
Series: reseña de ‘El chico de la última fila’ (‘Maen kkeutjul sonyeon’), de Jang Myung-woo (Netflix)
Un profesor frustrado queda atrapado en el relato de un alumno enigmático, cruzando límites éticos mientras la ficción manipula su vida y amenaza con destruirlo. Con Choi Min-sik.
Si la historia —o las historias— que cuenta El chico de la última fila les resultan familiares, es porque quizás hayan visto otra versión de esta misma trama. Originalmente una pieza teatral española de Juan Mayorga, la historia fue llevada al cine en 2012 por François Ozon en una muy buena película llamada Dans la maison (En la casa), una de las más interesantes del veterano realizador francés. Aquí, por las necesidades del formato y quizás por la lógica narrativa propia de estos tiempos, la trama se ha aumentado y complejizado a niveles que no estaban en la obra —que es más que nada una suma inestable de relatos— y ni siquiera en la película. Y los resultados son aceptables, más que nada por que la inquietante premisa sigue funcionando bien y por el talento a ambos lados de la cámara.
El gran Choi Min-sik (Oldboy) encarna aquí a Heo Mun-oh, un profesor de Literatura de una universidad, el clásico escritor frustrado que publicó una famosa novela y que luego, bloqueado o sin poder repetir ese éxito, termina dando clases con más resentimiento que otra cosa. Encima, lo convocan para moderar una charla pública con un escritor famoso, Kim Su-hun (Heo Joon-ho), amigo suyo de la universidad que lo humilló criticando duramente una novela suya hace muchos años. Entre todos sus limitados alumnos, a los que maltrata, se destaca uno llamado Lee Kang (Choi Hyun-wook), bastante seco y distante, que estudia Ingeniería y cuyas entregas en capítulos de una historia fascinan al profesor. Es por eso que Mun-oh lo invita a tomar clases privadas, suponiendo que a través de él recuperará su prestigio perdido.
Lo cierto es que el chico lo hace partícipe de la historia que le va contando y que se basa, según dice, en la relación que tiene con otro alumno de la escuela y con su familia, en cuya casa empieza a meterse —un poco en modo Parásitos— descubriendo sus secretos y mentiras. Para Mun-oh, ayudar a Lee Kang es un volver a vivir no solo literario sino vital, ya que reaviva su pasión por la escritura, la relación algo fría que tiene con su esposa y hasta sus ambiciones personales. Pero de a poco va quedando claro que hay una serie de incómodos y éticamente complicados asuntos en los que el chico lo involucra, límites morales complejos que Mun-oh, pese a sus dudas, atraviesa. Hasta que en cierto momento ya no hay vuelta atrás y toda su estabilidad personal y laboral pende de un hilo.

El chico de la última fila juega con dos o tres líneas paralelas en su relato. Por un lado está la relación entre profesor, alumno y la gente que los rodea y los problemas en los que se meten. Por otro, la historia de secretos familiares que Lee Kang le cuenta y que puede o no ser completamente real. Y la tercera línea temática, acaso la más interesante, tiene que ver con el poder de la ficción, la fascinación de dejarse llevar por una narración, entrometerse en las vidas de los otros y la potencia que un cuento bien contado tiene para operar psicológicamente en sus lectores/espectadores. En una trama que se va enredando una y otra vez —la serie tiene un par de giros más que la película de Ozon; no duraría seis episodios si no los tuviera—, la historia craneada por el español Mayorga vuelve a poner en juego las líneas que unen y separan a la ficción de la realidad, además de los límites éticos que pueden aparecer cuando se cuenta una historia.
En cierto sentido, la película conecta temáticamente con la reciente película de Pedro Almodóvar, Amarga Navidad, que juega también a dos puntas entre la historia de un escritor, lo que esa persona escribe (en el film es un cineasta, pero para el caso es lo mismo) y los problemas éticos que aparecen en ese cruce. Esta serie coreana lo canaliza hacia el suspenso, intensificando la idea de la manipulación narrativa en función de algo más del tipo criminal. El enigmático Lee Kang opera sobre las fragilidades de su profesor y este, necesitado de salir de su crisis personal, entra en ese viaje perdiendo de a poco los límites, la distancia y hasta eso que se da por llamar «suspensión de la incredulidad«.
La serie se sobregira un poco con sus nuevos agregados —incorporando traumas familiares y personales, cuestiones del pasado no presentes en los materiales previos— extendiendo quizás en demasía su relato. Pero lo que propone sigue siendo inquietante y actual, especialmente en estas épocas de enorme manipulación mediática y algorítmica: la manera en la que se opera sobre el llamado «sesgo de confirmación«, sobre las fragilidades emocionales de quienes consumen las historias y sobre la capacidad de movilizar el deseo ajeno con fines no del todo claros. A la vez, Notes from the Last Row —tal su título en inglés— se rinde ante la evidencia más grande de todas: el poder de la literatura y de las historias para llevarnos de las narices. El profesor y el alumno podrán tener, en apariencia al menos, muchas diferencias, pero en el fondo a los dos los moviliza el arte de contar y escuchar historias.



