
Estrenos online: crítica de ‘Fito Páez: el mundo cabe en una canción’, de Matías Gueilburt (Netflix)
Un documental musical inusualmente abierto muestra a Fito Páez vulnerable, reflexivo y creativamente inquieto. Disponible en Netflix.
Si hay algo que Fito Páez ha mantenido a lo largo de su vida es —por citar una expresión popularizada por un colega suyo— una honestidad brutal respecto a sus zonas grises, oscuras y hasta negras. No es alguien que ha intentado mostrarse impoluto, mucho menos un ejemplo y ha hecho de sus errores, defectos y problemas casi una filosofía de vida. Y eso se muestra sin tapujos en El mundo cabe en una canción, el documental acerca de su vida que estrena Netflix en continuidad con El amor después del amor, que la narraba desde la ficción. De entrada, mientras Fito habla de las cosas que le molestan respecto a los documentales de artistas (la «limpieza de imagen» que suelen proponer), la película plantea su carta de intención. Y eso seguirá siendo así hasta el final.
El documental toma como punto de apoyo relativo —digo relativo porque su construcción espacio-temporal es un tanto anárquica y circular— la grabación del álbum Novela, que tuvo lugar en los míticos estudios Abbey Road, en Londres, en 2024. Como ese disco es un proyecto de Páez demorado desde fines de los ’80, le sirve como conector más o menos directo con su pasado y la excusa para volver a él y contar desde ahí parte de su historia de vida. Es gracias a ese mecanismo que el film vuelve a su nacimiento, su infancia, su adolescencia, sus comienzos con el rock, su llegada al estrellato, sus adicciones, problemas personales y familiares, y sobre todo sus amores.

Los fans sabrán a qué me refiero (sus historias son parte del lore del rock latino) y los que no podrán descubrir al ver la película las vicisitudes de la vida del músico rosarino, vida que incluye algunos hechos familiares trágicos dentro de lo que fue un crecimiento artístico y de popularidad tan estruendoso como caótico. Pero El mundo cabe en una canción no se quedará en celebrar el pasado sino que volverá todo el tiempo a ese móvil presente, poniendo su eje en esta reciente etapa de su vida, una que también incluye un duro accidente doméstico, separaciones, enfermedades, relaciones con hijos y nuevos desafíos profesionales y creativos.
Todo esto estará animado por la siempre verborrágica e intensa presencia del artista, que habilita a la cámara de Gueilburt a entrar a ensayos, a discusiones con miembros de la banda, a peleas, a sus relaciones personales —con su pareja de ese momento, Eugenia Kolodziej; y con sus hijos Martín y Margarita—, a nuevos shows, y a otras presentaciones públicas que mejor no adelantar. En todo ese combo que fue la vida de Páez del 2024 en adelante, el artista aprovecha para reflexionar sobre su vida, su música y las minucias de su día a día.
Lo mejor que tiene la película es eso: la intimidad casi a pelo que se desprende de él, una que quizás sea más cuidada de lo que parece pero que es, de modo innegable, superior al promedio de lo que se muestra en este tipo de documentales «oficiales». Aparecen los problemas de salud, las adicciones, las peleas, las contradicciones y hay por momentos una fuerte autocrítica. Pero Páez también ha construido su personaje a partir de esta apertura y su público sabe aceptarlo con esa vulnerabilidad con la que habitualmente se muestra.

Hay, a la vez, una suerte de disonancia cognitiva que recorre todo el film, una letanía de quejas y una mirada autocompasiva que Páez expresa, muchas veces, mientras está en la piscina de un lujoso resort mexicano, o en los mejores hoteles de Madrid, Nueva York o Londres. Aquello de «la tristeza de los niños ricos» —por citar otra expresión de la época en la que él surgió— se siente, de tanto en tanto, mientras se lo escucha en plan autoconmiseración. Es cierto que Páez ha sufrido unas cuantas desgracias en su vida y, de hecho, el reciente accidente casero lo dejó meses maltrecho, pero tengo la impresión que ahí la película «pisa el palito» y se olvida de conectar con el mundo real.
Esa falta de relación con casi todo lo que está por fuera del ombligo del artista —salvo alguna mínima excepción en la que habla de los problemas de la industria musical o crítica a los multimillonarios— debilita la frase inicial del propio Páez cuando decía querer hacer algo distinto a los documentales convencionales sobre celebridades. Si bien El mundo cabe en una canción es un film honesto, íntimo y lleno de perlitas y momentos memorables, ahí Fito cae en los mismos vicios que muchos otros (artistas y documentales): pensar que el mundo empieza y termina en uno mismo. Mirar un poco lo que pasa afuera también ayuda a seguir estando vigente.



