Estrenos online: crítica de ‘EPiC: Elvis Presley in Concert’, de Baz Luhrmann (Flow, Movistar TV, Claro Video)

Estrenos online: crítica de ‘EPiC: Elvis Presley in Concert’, de Baz Luhrmann (Flow, Movistar TV, Claro Video)

En este documental, material inédito y grabaciones remasterizadas revelan la verdad de la residencia legendaria en Las Vegas del «Rey del Rock & Roll».

Un trabajo de arqueología cinematográfico-musical, EPiC —sigla que funciona como resumen del título pero también refiere a su contenido «épico»— no es, en lo concreto, un film-concierto de Elvis Presley sino un compilado de distintas presentaciones, ensayos y detrás de escena del artista a lo largo de sus primeros años de shows en Las Vegas, donde se presentó alrededor de 1.100 veces entre 1969 y 1977. La mayoría de las presentaciones que se ven aquí son de la primera etapa de esos shows y capturan a la perfección no solo el magnetismo del artista y el impacto de su música sino el trabajo, el esfuerzo y los ensayos que involucró esa larga residencia de conciertos que sirvieron, a la vez, como regreso, consagración y, más tarde, como una suerte de prisión profesional.

La película de Luhrmann surge a partir de los materiales que el cineasta revisó cuando filmó su ficción sobre el músico (Elvis) y que no habían entrado en otras películas o conciertos grabados del cantante, como los extraordinarios Elvis: That’s the Way It Is y Elvis on Tour, varias horas de canciones que no aparecían —o aparecían en otras versiones— en esas películas. A eso le sumó unas entrevistas grabadas al cantante que aparecen como una suerte de narración de su propia historia, y eso es —con un sonido actualizado y remasterizado que fue editado en un álbum— lo que propone este extraordinario documental.

Luhrmann inicia el film con un breve repaso de lo que podrían considerarse las etapas principales de la carrera de Elvis: su éxito inicial como figura del recién nacido rock and roll de los años ’50, su transformación en estrella de Hollywood actuando y cantando en las bandas sonoras de esos films —etapa que barrió en buena medida con su credibilidad artística— para llegar a este regreso que arranca en 1968 con su presentación en un especial de la NBC y sigue con sus shows en Las Vegas, los que —al menos durante sus primeros años— lo mostraron intenso, vuelto a la vida, con nuevas canciones y transformado más en un showman y cantante todoterreno que una estrella de rock puro y duro.

El film no muestra —aunque lo da a entender— que esa larga residencia en Vegas, lugar del que prácticamente no salió en esos últimos ocho años de carrera, terminó siendo, y en buena medida por culpa de su manager el «Coronel» Parker, una suerte de condena. El tenía ganas de viajar y presentarse fuera de los Estados Unidos, pero por motivos que se conocieron luego, jamás lo hizo. Y fue por eso que el Elvis de Las Vegas terminó siendo una parodia de sí mismo, un personaje, un disfraz, una imagen casi kitsch que no representa de una manera del todo justa lo que esos shows fueron entre 1969 y, por lo menos, 1973.

Pero durante esos primeros años, un Presley rejuvenecido luego de esa tediosa sucesión de películas en Hollywood fue un hito en Las Vegas, plaza que hoy ya acostumbra a tener a músicos tocando allí durante largas temporadas. Es el Elvis que se reconcilia con sus primeras canciones, el que le agrega elementos de soul y gospel, el que maneja el escenario como un comediante de stand-up, el que todavía tiene una voz excelsa y un control musical de su banda impecable, y el que suma éxitos que, con el correr del tiempo, se terminarían volviendo aún más canónicos que sus clásicos de los ’50. Y la película ofrecerá versiones en vivo de Suspicious Minds, You’ve Lost That Loving Feeling, Burning Love —tema que al principio le costaba sacar—, Always on My Mind, In the Ghetto, además de versiones o ensayos de covers de los Beatles, Simon & Garfunkel y clásicos del country y el soul, entre otros.

En el combo final lo que se aprecia es a un artista esforzado en tratar de conquistar y si se quiere recuperar a su público, una mezcla de fans lanzadas que buscaban besarlo, celebridades, turistas y fanáticos del músico de todas sus épocas. El film, más allá de dar a entender sutilmente la culpa de Parker en su imposibilidad de crecer artísticamente, no se mete en sus conflictos personales. Es un retrato del Elvis dueño del escenario: carismático, talentoso, capaz de bajar tres kilos por show entregándolo todo y de formular casi una teoría de lo que a esta altura podría denominarse «música americana»: blues, soul, country, folk, R&B, rock, gospel y ese intangible llamado showmanship. Y el tipo tenía todo eso metido adentro del cuerpo. Sobre el final, cuando deja el escenario, camina entre bambalinas y se mete, transpirado, agotado pero feliz, en un ascensor, la película cierra una de las historias más grandes de la música popular del siglo XX.