Estrenos online: crítica de «Mi querida señorita», de Fernando González Molina (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Mi querida señorita», de Fernando González Molina (Netflix)

Una mujer tímida descubre su pasado intersex y se reinventa en Madrid, donde la libertad, el miedo y una nueva familia elegida transforman su vida.

Entre El discreto encanto de la burguesía, de Luis Buñuel —que representaba a Francia y fue la ganadora— y La nueva tierra, el clásico del sueco Jan Troell, se colaba entre las nominaciones al Oscar un film curioso producido en plena España franquista. Se trataba de Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, con guion de José Luis Borau. En ella, José Luis López Vázquez interpretaba a Adela, una mujer que a sus 40 años descubría que en realidad era «hombre», o lo que hoy llamaríamos intersex. Tomando esa trama como punto de partida pero actualizando sus anticuados modos al universo más LGBTIQ+ friendly de la actualidad, esta reversión dirigida por Fernando González Molina y producida por Los Javis busca resignidicar y actualizar la idea central de aquel curioso clásico.

La historia no se trae a la actualidad sino a fines de los ’90, cambiando la Galicia del original por Pamplona. Adela (Elisabeth Martínez) es la mujer en cuestión: «solterona», tímida, sigue viviendo con su madre y su abuela, que jamás le han hablado de su particular situación. Es, sí, llamativamente alta y siempre le han dicho «fea» o «cara de caballo», pero jamás pensó que algo más se ocultaba detrás de eso, por más que no tenga menstruaciones. En medio de su vida calma, con visitas al cura local (Paco León) y algún atisbo de romance con un vecino del pueblo, Adela conoce a Isabel (Anna Castillo) y ahí claramente hay atracción. Pero Adela duda, se detiene y finalmente se siente traicionada.

Pese al rechazo de su madre, visitará a un médico y él le revelará el «secreto»: Adela nació intersex y sus padres decidieron operarla para que viva como mujer. Esa revelación la shockeará, alterará su vida y de allí en adelante la película se centrará en sus intentos, con una identidad más masculina, de rehacer su vida en Madrid y, especialmente, en un universo y con unos personajes casi opuestos con los que convivió hasta entonces en Pamplona. Ese será el inicio de una aventura complicada, llena de idas y vueltas, en la que se mezclarán sus miedos, sus traumas y la protección de una comunidad que trata y trata de sacarla de su «agujero interior».

El recorrido de Adela (o A.D., como decidirá llamarse luego) es uno de descubrimiento, de autoafirmación pero también de confusión y culpa. González Molina ha hecho una película que combina algunas ideas provocativas sobre la fluidez de la identidad con algunos diálogos entre explicativos y sentenciosos que parecen sacados de manuales de autoayuda para aquellos que se reinventan, se redescubren o eligen una nueva identidad para sí mismxs, con los riesgos y temores que eso implica.

El grupo humano que la rodea —salvo excepciones, más que nada las familiares— es llamativamente amable para con ella: hasta el cura del pueblo resulta ser más abierto que la mayoría de sus pares. Ya en Madrid compartirá piso con una pareja muy liberal y pansexual (Manu Ríos y Lola Rodríguez), con una dominatrix trans (la artista y actriz argentina Delphina Blanco) y se irá rodeando de un grupo que la habilita a liberarse, algo que no será nada sencillo para la aún traumada protagonista.

El director de Palmeras en la nieve, que trabaja sobre un guión de Alana S. Portero, es un tanto cauto en lo que respecta a la puesta en escena y no siempre encuentra las soluciones dramáticas más adecuadas o creíbles para su historia: por momentos el film se convierte en una fábula progre que imagina un mundo bastante más amable que el que existe en la realidad. Pero aún dentro de esa fantasía, Mi querida señorita funciona como una actualización de un tema que, de los años ’70 a esta parte, ha cambiado radicalmente. La mirada amplia, abierta, generosa y optimista que presenta es, finalmente, el mayor valor de una película que no es lo suficientemente audaz para lidiar del todo con el tema elegido. Lo que le falta de coraje lo reemplaza con afecto.