
Entrevistas: Diego Céspedes, director de ‘La misteriosa mirada del flamenco’
El joven realizador chileno premiado en Cannes 2025 —y jurado este año— habla de su provocativa opera prima que llega a MUBI el 12 de junio.
Entre las sorpresas más celebradas del Festival de Cannes 2025, La misteriosa mirada del flamenco se llevó el premio principal de la sección Un Certain Regard y confirmó lo que muchos intuían desde hacía años: que Diego Céspedes es una de las voces más singulares y prometedoras del cine chileno. Con solo 31 años, el realizador debutó en el largometraje con una obra que mezcla intimidad y artificio, ternura y violencia, poesía y memoria histórica. Ambientada en los años ‘80, en plena dictadura de Augusto Pinochet, la película se centra en una niña que vive con Flamenco, su madre adoptiva trans, mientras el miedo, el SIDA y la represión se filtran en cada rincón de la historia.
En una conversación que tuvo lugar en medio del Festival de Cannes, Céspedes cuenta que no le interesa el realismo puro. Prefiere la emoción, el desvío, la posibilidad de mirar la realidad desde otro ángulo. “Siempre me sentí más cercano a la visión de un adolescente que a la de un adulto”, dice. Esa elección, que ya había aparecido en su corto El verano del león eléctrico (2018), no responde solo a una cuestión de empatía generacional. Es una decisión de estilo, una manera de filmar el desconcierto. “El punto de vista de un niño o de un adolescente siempre tiene algo que falta, algo que intenta entender. Y eso me fascina. Permite una mirada un tanto fantástica de las cosas, donde la protagonista imagina una realidad más cruel casi como si fuera una película del Oeste”.
En ese juego de imaginación y descubrimiento se apoya la escritura de La misteriosa mirada del flamenco. Céspedes cuenta que el guión fluyó de forma natural, incluso lúdica. “Escribir desde la mirada de la niña fue mucho más fácil y divertido –cuenta–. La historia terminó siendo un proceso de descubrimiento acerca de temas como la enfermedad, el amor y las distintas formas que puede tomar la ternura”. Esa ternura, que atraviesa incluso las escenas más duras, parece el verdadero núcleo de la película: una manera de mirar el dolor sin ceder al cinismo.
La dimensión visual del film acompaña ese gesto poético. Céspedes trabajó junto a sus colaboradores habituales para construir un universo propio, sin apoyarse en referencias evidentes. “No queríamos copiar ni citar. Nos inventamos nuestras propias reglas. Que cada personaje, cada color, cada encuadre tuviera un sentido concreto”, explica. En ese sistema, el rojo se volvió un color clave, asociado al personaje de Flamenco y a todo lo que ella representa: la pasión, la sangre, el deseo y también el contagio.

Es lógico que muchos espectadores hayan visto aquí ecos del cine de Pedro Almodóvar, sobre todo por la paleta intensa y la presencia de personajes queer. Pero Céspedes aclara que la conexión fue más bien inconsciente. “No hubo una referencia directa ni en el guión ni en la forma de la película. Esa asociación viene del imaginario colectivo: se suele vincular a los gays y las travestis con el humor y los colores de Almodóvar. Pero el humor de La misteriosa mirada del flamenco es muy chileno, viene de las personas disidentes”, asegura.
Sus verdaderas influencias están en otro lado. Céspedes recuerda el impacto que tuvo para él ver La Ciénaga, de Lucrecia Martel, mientras estudiaba cine. “Mi familia no tenía ningún tipo de formación artística, y yo entré a la escuela atraído por lo tecnológico. Ver La Ciénaga me cambió. Me hizo entender que existía otro tipo de cine posible”, recuerda. Desde entonces, su obra busca esa misma combinación de atmósfera, subjetividad y mundo interior, una forma de filmar los silencios más que las acciones.
El proceso de casting fue largo —más de un año— y deliberadamente alejado de las lógicas habituales. “Buscábamos rostros auténticos, no conocidos, sin una imagen fuerte asociada. Quería abrir espacio a nuevas generaciones de talento”, cuenta. Esa búsqueda responde también a una visión política del cine: mostrar otras corporalidades, otros modos de estar en el mundo. “Chile es un país pequeñito, pero muy fuerte en talento. Hay una energía nueva, una honestidad que se nota en las películas”.
Esa honestidad, para Céspedes, explica en buena parte la buena salud del cine chileno en los últimos años. “Los directores y directoras están encontrando historias ligadas a sus propias experiencias, y eso genera obras particulares, personales. Es lo que hace que se destaquen afuera”, reflexiona. A eso se suma un apoyo institucional que supo fortalecer la presencia internacional del cine del país. “El envío de productores a festivales y mercados fue clave. Establecer contactos, crear vínculos… todo eso empieza a dar frutos”. No sorprende, entonces, que Céspedes haya podido mostrar todos sus trabajos en Cannes, desde sus cortos hasta este primer largo. “Me siento privilegiado. El festival va con los tiempos de hoy, tiene una sensibilidad que me interesa”, dice.
Y La misteriosa mirada del flamenco encarna justamente eso: una voz distinta, híbrida, que combina lo íntimo con lo político. Ambientada en la década del 80, durante la dictadura, la película se centra en la comunidad LGBT y en la epidemia del sida, pero lo hace desde un lugar emocional, alejada de cualquier registro obvio o directo. Céspedes explica que la motivación surgió de su propia historia familiar. “Mis padres tenían una peluquería en los suburbios de Santiago –recuerda–. Los chicos gay que trabajaban ahí murieron todos de sida. Yo crecí con una visión terrible y muy prejuiciosa de la enfermedad. Ese miedo me pareció interesante de explorar”.

Esa exploración no pasa por el morbo ni por el castigo, sino por la ternura. Céspedes evita mostrar la violencia de manera explícita, eligiendo centrarse en los vínculos. “La relación entre Flamenco y su hija adoptiva era lo más importante. La ternura es lo que más me mueve. Mostrar que hay otro camino además de la violencia. Que todavía tenemos la capacidad de mirarnos y de tener desenlaces mejores, aunque parezcan lejanos hoy”, analiza.
Esa idea de buscar una alternativa al horror, de filmar desde el amor incluso en contextos de represión, le da a la película una dimensión política más profunda. En tiempos en que la crispación domina el discurso público, La misteriosa mirada del flamenco propone un gesto contrario: mirar con empatía.
-¿Creés que la película puede generar rechazo en Chile?
-Probablemente sí. Es un país muy polarizado. Hay gente que va a asociarla con el término “woke”, como si fuera una película sobre eso. Pero justamente por ese motivo me parecía necesario hacerla. La nueva ola de ultraderecha ha afectado mucho a Chile también. Ha politizado aún más a un país que ya estaba dividido y eso hace que la gente tome posiciones cada vez más violentas. Estamos volviendo a un tiempo oscuro”.
Su diagnóstico, aunque pesimista, no pierde la esperanza: su cine parece construido, precisamente, contra esa oscuridad. El éxito internacional de su ópera prima podría llevarlo a otros proyectos más grandes, pero Céspedes prefiere no pensar todavía en eso. Le interesa, sobre todo, seguir siendo honesto con su mirada. “Prefiero no enfocarme en la edad ni en la idea de precocidad –dice–. Lo que sí siento es que en cada película soy más honesto conmigo mismo. Hago un cine más directo con lo que me hace reír, lo que me emociona, lo que me mueve”. Esa honestidad también se reflejó en el rodaje, aunque no siempre fue fácil. “Por momentos sentí que tenía que adoptar una actitud más dura de lo que soy para que me respetaran. Pero en realidad soy más tierno que duro”, dice, riendo.
Esa mezcla de fragilidad y convicción atraviesa toda su obra. En La misteriosa mirada del flamenco, la cámara observa a sus personajes con cuidado, sin juzgarlos, buscando belleza incluso en la precariedad. Céspedes filma cuerpos, colores y gestos con una sensibilidad que recuerda que el cine puede ser, todavía, un refugio. En un presente saturado de discursos, su película vuelve a apostar por el silencio, la emoción y la mirada de una niña que intenta entender un mundo roto. Quizás ahí esté el secreto de su éxito: en mirar la violencia de frente, pero sin renunciar a la ternura. En filmar, como él mismo dice, “desde el amor, desde los ojos que se encuentran”. Una lección que, en tiempos oscuros, suena más que necesaria.
Crítica de «La misteriosa mirada del flamenco», de Diego Céspedes



