
Estrenos online: crítica de ‘Barreda’, de Daniela Goggi (Prime Video)
Este drama se basa en uno de los crímenes más impactantes de la historia argentina: el de Ricardo Barreda, un dentista que asesinó brutalmente a su esposa, su suegra y sus dos hijas en su propio hogar. Con Luis Machín, Mercedes Morán y Carla Peterson. Desde el 28 de agosto por Prime Video.
A más de 30 años de los hechos, los crímenes cometidos por Ricardo Barreda —un dentista de La Plata que asesinó a sangre fría a su esposa, su suegra y sus dos hijas— pueden ser vistos, en perspectiva, como un asunto sin demasiado misterio ni dudas. Se supo entonces de entrada que el hombre las había matado y hoy puede resultar casi inexplicable entender el fenómeno social que se generó en torno a su figura. Pero en esa época no se usaba la palabra femicidio y este tipo de crímenes eran considerados «pasionales» o ligados a la esfera personal/familiar. Y lo que el hombre consiguió —o la estrategia de sus abogados— es que el victimario se transformara en algo así como la víctima. Y que su crimen sea visto, prácticamente, como un acto de justicia.
Es cierto, como dice en uno de los carteles que abren el film de Daniela Goggi (Abzurdah, El hilo rojo, El rapto), que poco se sabe y menos aún se habla de las cuatro personas que mató. Que la atención y el foco siempre estuvo en él dejando por completo de lado las vidas que cortó de cuajo. Y Barreda intenta girar un poco esa rueda poniendo algo más de atención en el conjunto, imaginando ese detrás de escena imposible de conocer porque el único testigo real capaz de contarlo era él. El film no logra del todo ese cometido porque, ya desde el título y por la forma central que toma el personaje interpretado magistralmente por Luis Machín, la película de Goggi sigue siendo sobre el asesino. La diferencia, quizás, es que aquí se intenta derribar esa autogenerada mitología de Barreda como víctima y de la emasculación (o humillación) como motor del multiple femicidio.

El film presenta a Barreda como una persona reservada, difícil, con muchas dificultades de comunicación con su familia. Sus hijas y su esposa le temían (su suegra era la única que se animaba a hacerle frente) y el hombre parecía vivir junto a ellas pero en una dimensión paralela, como si dos universos ocuparan el mismo espacio en distintas líneas de tiempo. La rara sensación que genera esa convivencia sirve para entender la desconexión emocional entre él y ellas, desconexión que pudo haber sido uno de los motores de lo que hizo. Pulcro, organizado, distante, Barreda parecía más cómodo con sus pacientes y sus amantes que con las mujeres de su familia, que lo evitaban.
La película se contará en dos líneas de tiempo que se van cruzando entre sí. Una seguirá la detención y el juicio mientras que otra se ocupará de ir narrando lo que sucedió previamente al hecho. En la del tiempo presente de la acción (1992), el guión se ocupará de la estrategia judicial elucubrada por su abogado (Marcelo Subiotto), quien intenta generar cierta simpatía hacia su figura por parte de la gente y de los jueces al pintarlo como un hombre maltratado, humillado y basureado constantemente por las mujeres de su familia. El famoso término que se volvió sinónimo del caso («Conchita», dicho en modo peyorativo) generó, especialmente en algunos hombres, un cierto grado de identificación. Para ellos, Barreda las mató porque no lo respetaban como se merecía. Pero la película pone en serias dudas la existencia de la serie de situaciones humillantes que el victimario y su abogado presentaron casi como justificación.
En el flashback a la previa del hecho, lo que Barreda hace es especular sobre esa vida familiar tortuosa, complicada, llena de silencios incómodos, distancia, agresiones veladas y maltratos, solo que no de la manera en la que mucha gente cree. Aquí lo que aparece —y es lo más interesante que el film tiene para explorar, siendo que casi no hay enigma a resolver— es una mezcla de machismo clásico, temas económicos y la sensación, sí, de estar siendo dejado de lado, de quedarse afuera del núcleo familiar. La película presenta una pelea sorda entre Ricardo y su familia, pero no desde la perspectiva del maltrato de las mujeres de la casa hacia él sino el de un rechazo y distancia que su desagradable crueldad para con ellas les generaba. Es cierto que nadie quería estar con él pero no para humillarlo y desmerecerlo sino porque era una persona bastante despreciable.

Mercedes Morán, Carla Peterson, Maite Lanata y Margarita Páez interpretan, respectivamente, a su suegra Elena Arreche, a su esposa Gladys McDonald y a sus hijas, Cecilia y Adriana Barreda. Y entre todas ellas presentan un grupo de mujeres vivaces y conectadas entre sí, con planes —mudanzas, bodas, graduaciones, eventos sociales— que por lo general incluían solo lateralmente y casi como una forzada molestia al incómodo y desagradable Ricardo. En una época en la que el divorcio no era demasiado bien visto en ciertos círculos sociales como en los que los Barreda se movían —además de ser una opción problemática para él desde lo económico—, esa opción no parecía figurar entre las posibilidades.
El guión de Barreda tiene un costado un tanto convencional que achata un poco su búsqueda por analizar un asunto complicado de entender desde lo psicológico. Pero en la interpretación clínica y seca de Machín —que muestra el lado psicopático de Barreda desde la postura y la frialdad con la que se conducía—, la película de Goggi trasciende la mecánica un tanto más previsible del juicio, con sus tácticas, sus argumentos y sus idas y vueltas tradicionales.
Como en los casos de los asesinos seriales que fascinan a tantos fans del true crime —a su modo, esta película es exactamente eso—, lo que no aparece del todo desde el guión surge desde la interpretación. El enigma no se resuelve sino que se traslada al espectador. Es uno el que termina intentando descifrar qué pudo haber pasado por la cabeza de este hombre a la hora de matar a toda su familia. No hay una única y clara motivación. Había y sigue habiendo una cultura que habilita la existencia de personas como Barreda. No hace falta ir muy lejos para darse cuenta dónde están.



