Locarno 2026: crítica de ‘La ilusión de un verano sin fin’, de Alessandra Sanguinetti (Cineasti del Presente)

Locarno 2026: crítica de ‘La ilusión de un verano sin fin’, de Alessandra Sanguinetti (Cineasti del Presente)

por - cine, Críticas, Festivales
08 Ago, 2026 08:08 | Sin comentarios

Durante 25 años, dos primas crecen ante cámara y sus sueños chocan con la realidad mientras el tiempo transforma su amistad y su entorno. Estreno mundial en el Festival de Locarno.

No es sencilla la tarea de capturar toda una vida —o una buena parte de ella— en una película. Depende de decenas de factores, algunos de ellos intangibles. Y cuando en lugar de una, las vidas a retratar son dos, la cosa se complica aún más. La ilusión de un verano sin fin se hace cargo del desafío y de una manera un tanto particular se convierte en el retrato de dos amigas que viven en el campo y a las que la realizadora ve crecer desde niñas a mujeres adultas a lo largo de un cuarto de siglo.

En una zona campestre de la provincia de Buenos Aires de la que el film raramente abandona —casi nunca hay demasiado contexto respecto a dónde viven, parece un genérico paraje de campo de la pampa argentina aunque está filmado en la zona de General Guido y Dolores— viven dos primas, Guille y Belinda (Guillermina Aranciaga y Belinda Stutz), muy amigas entre sí, que comparten juegos, sueños y vivencias en un terreno de la imaginación en el que todo es posible: cantar, disfrazarse, soñar con ser famosas, tener hijos.

La película se organiza como un retrato de dos pero en realidad se trata de tres personas, ya que la realizadora, reconocida y premiada fotógrafa argentino-estadounidense, va compartiendo con ellas muchos de esos momentos y a la vez las fotografía para un proyecto paralelo que se enfoca en las mismas dos chicas pero de un modo mucho más formal: fotos posadas más elegantes que, en el fondo, retratan los mismos sueños e ilusiones de las niñas, solo que puestos en escena de una manera diferente (Nota: las fotos que ilustran la nota salen de ahí).

Ambos proyectos tienen como lazo aún más característico el paso del tiempo, ya que Sanguinetti —que es mayor en edad que las protagonistas— filmó y fotografió a Guille y Belinda a lo largo de 25 años, iniciando en 1999 con una cámara bastante rudimentaria y las chicas con nueve y diez años, respectivamente. Y las sigue hasta la actualidad en la que sus vidas han cambiado muchísimo —en la mayoría de las cosas, de un modo bastante distinto al imaginado— y han tenido vivencias inesperadas, desencuentros, reencuentros y otros giros que mejor no adelantar.

Como Boyhood o, yendo a un caso argentino, El príncipe de Nanawa, el documental es un retrato del tiempo, de la amistad, los cambios en la vida, lo que se imagina y lo que (generalmente no) se cumple. En segundo plano, el proyecto fotográfico paralelo toma cierto cuerpo y eso termina incidiendo en las vidas y las experiencias de las soñadoras protagonistas. El proyecto (exposición, película) es, en ese sentido, también parte de su identidad y no solo algo que las acompaña. El cine las muestra pero también las interpela, las contiene pero también las redescubre, una y otra vez.

Producida por Julia Solomonoff y con el apoyo de MUBI, La ilusión de un verano sin fin es, de un modo indirecto, una película sobre este siglo de la Argentina, uno en el que las ilusiones y la realidad viven en un perpetuo choque. Si bien Sanguinetti no profundiza demasiado en las sensaciones y contradicciones de las protagonistas a lo largo del tiempo —en ese sentido al retrato le falta algo de interioridad—, lo que no tiene de introspección psicológica lo tiene de observación paciente, de mirada empática y contemplativa sobre estas dos niñas vueltas mujeres y el universo que las contiene. Es una película sobre amigas, pero también una sobre el cielo, el viento, el arroyo, las vacas y el tiempo, que todo lo altera.