Series: reseña de ‘Némesis’, de Courtney A. Kemp y Tani Marole (Netflix)

Series: reseña de ‘Némesis’, de Courtney A. Kemp y Tani Marole (Netflix)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
23 May, 2026 05:20 | Sin comentarios

Un detective obsesivo y un ladrón brillante se persiguen por Los Angeles en un thriller que sueña con ser «Fuego contra fuego» pero no le llega a los talones a Michael Mann.

Seamos honestos: Némesis quiere ser algo así como la versión en serie y para Netflix de Fuego contra fuego. No es una influencia ni un homenaje velado: es algo que se hace visible en cada encuadre, en cada confrontación a distancia entre detective y criminal, en cada plano de Los Angeles. El problema es que, por fuera de la idea central, nada en la serie hace recordar a la clásica película de Michael Mann. De hecho, parece una reconfiguración televisiva, en estudios y afroamericana de ese concepto pero con una estética y una lógica más cercana a la de una exaltada telenovela.

Courtney A. Kemp construyó su reputación con Power, drama sobre un narcotraficante que quería volverse empresario legítimo, coproducido con Curtis «50 Cent» Jackson. La serie batió récords de audiencia en Starz y engendró un universo entero de spin-offs: cuatro series derivadas, 173 episodios, 17 temporadas. Un imperio y un modelo de negocios más que exitoso. Lo que Power nunca fue, con todo su éxito, es cine. Y eso no era un defecto sino una elección consciente, coherente con lo que la serie prometía. El problema de Némesis es que Kemp parece haber confundido el cambio de plataforma con un cambio de lenguaje.

Netflix le dio a Kemp presupuesto y un elenco con cierta presencia: Matthew Law como el detective Isaiah Stiles e Y’lan Noel como el ladrón Coltrane Wilder, dos hombres enfrentados en un juego del gato y el ratón que la serie presenta como una exploración moral desde perspectivas opuestas, ya que su choque trae connotaciones históricas que se revelarán al final del primer episodio. Lo que en el papel suena a thriller de autor, en pantalla se ve como un piloto de cable de hace veinte años. Los diálogos tienen el peso específico del drama televisivo que explica lo que está pasando mientras está pasando. Los personajes secundarios existen para generar subtramas que alimentarán temporadas futuras. El ritmo obedece a la lógica del binge y no a la del suspenso, por más espectaculares que algunas escenas luzcan en términos de acción.

La sombra de Robert De Niro y Al Pacino aplasta cada escena en que los protagonistas se miran a los ojos. Y no porque Law y Noel sean malos actores, sino porque el material no les permite hacer otra cosa. Heat funcionaba por lo que no decía, por la distancia casi clínica con que Mann observaba a sus personajes moverse hacia una colisión inevitable. Némesis no puede resistirse a explicarlo todo, a subrayarlo, a asegurarse de que el espectador entienda exactamente qué está sintiendo y por qué. Es el instinto de la televisión serializada operando sobre algo que no llega a ser cine.

El problema más grave no es narrativo sino visual. Némesis tiene la estética de una serie de TV abierta de los 2000: los personajes aparecen en cada escena impecablemente maquillados, peinados y vestidos como si acabaran de bajarse de una alfombra roja — detectives, criminales, cómplices, todos igualmente fotogénicos e indemnes al mundo que supuestamente habitan. La fotografía es brillante y sin ninguna relación con un espacio físico reconocible. La Los Ángeles de Némesis no es una ciudad, es un set. Sus habitantes no son personas, son cartulinas, imitaciones de policías y ladrones.

En Fuego contra fuego quedaba claro la verosimilitud no era solo un detalle de producción sino un eje temático. Y más allá del gusto por el exceso de Mann derivado también de la TV de la que provenía, cuando De Niro y Pacino se sentaban frente a frente en aquella cafetería, uno se creía que esos dos hombres estaban vivos. En Némesis nadie parece haber dormido mal en su vida. Es difícil temer a un criminal que parece recién salido de una sesión de fotos y, más difícil todavía, creer en un detective que luce como si su mayor preocupación fuera la de tener el disfraz más cool del mundo para robar una joyería.