de tiempo en el que tiene que hacerse cargo de varios frentes a la vez.

Interpretada por Eva Huault –que ya la encarnó en Le Roi David, un cortometraje perteneciente al mismo universo y del cual Shana funciona como ampliación y/o secuela–, Shana tiene una relación especialmente dificultosa con su madre (Noémie Lvovsky), con la que comparte una historia difícil que se revelará más adelante, en la mejor y más catártica escena de la película. Shana tiene varios problemas con los que lidiar: su novio le ha dejado bolsitas de cocaína para vender y ella ha gastado bastante del dinero obtenido en esas ventas, su medio hermana hace su bat-mitzva (Shana es de familia judía marroquí) y ella duda de ir o no, y su querida abuela ha fallecido. La buena noticia es que le ha dejado un valioso anillo de regalo. La mala: que Shana necesita dinero.

Esa serie de problemas intensifican las experiencias de una chica que, ya por su propia personalidad, transforma todo en un caos constante. Shana vive pendiente de las marcas (su iPhone, su falsa cartera Balenciaga, sus joyas llamativas, sus operaciones estéticas e inyecciones en los labios) y se burla de aquellos que no entienden su forma de vida. Y Pinell retrata exactamente eso: la vida de Shana, sus amigas y la gente que la rodea mientras su mundo se desmorona y ella intenta encontrar una salida, especialmente de la tóxica relación que tiene con su novio quien, desde la cárcel, la psicopatea de un modo pasivo-agresivo y la controla.

Honesta, directa, por momentos tan brusca como su protagonista, la película de Pinell no es sutil sino directa, barrial, sin filtros. Shana puede ser una persona irritante, un personaje que parece salido de una película de los hermanos Safdie: nervios a flor de piel, intensidad constante y un egoísmo a prueba de cualquier duda moral. Al conocer un poco más de su historia se podrá entender más de dónde viene esa furia incontenible que parece atravesarla, pero eso no necesariamente la convierte en una persona simpática ni demasiado agradable.

Shana funciona como una comedia dramática barrial, realista, de esa París multicultural y multiracial que se vibra hoy en sus calles y, especialmente, en sus suburbios. Cuando Pinell amplía el retrato de su protagonista para mostrar su mundo, sus amigas, sus fiestas y peleas, la película crece y se transforma en una mirada más amplia —honesta y generosa, pero nunca condescendiente— sobre las vidas, los mundos y las ilusiones de estas jóvenes. En una escena de baile grupal, con todas ellas saltando al ritmo de una canción de Theodora, la película encuentra su momento de comunión física y espiritual. Mientras eso exista, lo demás se podrá sobrellevar.