
Cannes 2026: crítica de ‘Siempre soy tu animal materno’, de Valentina Maurel (Un Certain Regard)
Una joven regresa a su país tras años en el exterior y queda atrapada en la inestable dinámica de su familia disfuncional, donde el vínculo con su hermana menor—paranoica e impredecible—amenaza con volverse tan íntimo como peligroso.
Tras un debut cautivante como Tengo sueños eléctricos que fue premiado en el Festival de Locarno, la cineasta costarricense Valentina Maurel regresa a un similar universo para contar otra historia de tensiones dentro de una familia rota y, como la del anterior film, compuesta de manera bastante inusual. Utilizando parte del mismo elenco (el padre y una de las hijas son los mismos que en la anterior película), pero con algunas características diferentes, Siempre soy tu animal materno se mete de lleno en la vida de esta disfuncional familia poniendo más que nada el eje en la complicada relación entre dos hermanas.
Elsa (Daniela Marín) acaba de regresar a Costa Rica tras pasar años estudiando en Bélgica, dejando allí a su novio escandinavo. La idea es estar un tiempo, visitar a su familia y luego regresar, pero la mecánica de ese grupo algo excéntrico de personajes la va de a poco envolviendo en lo que parece ser una trampa sin salida pero que es, a la vez, una mezcla de choque y reencuentro cultural de una joven mujer con algunas costumbres de su país, o de al menos parte de él.
Su primer choque es con su madre, Isabel (la actriz mexicana Marina De Tavira), una escritora un tanto vanidosa que acaba de someterse a una cirugía estética porque se ha reeditado su primer libro de poesía —que, para incomodidad de Elsa, es de alto contenido erótico— y tiene que presentarlo en público. Adora a sus hijas pero, dice, ya las educó y ahora quiere tiempo para ella, adaptando de una rara manera discursos feministas. Su ex marido, Nahuel (Reinaldo Amién), es un bohemio que está en la suya, preocupado con su jovencita nueva novia que, asegura, «tiene edad legal». Desubicado, le regala a una de sus hijas unas zapatillas que a su nueva novia le quedaron grandes. Previsiblemente, las tiran.

Pero el personaje más llamativo de todos es Amalia (Mariangel Villegas), su hermana menor, una chica de 20 años bastante peculiar que es una mezcla rara de obsesiones y paranoias: feminista radical pero a la vez cristiana devota, animista y supersticiosa, tiende a creer en todas las fake news que circulan por las redes y se ha convertido en una mujer paranoica, que no atiende la puerta y cree que está en peligro de ataques de pedófilos. «Ya estás fuera de la edad», le dirá la atónita Elsa al reencontrarla. Amalia anda con un grupo raro de amigos, es desafiante con todo y todos (familiares y desconocidos), y tiene una profunda conexión espiritual con una ex nana que ya no está en edad para trabajar con ella.
Vive, además, en una casa familiar que es un verdadero caos de objetos, gente, cosas, suciedad, humedad y caños tapados. Pero como sospecha de la nueva mucama, no deja que pase. Y es Elsa la que tiene que negociar con esa intensidad. De todos modos, la recién llegada tiene sus temas y complicaciones. Su relación con Sven, su novio, parece enfriarse y tiene constantes encuentros sexuales en el gélido AirBnB que alquila. A lo largo de los 108 minutos del film esas relaciones se enredarán más y más hasta llegar a límites, en más de un sentido, riesgosos.
Maurel no ofrece juicios de valor sobre las vidas de sus personajes. Por momentos da la impresión que Elsa es la voz de la cordura en medio de tanto caos y narcisismo familiar, pero acaso no sea tan así. Su madre más de una vez le deja en claro eso: «Estoy más preocupada por vos que por tu hermana», le dirá (Nota: en Costa Rica «vocean» como en Argentina). Y ella se debatirá entre tratar de imponerle cierta razón y lógica «europea» —así se lo hacen saber— a comportamientos culturales más sincréticos, que incluyen otros modos o filosofías de acercarse a la existencia. Si bien, convengamos, la caótica manera de hacerlo de Amalia no parece particularmente sana tampoco.

Siempre soy tu animal materno —título que se abre a complejas interpretaciones— tiene, como el anterior film de Maurel, un tono de realismo urbano seco, con actuaciones creíbles e intensas que jamás viran hacia lo melodramático ni exageran del todo el toque ligeramente policial que la historia va incorporando a partir de la aparición de unos raros amigos de Amalia, uno de los cuales dice ser sicario y el otro cría perros no particularmente apacibles.
Su film es un retrato de una familia que intenta no disolverse más de lo que ya está. Difícil considerarla una película de reencuentro y reconciliación. En el mejor de los casos, lo que le va dando un giro temático a la trama es la aceptación, lenta y contradictoria pero aceptación al fin, de las vidas de los otros, sus costumbres, sus deseos y necesidades, por más diferentes que sean a los que tenemos. En ese sentido, la película recuerda un poco a Alemania, en film argentino de María Zanetti que ponía su mirada en la relación entre dos hermanas, una más cauta y prolija, la otra con problemas de salud mental. Acá eso nunca se aclara en relación a Amalia, pero la posibilidad de llevarla a un psiquiatra aparece más de una vez.
Grandes actuaciones, un tono consistente desde lo actoral y de un refinamiento visual asombroso, Siempre soy tu animal materno es un drama sobre los lazos familiares, los choques culturales, los traumas y dolores que cargamos desde chicos y, sobre todo, una historia áspera pero a la vez sensible acerca de aprender a querer a los otros como son y no como uno quisiera que fuesen. Un gran segundo film para una de las grandes cineastas latinoamericanas de la nueva generación.



