Series: crítica de ‘Moria’, de Javier Van de Couter (Netflix)

Series: crítica de ‘Moria’, de Javier Van de Couter (Netflix)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
10 Ago, 2026 10:44 | Sin comentarios

La icónica diva argentina reescribe su vida como una fantasía cósmica, mezclando fama, sexualidad y poder en una audaz mitología personal de estética queer. Con Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth. Desde el 14 de agosto por Netflix.

Quizás lo más difícil a la hora de hacer una serie biográfica sobre una figura tan particular y única como Moria Casán sea encontrarle el tono adecuado, la manera de traspasar esa figura icónica y esa personalidad intensa a la ficción de un modo que la represente y esté a la altura de ese desafío. Y Moria cumple con creces ese cometido, ya que la miniserie de Netflix creada por Javier Van de Couter parte de una decisión radical que contar toda su vida como si existiera dentro de una «bola de nieve», un territorio imaginario, un poco afuera y un poco adentro de la realidad, una cápsula espacial que tiene a la propia Moria como titiritera máxima, manipulando los sets como si fuera un DJ extraterrestre con control absoluto sobre su propia vida. Y esa nave intergaláctica que es Moria —y que también es la serie— es el modo ideal para enmarcar buena parte de su historia.

Camp, kitsch, trash, un poco Todd Haynes, otro tanto Almodóvar, un trago de Fellini, un chorrito de John Waters y mucha estética queer son las líneas formales de las que agarrarse de este cuento, uno que se conecta con obras previas de Van de Couter, especialmente su reciente Tesis sobre una domesticación, a la que une una línea de intensidad sexual y de permanente combo fiesta/celebración/melodrama. Aún dentro de los más convencionales parámetros de Netflix, Moria es desafiante, toma un punto de vista —no es aquí tanto la diva popular de alcance masivo sino la «reina de los putos, las tortas y las travas«— y se queda a vivir allí adentro. Decisión tomada y acertada. Cualquier biopic más convencional habría caído en eternas discusiones sobre mimesis, parecidos o diferencias, recuentos de años, hechos y situaciones, y otras menudencias del universo de la plausibilidad. Nada de eso importa aquí. O, más bien, importa en tanto sea coherente con la fantasía y la imaginación.

Moria presenta a la propia diva como literal titiritera de su historia, una que se desarrolla en sets (casi no hay espacio público y la representación de época está más que nada en el diseño de producción, maquillaje y vestuario de los personajes, y casi siempre en lugares cerrados) y sin marcas temporales obvias. De hecho, los pocos intentos por conectarla con la realidad social del país —hay un breve episodio que tiene lugar durante la dictadura— se siente un tanto fuera de lugar. Es que no pasa por ahí este retrato sino por transmitir la compleja realidad de un personaje que es bigger than life en todo sentido: humano, físico y simbólico. Moria fue y es vedette, bailarina, actriz, conductora de televisión, una personalidad de los medios y de la cultura argentina, una mujer inteligentísima y audaz —muy cinéfila también— que se creó a sí misma y supo, en su pico máximo de popularidad, jugarse por los margeniales (sic) de este mundo, los que habitan en los límites y las porosas fronteras de esta compleja sociedad.

La serie arranca con pie firme, con Moria siendo interpretada por Sofía Gala Castiglione, su propia hija en la vida real, que capta cada ademán, gesto y mohín de su madre con una exactitud demoledora. No es imitación sino transmutación, una que además carga encima con una rara capa de morbo, ya que a Sofía le toca hacer de su propia madre en algunas escenas intensas (no solo desde lo sexual sino desde cuestiones más íntimas) que deleitarían a más de un terapeuta. El cuento arranca con sus inicios en el espectáculo, de modo casi casual, y rápidamente mete a Moria en un mundo de shows, fiestas y trabajo mientras lidia con la dificultad de los hombres para saber manejarse con una mujer tan independiente y segura de sí misma. Y los episodios con Sofía —los tres primeros y mejores— se ocupan de su salto a la fama, sus películas con Olmedo, Porcel y Susana Giménez (despachadas demasiado rápidamente para mi gusto), su paso a la TV en diversos programas (Monumental Moria, A la cama con Moria), su matrimonio con Mario Castiglione (Marco Antonio Caponi) y la adquisición de una casaquinta en Parque Leloir que pasará a ser el set principal y casi el universo entero de la diva.

De su regreso a los escenarios con Brujas en adelante, los episodios siguientes tienen a Griselda Siciliani en el rol de Moria. Y la actriz de Envidiosa no busca imitarla sino darle su propio touch, encajando muy bien en el «envase» en cuestión. Se trata de la diva mucho más voluptuosa y televisiva, de programas de chimentos y playas privadas, de escándalos y «peleas» mediáticas que la mantuvieron siempre en la conversación pública, antes de que se usara para eso la palabra «viral». Es la etapa de su divorcio, sus nuevas parejas y, más que nada, su maternidad. De ahí en adelante, la relación amorosa pero a la vez tirante y conflictiva con su hija Sofía (interpretada, en sus diferentes edades, por Lola Ríos, Thea Garat y Olivia Nuss) será lo más parecido a un eje central del relato, poniendo en discusión ideas sobre la maternidad bastante distintas a las tradicionales. Son episodios más encerrados y oscuros —incluyendo un perturbador viaje a la infancia de la protagonista—, en los que a veces se extraña la vitalidad y el impulso festivo de los iniciales, por más consecuentes que sean con los momentos de su vida.

Cecilia Roth hace su propia versión de Moria, una suerte de combo en el que uno parece poder ver a las dos juntas al mismo tiempo. Aquí tampoco lo que se busca es la imitación ya que la actriz se maneja con comodidad en un universo de reminiscencias almodovarianas al que parece aportarle su propia conexión e historia. Y en sus dos episodios finales —el último es especialmente bueno, el anterior no tanto— la serie llegará a la versión meme de Moria, la que crece y se desarrolla en las redes, la que le suma nuevas generaciones de fanáticos y a la que le toca atravesar una rara aventura en Paraguay. Y si bien la devoción del mundo LGBT+ existe en la vida de Moria desde siempre (o al menos así se lo presenta acá), es en esta etapa en el que explota en todas sus dimensiones. La serie está atravesada por esa relación amorosa, esa conexión íntima entre una mujer voluptuosa, inteligente e irónica y toda una comunidad: algo así como su madrina, su líder espiritual, y su mejor y más generosa compañía.

La serie toma cosas —o al menos remite— a la reciente serie española Veneno, de Los Javis, cuya protagonista tiene algunos puntos en común con Moria, mientras que cierto espíritu entre festivo y decadente la acerca al cine de Paolo Sorrentino y a todo ese mundo excesivo de la «telebasura» y el showbiz italiano, tan parecido al argentino. Acá no hay parodia ni intentos de sociología nacional: Moria es un retrato en primera persona que tiene similares ínfulas a las de su protagonista, las de creer que se pueden usar los medios de comunicación tradicionales y hacer algo disruptivo con ellos. Moria Casán fue y es así, aprovechando la figura de la sex symbol voluptuosa para hacer con ella un ícono transgresor. Y Van de Couter apuesta a que su serie sea parte de esa herencia noble y radical. La de tomar una estructura (en su caso, la de las series de plataforma) que va en camino a convertirse en un repetitivo formato comercial y hacer con ella una versión personal e igualmente transgresora. Ahí viven Moria y Moria: en el cruce justo entre la fantasía, la ciencia ficción y eso que llaman realidad.