
Series: reseña de ‘Mi brillante carrera’ (‘My Brilliant Career’), de Liz Doran (Netflix)
Una joven australiana rebelde sueña con ser escritora y desafía la sociedad victoriana, mientras esta adaptación de Netflix lucha por evitar las fórmulas.
A todo le llega su oportunidad de convertirse en el nuevo Bridgerton o similar tipo de serie de plataforma en la que una historia de época se moderniza con la intención de hacerla actual, fresca y multicultural. Es un ejercicio comprensible por las leyes de mercado pero bastante irritante en casi cualquier otro término. Y no me refiero necesariamente a que los textos clásicos tienen que ser respetados a rajatabla ni mucho menos. Solo que hay cosas más interesantes que hacer con ellos que popificarlos hasta convertirlos en una versión amena, cool y lustrosa de una telenovela.
Pese a esas desafortunadas influencias del mercado, los creadores de la nueva versión de Mi brillante carrera han logrado hacer el mejor producto posible dentro de las circunstancias. La serie se apoya en la novela de 1901 de la entonces muy joven escritora australiana Miles Francis y cuenta la historia de una mujer que sueña con ser libre, independiente y vivir como escritora en una sociedad tradicional que solo tiene como plan conseguirle marido. La novela —que se convirtió en un texto canónico y es material de lectura de las escuelas secundarias en Australia— fue llevada al cine en una aplaudida versión allá por 1979, dirigida por Gilliam Armstrong y protagonizada por Judy Davis y el recientemente fallecido Sam Neill. Y ahora tiene su versión aggiornada de Netflix.

La «actualización» aparece en distintos aspectos. Por un lado, una musicalización que no se ciñe a la época, y que incluye temas de Yeah Yeah Yeahs, Wet Legs y The Last Dinner Party, entre otros, en su banda sonora, pero también incorpora esas fracturas temporales a la propia trama (en un evento social del año 1900 se hace una versión de un tema de Rod Stewart). Esto no es necesariamente un problema: es algo que el cine viene haciendo hace décadas cada vez que intenta relecturas posmodernas de clásicos. A eso hay que agregarle personajes de variadas etnias, una diversidad sexual también ausente en la novela y específicas características de la protagonista que la hacen parecer a una chica empoderada de Brooklyn. De vuelta, nada de esto está mal per se. El problema no pasa tanto por la acumulación de gestos contemporáneos sino por la manera bastante obvia y desprovista de sutilezas con la que se hace, la forma en la que todo está usado para transformar a My Brilliant Career en un melodrama más cercano a la soap opera que a cualquier tipo de relectura inteligente del texto original.
Pese a lo dicho, si uno acepta que la propuesta va por ese lado —algo que queda clarísimo a los dos minutos—, al menos Mi brillante carrera tiene una heroína graciosa y simpática, una notable actriz que la interpreta y un grupo de personajes principales que le hacen honor, en la medida de lo posible, a la historia original. Interpretada por Phillipa Northeast —actriz que luce como la hija o hermana menor de Rose Byrne—, Sybylla Melvyn es una joven poco convencional que crece junto a su familia en la pobreza de una granja, con un padre alcohólico y una madre preocupada por la falta de dinero. La chica sueña con escribir pero la decisión de la familia es enviarla a Caddagat, la finca de su abuela, la Sra. Bossier (Anna Chancellor), una mujer severa cuya única intención es casarla con el mejor partido posible. Pero Sybylla se rebela y la serie seguirá esa batalla entre los mandatos sociales y los deseos personales.
A lo largo de sus seis episodios la chica demostrará ser bastante inmanejable por su abuela y la alta sociedad australiana. Pero aún en ese medio encuentra algunos aparentes aliados, como la politizada tía Helen (Geneviene O’Reilly), la vecina Augusta Beecham (Kate Mulvany), amiga de la familia, y varios caballeros que se interesan en ella pero que se dan cuenta —o los hacen dar cuenta a la fuerza— de que no es el tipo de «dama» con la que deberían casarse. Entre ellos está el capataz de la finca, el británico Frank Hawdon (Jake Dunn), y el sobrino de Augusta, Harry Beecham (Christopher Chung, muy diferente aquí al ácido personaje que encarna en Slow Horses). Para él es especialmente tortuosa la situación, ya que está enamorado de la chica, pero se siente presionado a no considerarla seriamente como esposa.

La serie seguirá la vida de Sybylla mientras ella se dedica a leer —tanto su abuela como la vecina tienen enormes bibliotecas— y a escribir, aprovechando la experiencia al máximo y, previsiblemente, metiéndose en problemas por su desacartonada personalidad. Gracias a la actitud optimista y enérgica del personaje, y de la actriz que la encarna, la serie es vivaz, simpática. Pero pronto la fórmula que lleva de las narices a la propuesta se mete en el medio para conducirla por carriles más previsibles. Y es así que la chica deja de ser un personaje más o menos creíble en el contexto para ser una idea contemporánea de la mujer empoderada implantada en un escenario ajeno. Si bien la novela original y la adaptación de Armstrong son considerados textos feministas, aquí todo se vuelve demasiado obvio, demasiado subrayado y un tanto banal.
Es una pena que la serie esté más que nada pendiente en marcar ese tipo de casilleros, porque Northeast es una actriz interesantísima y por momentos parece capaz, por sí sola, de sacar adelante la propuesta. Pero no puede. La serie insiste en volverse actual y hablar de temas relevantes —hay una subtrama gay, otra ligada a los pueblos originarios, otra conectada con el origen chino de Harry y así— al punto de coquetear con la autoparodia. Por suerte no llega a eso —el texto original es lo suficientemente noble como para evitar que caiga tan bajo—, pero la fórmula se interpone, machacosa y persistente, achatando casi todo a su paso.
Pese a la simpatía que genera Sybylla y hasta la conexión que uno pueda tener con ella y su manera libre y desprejuiciada de vivir en una sociedad pacata y conservadora, la serie no logra sacarle del todo el provecho ni al personaje ni a su historia. Está demasiado preocupada por ser accesible para un público acostumbrado a las novelas de Young Adults de las plataformas. Y una vez que se mete ahí, se hace muy difícil sacarla.



