
Cannes 2026: crítica de ‘Teenage Sex and Death at Camp Miasma’, de Jane Schoenbrun (Un Certain Regard)
Una realizadora viaja a encontrarse con la protagonista de una saga de terror para invitarla a participar en una secuela en este extravagante homenaje al cine de terror de los 80. Con Hannah Einbinder y Gillian Anderson.
Si uno quisiera resumir en una sola frase qué es, aproximadamente, Teenage Sex and Death at Camp Miasma podría decir que es la respuesta de MUBI a Stranger Things de Netflix. Es decir, la versión arty, compleja, más adulta, queer y analítica del retro ochentoso del cine de género que resurgió tras el éxito de esa serie. Si Stranger Things es una idea que parece craneada por entusiastas fans del género de terror que van al primer año de la universidad, la de Jane Schoenbrum es el paper para el curso de posgraduados sobre similar tema. La diferencia en complejidad es abismal. Y en resultados, también.
Schoenbrun viene de hacer dos películas de culto como We’re All Going to the World’s Fair y I Saw the TV Glow— que bordean lo inaccesible en su compleja relación entre rebuscadas referencias pop, decisiones estilísticas extremas y disquisiciones analíticas que generalmente exploran temáticas ligadas al género y a la cultura popular. En comparación a ellas, Teenage Sex… es una película relativamente accesible, un homenaje meta sobre meta al cine de terror de los ’80, más específicamente a las slasher movies de enorme éxito en la época. Lo que hace es inventar una saga tipo Halloween e intentar resucitarla de un modo que, resumiendo algo mucho más complejo, podría catalogarse como posmoderno.

Camp Miasma es el título de esa saga, cuyo asesino serial se conoce como Little Death —criatura mítica que sobrevive en el fondo de un lago y tiene una lanza como arma mortal—, y que tuvo el recorrido de la mayoría de esas series: unas primeras películas exitosas, secuelas cada vez más intrascendentes, intentos de devolverles la vida en versiones meta y los célebres reboots que surgieron en la última década. Y Schoenbrun bromea con esa industria de la revalorización de lo que llama «IP zombies», esos personajes que siguen vivos aunque no los notemos y pueden ser resucitados en cualquier momento si un estudio lo necesita.
La historia en sí se ocupa de Kris (Hannah Einbinder, de Hacks), una cineasta indie que hizo una película de terror de culto («es Psicosis pero desde el punto de vista de la cortina del baño«) y que es convocada por un estudio para resucitar la saga de Camp Miasma. Y la realizadora viaja al medio de la nada a encontrarse con Billy Presley (Gillian Anderson), la final girl de la película original, una actriz que desapareció del mapa tras aquel éxito de los ’80 y que hoy vive alejada del mundo en el mismo sitio en el que se filmó aquel clásico del género.
El encuentro entre ambas será el disparador de lo que pasa después, una mezcla de historia de terror, romance lésbico, disquisición analítica sobre los temas que tratan esas películas slasher —especialmente sus discursos políticamente incorrectos y, en el caso de Camp Miasma, explícitamente anti-trans—, sátira sobre Hollywood y exploración psicológica en la vida personal y sexual de una protagonista que tiene en su cabeza más películas que experiencias reales, más referencias de la ficción que sensaciones corporales reales. No por nada «Little Death» (Pequeña muerte) es una manera de decirle al orgasmo: la película conecta muy directamente sexo, muerte, deseo y placer de una manera propia de una avezada lectora de las obras completas de Sigmund Freud.

Con el paso de los minutos Schoenbrun irá cada vez más lejos con su propuesta entre camp, absurda y extrañamente emotiva. Durante un buen rato recreará la película original —con muchos cameos de caras conocidas del género y una escena salvaje y violenta musicalizada con una canción de… Counting Crows— y luego irá llevando todo desde el territorio de lo teórico y satírico a algo más crudo y, a su manera, sensual, poniendo el eje en la rara intimidad que van logrando las dos protagonistas de la historia.
Los hilos que conectan el sexo, la muerte y la mirada en el cine han sido trabajados teóricamente hasta el hartazgo, y sobre el cine de Alfred Hitchcock a Brian De Palma se han hecho cientos de papers que estudian esas relaciones. Lx realizadorx le da acá un ángulo claramente queer, transformando a su película en una suerte de relectura de ese tipo de estudios en clave que es paródica y sexual a la vez, broma para entendidos y homenaje colorido a las películas que nos formaron en la adolescencia aunque no sepamos muy bien de qué modo.



