
Series: reseña de ‘La casa del dragón – Temporada 3’ (‘House of the Dragon’), de Ryan Condal y George R.R. Martin (HBO Max)
Mientras estalla la guerra, el espectáculo supera al drama: dragones, batallas y fuego dominan, mientras personajes débiles limitan el impacto emocional y reducen su profundidad. Con Emma D’Arcy, Olivia Cooke y Matt Smith.
Tras dos temporadas siendo considerada algo así como la nepo-baby de Juego de tronos, La casa del dragón empieza a mostrar su propia fuerza, dando a entender que este universo no está aquí solo como consecuencia del éxito de la otra serie sino porque tiene algo propio para mostrar. Es cierto que lo logra a partir de imitar todo aquello que la otra serie supo hacer bien —batallas más intensas, muertes más sorpresivas, intrigas palaciegas más determinantes—, pero eso es algo predecible tras intentar, durante dos temporadas, de instalar otra forma sin nunca lograrlo del todo.
El punto es que los personajes de La casa del dragón nunca tendrán el peso propio ni la mística de los de Juegos de tronos —son casi todos muy parecidos entre sí y tienen nombres prácticamente idénticos—, por lo que la solución hay que buscarla por otro lado: batallas épicas, dragones salvajes, conquistas de tronos, descabezamientos, su ruta. Dos ejércitos enfrentados, dos bloques más o menos concentrados de rivales, y mucha sangre y fuego. Cuando sus creadores intentan ir un poco más a lo profundo de los conflictos, lamentablemente la serie empieza a enredarse en su imposibilidad de sacar algo en limpio de todo eso.
Lo ideal sería que House of Dragons funcionara en ese aspecto. Es esa riqueza de personajes lo que hizo de Game of Thrones lo que fue. Pero no hay caso, es muy arduo. Salvo por los tres protagonistas —Rhaenyra, Daemon y Alicent—, y en menor medida algún otro, es una jungla de personajes sin demasiado peso propio o que se definen por una sola característica básica. Y es por eso que, salvo cuando se apoya en los conflictos personales, psicológicos y políticos de ellos tres, la serie se resiente, se vuelve anodina. No es posible ya aquí hacer una relectura virtuosa del universo como se logró en el spin-off A Knight of Seven Kingdoms: la serie está muy encastrada en el modus operandi clásico como para tomar esa ruta lateral. Lo único posible es elegir las mejores cartas dentro de las que ya existen.

Los primeros episodios de la nueva temporada van por el lado seguro del impacto: domar dragones, batallas épicas en el mar —por más que durante un rato uno no entienda bien quién pelea contra quién— y, ya en el segundo, la esperada e impactante llegada a King’s Landing de, bueno, ya verán. Es cierto que sin el volumen de personajes que tenía la otra serie —en la que nos preocupábamos hasta por seres bastante menores en la trama—, los guionistas están limitados a mantenerse en un universo más corto, pero ahora, al menos, lo que la serie no logra intrigar desde lo psicológico lo hace desde el impacto visual. Quizás no sea la mejor solución a largo plazo ya que no transformará a la serie en un clásico, pero habiendo probado y fallado dos veces, la sensación que la tercera temporada genera es una de rendición: si no puedes vencerla (a Juego de tronos), imítala.
La tercera temporada arranca en pleno conflicto entre «negros» y «verdes», entre la dupla Rhaenyra y Daemon (Matt Smith) enfrentando a Alicent y a sus debilitados o psicóticos hijos Aegon (Tom Glynn-Carney) y Aemond (Ewan Mitchell), con una impactante y confusa (hasta para los protagonistas y sus dragones, que no saben a quien incendiar) batalla en el mar, con la muerte de un personaje importante —o que los personajes consideran importante— y una dolorosa victoria transformada en inicio de conquista. Pero sabemos que las cosas no quedarán así. Hay demasiados elementos sueltos girando alrededor como para que ese arribo al trono sea más o menos tranquilo. Y uno sabe que, más temprano que tarde, este grupo de cosplayers de Erling Haaland terminarán chocando sus rubias cabelleras entre sí de la manera más brutal y fogosa posible.
Quizás lo más rico de La casa del dragón en términos dramáticos pase por el hecho de que las principales contendientes en esta guerra sean dos mujeres que, a diferencia de las de Juego de tronos, dudan, intentan negociar, sufren por la suerte de sus hijos y si bien tienen un deseo de poder a la vez expresan frustración, temores, se las nota por momentos confundidas. Y eso, que aparece de manera fuerte en los primeros episodios, le da a la serie una riqueza psicológica que de otro modo no tendría. Se limita, eso sí, a apenas un par de personajes como Rhaenyra y Alicent —y ayuda que Emma D’Arcy y Olivia Cooke son dos muy buenas actrices que logran transmitir esas emociones—, pero esa es la zona que Condal y Martin pueden seguir explorando para que la serie sea algo más que un impactante espectáculo visual. No solucionará todos los problemas, pero es lo más parecido a un drama humano reconocible que hay por detrás del fuego de los dragones.



