
Series: crítica de ‘Alice y Steve’, de Sophie Goodhart (Disney+)
Una mujer de cincuenta y pico se ve envuelta en una guerra con su mejor amigo —y ex amante— cuando él empieza a salir con su hija de 26 años, en esta serie británica. Con Nicola Walker y Jemaine Clement.
Con una propuesta que luce, de entrada al menos, muy «políticamente incorrecta», Alice & Steve es una comedia británica que propone una situación bastante incómoda y saca provecho de ella lo máximo posible. Eso dura más o menos tres episodios hasta que luego se transforma en otra cosa, mucho más banal, literal y obvia. Lo que queda, como resultado final, es un ensayo de comedia dramática inteligente abatido por una lógica narrativa serial que no hace más que arruinarlo casi todo.
Alice y Steve arranca muy bien presentando la amistosa y muy cercana relación entre las dos personas que dan título a la serie, que fueron pareja muchas décadas atrás pero que, a sus cincuenta y tantos, son mejores amigos. Se emborrachan en un funeral de un amigo, cometen todo tipo de errores y tropelías, y queda en evidencia que tienen un lazo muy fuerte entre ambos. Steve (Jemaine Clement) es divorciado, pero Alice (Nicola Walker) está casada en segundas nupcias con Daniel (Joel Fry), tiene una hija de un anterior matrimonio llamada Izzy (Yali Topol Margalith) y un hijo de ambos, el amable Dom (Tyrese Eaton-Dyce). Al volver ambos de ese caótico funeral, se enteran que Izzy rompió con su pareja y se quedará un tiempo en la casa de sus padres.
Lo que nadie imagina es que esa misma noche, Izzy y Steve se acercarán a conversar, a contarse sus problemas, a beber y casi inesperadamente tendrán sexo. Lo que vuelve al asunto aún más problemático es que Izzy está fascinada con Steve y él, que inicialmente quiere dejar todo ahí, no puede resistirse. El problema es cómo lo tomará Alice. ¿Podrá esa amistad de toda la vida sobrevivir al hecho de que su mejor amigo está en pareja con su hija? Bueno, previsiblemente, no. Y lo que arranca como una serie de desencuentros, malos entendidos, peleas y crisis, pronto se va volviendo un caos cada vez mayor que involucra al resto de los familiares, cada uno de ellos con sus propios asuntos personales por resolver.

Hasta cierto momento la serie se mantiene dentro de los parámetros de la comedia romántica clásica, una que le suma la incomodidad de la relación central entre un hombre de cincuenta y tantos saliendo con una chica de veintipico que es la hija de su ex pareja. Tan Woody Allen es el asunto que al hombre se lo menciona en una de las discusiones que surgen sobre el tema. En un momento, sin embargo, el asunto abandona cualquier contacto con la realidad y empieza a navegar en un territorio más propio de la serie Bronca, llevando a los dos viejos amigos a aumentar cada vez más la apuesta para arruinarse, uno a otro, sus respectivas vidas. A lo que hay que sumarle una larga serie de problemas nuevos que surgen como en cascada.
Las comedias británicas tienen por costumbre jugar con ese registro amplísimo que incluye un eje más o menos realista y humano con otro completamente disparatado y excesivo. Acá, queda claro de entrada por la intensa personalidad de Alice, que las cosas van a subir un par de escalones de más muy pronto. Pero aún dentro de esos parámetros Alice y Steve se pasa de rosca, perdiendo de vista lo esencial de lo que está contando: las complejidades de las relaciones, la diferencia de edad, la soledad, el amor (verdadero), las familias reales o elegidas, y la amistad.
Hay una necesidad por sumar nuevos conflictos y complicaciones en los últimos tres episodios que llevan a que todo eso vaya quedando muy en segundo plano. Y cuando la serie recuerda ese eje central ya es demasiado tarde y uno quizás ya esté un tanto harto de tanto innecesario enredo y vuelta de tuerca. Alice & Steve no solo parte de un modelo clásico sino que tiene un gran elenco y derrocha simpatía, por lo que verla perder la batalla frente a la lógica del enredo serial es doblemente frustrante. Tengo la sensación de que una película sobre esta misma historia, quizás en las épocas de las grandes comedias románticas británicas de los años ’90 y 2000, podría haber sido hasta un potencial clásico. Tener que transformarla en 180 minutos de enredos imposibles termina por echar a perder buena parte de sus logros.



