
Series: crítica de ‘Gatos callejeros’ (‘Alley Cats’), de Ricky Gervais (Netflix)
En un sótano semi-abandonado, un grupo de apáticos gatos pasan los días mirando la tele entre insultos hasta que un gatito perdido los obliga a enfrentar sus emociones. Disponible en Netflix.
Un grupo de gatos callejeros malhablados no parece ser la idea más clásica para hacer una serie animada «edificante» y sensible. Pero ese es el modus operandi habitual de Ricky Gervais, el comediante británico que se caracteriza por un humor directo y bastante grosero pero que, en el fondo y disimuladamente, es un tierno de aquellos. Esa es la lógica implícita en Gatos callejeros, la nueva serie británica del creador de The Office. Aquí, él mismo (bueno, su voz) interpreta al personaje principal de una pandilla de gatos que viven en un sótano semi-abandonado, miran la tele todo el día, conversan de cualquier tema que surja de allí y luego hacen lo que cualquier gato: comen, cagan, duermen.
Esa es la lógica brutal de los protagonistas de la serie, un trío de gatos que parecen un grupo de adolescentes o veinteañeros slackers británicos que no hacen otra cosa que sentarse, dormir, discutir, reírse, pelearse y así. Estos no beben pero se drogan. Y tienen sexo —uno de ellos, al menos— de maneras no demasiado tradicionales. Con un acento de la clase trabajadora inglesa y una cantidad de «obscenidades» por segundo que lo hacen apto solo para el público adulto (Nota: la versión en castellano no tiene ni un cuarto de las malas palabras que usan en la original), los protagonistas de Alley Cats quizás sean inofensivos, pero son bastante impresentables.

Hasta que aparece la misión que los irá hermanando con algo parecido a los buenos sentimientos. Sucede cuando llega a ellos Kitten (Jo Hartley), un gatito pequeño que se perdió y al que tienen que dedicarle, inicialmente a su pesar, tiempo y atención. Lo cierto es que el pequeño los enternece (a Gus más que nada) y se pasan los días buscando sin suerte su hogar y metiéndose en pequeñas desventuras y problemas a cada paso. Además de Gus el trío lo completan Puke (voz de David Earl), un gato viejo y sucio obsesionado por el sexo de las formas más estrambóticas, y Fang (Andrew Brooke), que es algo así como side-kick de Gus, el que lo sigue y lo apoya en sus comentarios más soeces y bruscos sobre casi todo.
Pero no son los únicos del grupo ya que cada mañana llegan al lugar Ponce (Tom Basden), un gato educado y que pertenece a una familia acomodada, y Olive (la gran Diane Morgan, AKA Philomena Cunk), a la que le falta algo de lucidez por decirlo de un modo elegante. Entre los cinco cargan a Kitten, lo ayudan y se van metiendo en líos mientras no hacen otra cosa que bromear y ejercer el típico bullying jocoso de grupo de amigos. Habrá un interés romántico para Gus llamada Lara (Kerry Godliman), aparecerá también su anciana madre (Natalie Cassidy) y por lo general los breves seis episodios se organizarán siguiendo a los seis a lo largo de una jornada completa.
Difícil saber cómo funciona en versión doblada, ya que lo que más llama la atención en la original pasa por la manera de hablar de los gatos, especialmente de Gus y Puke, cuya verborragia viene acompañada de un vocabulario propio de una tribuna de fútbol. Entre broma y agresión solapada, los gatos van presentando su mirada sobre el mundo en decadencia, burlándose y odiando a los humanos por las cosas terribles que pasan en él. Ante la discusión sobre un potencial colapso climático y si tiene sentido salvar el planeta, Gus no tiene dudas: «Que se mueran todos los humanos. Fuck’ em«.

Más allá de esas charlas de tono grueso, Gatos callejeros prueba ser llamativamente tierna y dulce, mostrando más que nada cómo Gus se va encariñando con el gatito y cómo atraviesa algunas situaciones personales que lo sacan de su habitual postura cínica y nihilista. Es así que la serie arranca cada episodio como un festival de groserías para terminar de manera emotiva e incorporando canciones de James Taylor, Cat Stevens y… Coldplay. De hecho, uno de los mejores momentos de la serie es un número musical que funciona como un simpático videoclip de un muy conocido tema de The Smiths.
De entrada no parecerá ser la serie más edificante del mundo —convengamos que buena parte de su humor es bastante vulgar y muy adolescente, aunque indiscutiblemente gracioso—, pero con el correr de los minutos lo terminará siendo. Hasta los gatos aparentemente más ariscos y agresivos pueden ser, con algo de suerte, también bastante cariñosos.



