
Series: crítica de ‘Sacrificio de sangre’ (‘Blood Sacrifice’ / ‘Blodsoffer’), de George Kay (Netflix)
Cuando dos policías son brutalmente asesinados, un detective de Estocolmo investiga a un asesino serial cuyos crímenes exponen las grietas de las instituciones suecas. Disponible en Netflix.
El llamado nordic noir es parte de una misma tradición que el estadounidense —ambos comparten el crimen como eje narrativo central—, pero responden a preocupaciones y problemas diferentes. El noir clásico americano, surgido de la literatura e instalado en el cine en la década del ’40, suele centrarse en detectives privados y en antihéroes moralmente ambiguos enfrentados al crimen organizado pero, en lo esencial, a un mundo irremediablemente corrupto. El conflicto suele ser individual: hay un detective que intenta sobrevivir o imponer algo de justicia en una sociedad que no lo es.
El nordic noir, desarrollado décadas más tarde en los países escandinavos, mueve el eje hacia la dimensión social del crimen. Sus protagonistas suelen ser policías con vidas personales complejas —en eso es parecido al norteamericano— que investigan casos que revelan tensiones ocultas en sociedades, como las nórdicas, aparentemente perfectas. Acá aparecen la desigualdad, la violencia de género, el racismo y el deterioro de un Estado considerado por muchos ejemplar. Con paisajes muchas veces diferentes, el nordic noir no circunscribe los asesinatos a lo individual sino que trata de examinar las grietas de una sociedad que quizás no sea tan impoluta como parece.
En función de la mayoría de esos criterios, Blood Sacrifice es un típico nordic noir. Pero, a la vez, está impregnado de recursos y modismos del americano, especialmente en sus registros más modernos, los surgidos en el post-noir de los años ’90. En este caso, la referencia más directa es el Pecados capitales, de David Fincher, ya que coloca la narrativa criminal dentro del esquema del asesino serial cruel y violento, además de ubicar varios de sus ejes en el drama privado de sus protagonistas. La dimensión social aparece, sin embargo, en la fragilidad de sus respetadas instituciones. Si el el noir americano parte de la idea de que el mundo siempre ha sido oscuro, el nórdico explora cómo esa oscuridad surge donde parecía no tener lugar. Y esta serie explora ese ambiguo territorio.

La premisa inquietante que la serie plantea se presenta de entrada. Un viernes a la noche hay un llamado al número de emergencias (el 112 en este caso) que atienden en un call center de la policía de Estocolmo, Suecia. Lo que se escucha allí es a una mujer siendo atacada por un hombre violento. Dos policías —un hombre y una mujer— parten en un patrullero hacia el lugar. Entra uno a la casa y se hace un silencio. La de afuera lo llama y él no le contesta. La mujer entra y sucede lo mismo: no la escuchamos más. No vimos nada pero a la mañana siguiente sabremos que ambos han sido asesinados de una manera cruel y brutal, en un crimen que parece tener algún componente sacrificial.
El encargado de llevar adelante la investigación —que se vuelve urgente para la policía local— es Thomas Berg (Jakob Oftebro), un hombre sin la habitual carga traumática de los protagonistas de este tipo de series salvo por un detalle que se volverá importante: tiene una mala relación con su alcohólico padre, Alfred (Peter Andersson ), un ex policía que fue echado de su cargo por corrupción, y al que ve muy de vez en cuando, aún viviendo cerca. Pero cuando se encuentra en dificultades para avanzar con la investigación y la presión de sus jefes crece, termina pidiéndole ayuda. Y el veterano trae consigo toda su sabiduría pero también parte de sus «malas artes».
Lo cierto es que el caso prueba ser, a la semana siguiente, la obra de un asesino serial, ya que el viernes posterior a la misma hora hay otro llamado similar que termina de la misma manera, con otros dos policías salvajemente asesinados. Y cuando Thomas y su colega Natalie (Electra Hallman) lo conecten con un crimen anterior, será más que obvio que hay alguien suelto asesinando brutalmente policías en Estocolmo. Determinar quién es y cuáles son sus motivos será el eje narrativo central de una trama que, de a poco, se va metiendo en varios asuntos paralelos, la mayoría de ellos ligados a la propia institución.

Sacrificio de sangre, cuyos episodios dirige Kristoffer Nyholm (The Killing), es atrapante, ya que logra unir convenciones si se quiere clásicas del policial negro con algunos aportes propios de la narrativa del asesino serial. Al incluir a un padre y su hijo como dupla protagónica, la serie creada por George Kay se destaca de muchas otras similares. Y la estructura de la pesquisa, una vez que se enfoca en una cierta dirección, se vuelve doblemente complicada por cuestiones que no conviene adelantar. Lo cierto es que Thomas, su padre, Nathalie y luego Max (Henrik Norlén), otro compañero, se embarcan en una investigación dentro de otra, ya que no les conviene que se sepa del todo qué es lo que están haciendo.
Uno de los ángulos originales de la serie pasa por el temor de los policías a salir a patrullar por las noches y lo que eso va revelando acerca de sus integrantes. De hecho, un personaje importante aquí es la líder sindical de los oficiales, que prefieren no recorrer la ciudad los viernes por la noche por más problemas que eso pueda generar. Y meterse en la mente y en los traumas de muchos de ellos prueba ser revelador, no solo para avanzar en la resolución del caso sino para entender las implicancias del crimen en los propios protagonistas, especialmente en Alfred, que tiene un historial tortuoso en su función policial.
Blood Sacrifice está entre las mejores series policiales de los últimos tiempos. Y no me refiero solo a las nórdicas, sino también a las estadounidenses. Kay no teme meterse en formatos más propios del policial negro de ese país pero evita caer en los lugares comunes más obvios, preservando cierta lógica en su investigación, aún cuando ese formato pueda volverla, al menos para algunos espectadores, más «lenta» en su progresión dramática. La serie hace pie, se asienta en su mundo, crea media docena de buenos personajes y, cuando avanza hacia su conclusión, va dejando en el espectador la sensación que nos deja gran parte del policial nórdico: que es posible que el crimen se resuelva, pero esa resolución no restaurará el orden ni ofrecerá del todo una sensación de justicia. Resolver un caso no basta para curar las fracturas ocultas de una sociedad.



