
Estrenos: crítica de ‘El Día D: Bajo presión’, de Anthony Maras
En los días previos al Día D, meteorólogos rivales chocan por un pronóstico que puede definir el éxito o el fracaso de la mayor invasión militar. Estreno en Argentina: 6 de agosto.
Se han contado miles de historias de la Segunda Guerra Mundial y desde los más diversos ángulos. Y se han contado, además, muchas sobre el llamado «Día D» en el que los aliados desembarcaron en Europa (en Normandía, más precisamente) y empezaron a torcer el destino de esa guerra. Pero nunca —al menos que yo recuerde— se ha contado una película centrada, fundamentalmente, en la meteorología de la guerra. Esta, acaso, sea la primera y muy probablemente la última, ya que su especificidad es tal que es difícil que se repita una situación dramática en la cual lo central es saber cómo va a estar el tiempo un día determinado.
Lo cierto es que para determinar el momento exacto de la invasión a Normandía, el estado del tiempo tuvo un rol fundamental. Y Pressure cuenta esa historia. Basándose en una obra de teatro escrita por David Haig —que aquí es coguionista—, la película del realizador australiano Anthony Maras toma como eje principal los días previos al planeado desembarco y las tensiones, peleas y debates que tuvieron lugar a lo largo de esas horas respecto a cuáles serían las condiciones del tiempo en el día de la peligrosa incursión, que estaba originalmente planeada para el 5 de junio de 1944.

Todo arranca mostrando un ensayo de la invasión que salió muy mal, poniendo a todo el mundo al cuidado de no cometer otro error, especialmente a Dwight D. Eisenhower (Brendan Fraser), entonces Comandante Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada. Para asegurarse eso, el hombre llama al Capitán James Stagg (Andrew Scott), un meteorólogo escocés, para que estudie el estado del tiempo y de su veredicto respecto a si es correcta la fecha elegida. Es que, por la complejidad de la operación, era importante tener en cuenta tormentas, mareas y otros detalles.
La llegada de Stagg al centro de operaciones es conflictiva porque Eisenhower ya tiene otro meteorólogo trabajando para él, Irving Crick (Chris Messina), cuyos métodos y decisiones son opuestos a las del recién llegado. Y en la tensa pelea entre ambos pasa uno de los ejes de la acción. Como buen británico, Stagg sabe que las condiciones temporales en esa zona son muy particulares y no confía en el acercamiento del tipo histórico que propone Crick. Y tanto Eisenhower como el Comandante inglés Bernard Montgomery (Damian Lewis) deben decidir a quién escuchar. El temor, además, pasa por el hecho de que no se podía perder esa oportunidad, ya que era demasiada la gente movilizada como para mantener la operación mucho tiempo en secreto.
Día D pasa más que nada por las discusiones, debates, confrontaciones y peleas en ese bunker en el que estaba el comando militar. Habrá algunas escenas en medio de la acción —algunas sacadas de archivos históricos, otras filmadas para la ocasión—, pero en lo central el asunto mezcla lo estratégico con lo personal, ya que también entre los protagonistas hay lealtades, celos, amistades y problemas. Stagg no era un personaje ni muy amable ni simpático —muy británico y poco afecto a la camaradería— y, más allá de sus certeros análisis, salvo la secretaria de Eisenhower (Kerry Condon), pocos lo querían allí. En paralelo, el guión meterá un tanto forzadamente una situación personal de Stagg, cuya mujer estaba a punto de parir y no podía comunicarse con su marido por cuestiones de seguridad del operativo.

Pese a lo árida que pueda parecer la propuesta, hay algo de la especificidad y la lógica de Pressure que me resultó atractiva, casi atrapante. Es cierto que no se trata del tipo de película que gustará a los fans del cine bélico más convencional, ya que poco y nada en ella se centra en las escenas de guerra. Pero el detrás de escena es por momentos fascinante. El hecho de que lo que llamaban «la mayor invasión militar de la historia» dependiera de la opinión de un meteorólogo vuelve a todas las discusiones sobre nubes, tormentas, vientos y cosas así en, literalmente, una cuestión de vida o muerte. A la vez, se trata de una película que pone de manifiesto el valor de la ciencia a la hora de la toma de decisiones.
El muy buen elenco ayuda a que esta sobria y efectiva película sea convincente. Fraser logra dotar de humanidad y a la vez de brusca intensidad a su Eisenhower mientras que Scott es —al menos inicialmente— todo incomodidad, reserva y frialdad. Que las cosas hayan terminado saliendo bien (no es spoiler, no jodan) permite que Maras apueste a darle un final emotivo y amable entre las partes, pero eso no quita que el proceso haya sido tenso, complicado y lleno de animosidades. Como sucede con cualquier equipo de trabajo ante una misión importante, las diferencias se olvidan rápidamente si los resultados acompañan. Así como pasa en el fútbol y en la vida, pasa en la guerra también.



