
Series: reseña de ‘Sugar – Temporada 2’, de Mark Protosevich (Apple TV)
Un detective privado investiga la desaparición del hermano de un boxeador, descubriendo una red de crimen y corrupción mientras enfrenta misterios que lo afectan de manera personal. Con Colin Farrell. Disponible en Apple TV.
La primera temporada de Sugar planteaba un desafío importante para los que escribimos sobre series e intentamos evitar spoilers. Lo que sucedía allí sobre el final era tan revelador y extraño que se volvía muy difícil hablar de la serie sin mencionar ese tema. Pero uno lo hacía, siguiendo las supuestas reglas de este género, y solo le avisaba al espectador que esté atento a importantes sorpresas. Apple TV estrena hoy la segunda temporada de la serie y por algún motivo un tanto inexplicable, su campaña promocional tampoco revela ese importante twist narrativo. Así que cumplo en avisar que acá lo revelaré porque, supongo, nadie se pondrá a ver la segunda temporada de una serie sin haber visto la primera. Así que:
Spoiler Alert de la Temporada 1
Lo que parecía ser un homenaje hecho y derecho al film noir de los ’40 y a las tramas clásicas de detectives tiene un vuelco gigante cuando se revela —ya cerca del final de la temporada— que el investigador privado John Sugar que interpreta Colin Farrell es, en realidad, un extraterrestre. Sí, un ser de otro planeta. Hay indicios, a lo largo de la temporada, de que Sugar es algo raro, peculiar y que tiene costumbres un tanto extrañas. Pero, aún con su voz en off relatando los eventos policiales que allí se narran, jamás se habla del tema. Hasta que sí, nos enteramos que el tipo no es otra cosa que un extraterrestre que llegó a la Tierra con parte de su raza con el plan de investigar a los humanos y que, a diferencia de la mayoría de los suyos, se quedó a vivir en el planeta. Más precisamente, en Los Angeles.

Obsesionado con el cine policial y Hollywood en general, Sugar vive como detective privado y actúa como tal. De no ser por algunos raros y menores poderes —a los que ahora hay que incluir, en su voz en off, referencias poéticas interplanetarias—, el tipo es bastante normal, hasta sorprendentemente amable para el trabajo que tiene. Pero hay asuntos de su pasado que lo torturan emocionalmente y le dan una carga dramática extra a lo que le pasa en la Tierra. De todos modos, al menos en el planteo de esta segunda temporada, es bastante secundario el aspecto sci-fi. En el mejor de los casos es, como sucede con Superman, un personaje que se puede interpretar como alguien que actúa tal como se imagina que deberían ser los humanos y no como realmente son.
Esa ética frustración marca su carrera detectivesca y es el que lo pone a investigar causas que considera nobles y con una humanidad y hasta una ternura inusitadas para su profesión. En la Temporada 2 el caso que debe investigar es el de la desaparición de Ji Moon, el hermano de Danny Moon (Jin Ha), un promisorio boxeador de ascendencia coreana. Ji estaba metido en problemas con bandas de narcos locales, consumía drogas y, se dice, era un tipo bastante problemático. Y es a partir de buscarlo que Sugar va ingresando en una serie de mundos interconectados —pandillas, policías y varios etcéteras— con la corrupción y el poder político en California.
En paralelo, Sugar va dando a entender asuntos de la vida de «extraterrestre» del protagonista, de la angustia ligada a la desaparición de un importante personaje ligado a su pasado —motivo que ha inspirado su decisión de convertirse en investigador privado— y de una conexión que puede involucrar a un senador y, quizás, algún tipo de conspiración. Hay, como en toda trama detectivesca que se precie, policías corruptos o que parecen serlo (Tony Dalton) y mujeres misteriosas en plan femme fatale (Laura Donnelly), a los que aquí hay que agregarles una ladrona a la que toma como asistente (Sasha Calle), y la aparición, en roles más pequeños pero claves, de Shea Whigham, Raymond Lee y Laura San Giacomo, entre otros.

En lo esencial, la serie no se ha modificado demasiado, solo que incorpora la sorpresa narrativa y sigue funcionando sin cambios drásticos. Es como si Sugar fuera un thriller con dos tramas en paralelo, una que sigue al caso específico que el protagonista investiga y otra ligada a la propia naturaleza del detective, una que también está rodeada de enigma y misterio. La serie sigue siendo elegante, refinada, con las mismas referencias —y constantes apariciones de imágenes y breves escenas— de clásicos del cine negro. Y si bien el caso que investiga no es particularmente original, se acomoda muy bien a una tradición que viene desde la época de El halcón maltés y que tiene enormes hitos a lo largo de las décadas, entre los cuales uno de los más influyentes en este caso específico es Chinatown.
Al fin y al cabo, Sugar cuenta la historia de un tipo solitario que tomó un trabajo un tanto peligroso para conocer gente, explorar el mundo real y conectarse a su modo con lo que sucede en él. La única diferencia con el clásico antihéroe del cine negro es que su soledad es un poco más contundente que la de la mayoría de los detectives privados de la historia del cine. Cuando ellos dicen sentirse solos en el planeta, lo hacen de un modo metafórico. En el caso de John Sugar, es literal.



