
Locarno 2026: crítica de ‘Los días libres’ (‘The Days Off’), de Lucila Mariani (Cineasti del Presente)
Mientras un eclipse provoca conductas extrañas, una chica se refugia en rituales online que prometen escape, entre bullying, crisis familiar y el desconcierto de crecer.
Tras varios cortometrajes que pasaron por diversos festivales internacionales, Lucila Mariani debuta en el largo con Los días libres, un sugestivo y enigmático relato de coming-of-age que presenta una temática familiar pero de una forma un tanto inusual, coqueteando entre el drama familiar, el suspenso, el terror y algo que se asemeja a la ciencia ficción. En un estilo que hace recordar, al menos en parte, a los primeros films de Jane Schoenbrun (We’re All Going to the World’s Fair, I Saw the TV Glow) y presentando un combo relativamente similar a Los tonos mayores, de Ingrid Pokropek, la realizadora argentina se acerca a la vida de una chica de doce años que atraviesa una serie de vivencias particulares a lo largo de unos días veraniegos.
Bego (Antonia Robolini) es una chica imaginativa y un tanto insomne que está interesada en una práctica que descubrió online llamada «shifting», que aparentemente permite que una persona pueda acceder a otras realidades, transmutarse en otros y salir de su propio cuerpo. En su cuarto ve videos con personas que atraviesan o han atravesado, supuestamente, esa experiencia, y escucha las clases de REN__ (Luiza Quinteiro), una joven brasileña que es la que enseña este curioso asunto. Por fuera de eso, en un fenómeno paralelo, está por tener lugar un eclipse que también produce comportamientos extraños en humanos y animales, paralizándolos por completo mirando al cielo, «eclipsados» como dicen en la TV local.

Esa situación propia del cine fantástico está apoyada en algo bastante más terrenal. Bego tiene unas amigas de la escuela a la que va que la tratan de un modo un tanto condescendiente —ejercen sobre ella un no tan sutil bullying— y, sobre todo, sus padres están pasando una situación económica bastante difícil. En la empresa en la que trabaja su madre (Laura Paredes) están ofreciendo retiros voluntarios mientras que a su padre (Guillermo Berthold) no le ha quedado otra opción que manejar un Uber. En apariencia inconsciente de todo eso que pasa, Bego se mete en algunos problemas cuando compra un caro «kit de shifting» online con dinero que no le pertenece y se obsesiona cada vez más con hacer esa suerte de transición entre estados.
Mariani plantea esta serie de situaciones en un contexto que, por lo general, no dista mucho del de tantas otras historias de adolescentes que atraviesan esa etapa de cambios, pero lo que se altera es el tono, la forma en la que el relato avanza, la silenciosa y casi sigilosa manera en la que Bego actúa, sus pequeñas obsesiones y raros comportamientos. Desde la banda sonora y la puesta en escena parsimoniosa, Mariani va llevando el film hacia un registro ambiguo, misterioso, apilando enigmas que coquetean con el registro fantástico: perros que se quedan mirando el cielo, chicas que caminan como sonámbulas, una «gurú» online que le habla una y otra vez de vivir una «experiencia extracorporal» que le permita salir de sí misma. Todo apunta a algún evento paranormal.
Los días libres no aplica demasiada tensión sobre estos elementos dramáticos. Los distribuye circularmente en su campo de ideas y va yendo y viniendo a través de ellos, con el eclipse en sí como lo más parecido a un McGuffin narrativo. Sin ponerlo en palabras, la película habla del miedo a crecer, de los cambios corporales, de la relación con sus pares y sus familiares mientras la protagonista, en su tono bajo y en apariencia calmo, va enredándose en su intento por «shiftear» y transformarse, al menos por un rato, en otra o acaso en nada. Enigmática y sutil, la película de Mariani no subraya sus metáforas ni verbaliza sus conflictos. Observa, retrata, deja que el mundo real se embeba de la particular mirada de su protagonista hasta que, en un momento, la realidad y la fantasía se vuelvan indistinguibles.



