San Sebastián 2026: crítica de ‘Wild Horse Nine’, de Martin McDonagh (Perlak)

San Sebastián 2026: crítica de ‘Wild Horse Nine’, de Martin McDonagh (Perlak)

por - cine, Críticas, Estrenos, Festivales
22 Sep, 2026 06:35 | Sin comentarios

Un agente de la CIA moribundo y su compañero más joven viajan a Rapa Nui antes de un golpe de estado, donde emergen viejas lealtades y arrepentimientos. Con John Malkovich, Sam Rockwell y Steve Buscemi.

La ironía y el cinismo que parecen recorrer la obra de Martin McDonagh son en realidad excusas, poses para disimular lo que en el fondo es un corazón blando y sensible. El dramaturgo y cineasta de origen irlandés es un narrador de cuentos morales que se disimulan como tales a partir de una muy cuidada construcción de diálogos y situaciones propias de la comedia negra más irrespetuosa. Como muchos de los personajes de sus películas previas, los protagonistas de Wild Horse Nine son bastante impresentables —en este caso, especialmente por motivos políticos—, pero con el correr de los minutos terminarán revelando ser menos crueles de lo que parecen. O, al menos, más tarde que temprano, haber aprendido alguna lección.

Uno de los impresentables de turno acá se llama Charlie Carlisle y lo interpreta John Malkovich en una de las mejores actuaciones de su carrera. El tipo es un veterano agente de la CIA que ha participado en decenas de golpes de estado y operativos secretos —incluyendo, se dice, el asesinato de un famoso presidente allá por 1963— y que cuando lo conocemos está haciendo lo propio en Santiago de Chile, trabajando para derrocar en 1973 el gobierno del presidente Salvador Allende. Lo acompaña en su tarea un tal Lee Chesterfield (Sam Rockwell), algo más joven que él y algo así como su «enemigo íntimo», un colega con el que discute y se pelea todo el tiempo.

Charlie tiene fama de cabrón y problemático, y suele tener relaciones difíciles con casi todos, empezando por su jefe en el operativo, MJ (Steve Buscemi). Charlie, además, tiene cáncer y sabe que le queda poco tiempo de vida. No le angustia demasiado la muerte pero, como persona religiosa que es, duda sobre si tendrá un lugar en el Cielo considerando el tenor de sus actividades. Un poco para cumplir su último deseo de conocer Rapa Nui (o Isla de Pascua, como ellos prefieran llamarla) y otro para sacárselo de encima, MJ acepta que Charlie viaje a ese lugar junto a Lee. Lo que la CIA preferiría que no suceda es que, como Charlie prometió, escriba allí sus memorias, que podrían revelar demasiados secretos. Y hará lo que sea para evitarlo. Aunque morir, para alguien «condenado» como Charlie, no sea necesariamente un problema. Lo que sí le importa, ante los ojos de Dios al menos, es cómo…

Wild Horse Nine se centra en lo que pasa en esa visita a la isla, empezando por las conversaciones muy graciosas entre ambos y siguiendo por los problemas en los que Charlie los mete diciendo en voz alta que vienen a desestabilizar la democracia a dos jóvenes universitarias y fanáticas de Allende (la argentina Ailín Salas y la chilena Mariana di Girolamo) con las que se cruzan más de una vez en su tour por la isla. Pero en medio de esas desventuras —y cruces con los caballos salvajes que hace referencia el título—, McDonagh irá armando una complicada trama de traiciones políticas junto a otra, si se quiere más humanista, ligada a los miedos y los arrepentimientos de un hombre que ha cometido más pecados de los que puede nombrar.

Wild Horse Nine tiene un tono relativamente similar al de Slow Horses: una trama de espías y contraespías que parecen estar más preocupados en hacer bromas y en actuar como si todo les importara un carajo pero que, finalmente, revelan ser tipos más sensibles de lo que parecen. En ese sentido, el Charlie de Malkovich es pariente del Jackson Lamb de Gary Oldman en esa serie con la que comparten los «caballos» en el título. Más allá de sus complicadas cuestiones geopolíticas, ambas son historias de hombres que, cada uno a su manera, lidian con algunos actos horrendos o, al menos problemáticos, que cometieron en sus respectivas vidas.

McDonagh tiene una facilidad «tarantinesca» para el diálogo tangencial, el que se va por las ramas absurdas —les recomiendo una discusión sobre qué países tienen los mejores quesos y por qué— para luego recuperar esos aparentes desvíos en los momentos menos pensados. Y buena parte del placer del film pasa por saborear esos diálogos filosos, ásperos y llenos de observaciones muy graciosas. A partir de ahí nace el que quizás sea el eje más firme que tiene Wild Horse Nine, uno que comparte (además de las similitudes del paisaje) con Los espíritus de la isla: ambas son historias de problemáticas pero profundas amistades, esas que soportan vendavales y parecen quebrarse pero sobreviven a (casi) todo.

La cercanía de la muerte humaniza a Charlie, es cierto, pero también notar cómo un golpe de estado —como el que están a punto de cometer contra Allende, del que ya saben hasta la fecha exacta— arruinará las vidas y las ilusiones de mucha gente. Y eso se notará en sus cruces con las dos jóvenes locales, en cuyas conversaciones empieza a aparecer algo así como la culpa y cierto arrepentimiento. A la vez, McDonagh aprovechará la oportunidad para jugar con la mitología de la CIA y, especialmente, con algunos asesinatos famosos que pueden o no haber sido cometidos por sus operativos.

Si bien McDonagh tiende a pasarse un tanto de rosca con las pequeñas alegorías que encuentra a mano —desde los caballos del título a los moai repartidos a través de Rapa Nui pasando por las polillas que en apariencia los azotan en Chile—, Wild Horse Nine es una delicia de principio a fin, un film gracioso, negrísimo y muy ácido («cuando aniquilamos un presidente negro nadie recuerda su nombre, solo se escandalizan cuando matamos uno blanco», dirán) que permite que un hombre aniquile a sus rivales mientras tararea una canción de Joni Mitchell, que otro tenga problemas matrimoniales con un hombre que trabaja como payaso y que los dos anden por el mundo, hace ya más de 50 años, dándose cuenta que quizás sean ellos los responsables de que «todo se haya ido a la mierda».