
San Sebastián 2026 / Estrenos: crítica de ‘El corazón de la bestia’ (‘The Heart of the Beast’), de David Ayer
Un sargento retirado de las Fuerzas Especiales y su perro de guerra de tres patas sobreviven a un accidente aéreo y deben luchar juntos por sobrevivir en Alaska. Con Brad Pitt y el perro Uber. En cines.
Las estrellas de cine suelen ser contratadas porque son amadas por la cámara y, consecuentemente, por el público. Además de su fama y de su imagen, estrellas como Brad Pitt aseguran un espectador atento, pendiente de los movimientos y destinos de sus personajes. Y eso hace que existan películas prácticamente unipersonales como El corazón de la bestia. Pero pocos podrían predecir que una figura de la atracción del actor de Pecados capitales sería barrida del mapa por su única constante compañía a lo largo de este film de David Ayer: un perro ovejero alemán al que le falta una pierna.
Si esta película podría acceder a un premio sería para Odin, «personaje» interpretado por un perro muy entrenado llamado Uber. Da la impresión, de hecho, que el bueno de Pitt no es otra cosa que el sacrificado partenaire humano que le han puesto a esta estrella de la pantalla, el Rin Tin Tin contemporáneo (y militar) que tiene el cine de Hollywood actual para ofrecer. Es el quien comienza y termina la película. Y cuya suerte nos despierta más temor y compasión que la del tatuado sargento retirado de las Fuerzas Especiales James Beltmon que encarna Pitt, un veterano militar de guerras de Oriente Medio metido en una situación muy distinta pero igual o más complicada.
La historia arranca con el perro en medio de la ruta topándose con un coche y retrocede una semana atrás para contar lo que sucedió hasta allí. Y la película pondrá a Pitt / Beltmon ante una aventura propia de un enfrentamiento con la naturaleza. El hombre va con Odin en su avioneta a un paraje bello y remoto entre las montañas de Alaska a pasar unos días de campamento. Lleva implementos y materiales para sobrevivir a una batalla y durante las primeras noches disfruta con su perro de recorrer el lugar, comer, jugar, hablar y pasar el rato juntos. Y eso no se arruina ni por la presencia de un extraño (J.K. Simmons) que aparece de la nada y se queda una noche con ellos bebiendo, filosofando y advirtiendo lo complicado del territorio y del tiempo.

Y al día siguiente viene una tremenda tormenta, por lo que Beltmon carga todo en la avioneta y decide cambiar de destino. Pero en pleno vuelo el hombre tiene un ataque cardíaco, pierde el control de la nave y ambos terminan en el fondo de un lago. Hombre y perro sobreviven, muy lastimados —más Beltmon que Odin, o al menos es el que sabe expresarlo con palabras— y de allí en adelante Heart of the Beast se concentrará en los esfuerzos de estos dos muy preparados militares (Odin es un perro especialmente entrenado para la guerra y hasta sufre pesadillas por episodios bélicos que el film muestra a modo de difusos flashbacks) por salir vivos de un entorno natural que le presentará problemas a resolver en continuado, tanto desde lo geográfico como a partir del encuentro con otros animales.
Película de supervivencia y monólogos en la escuela Náufrago, con Tom Hanks, o All is Lost, con Robert Redford, El corazón de la bestia hace recordar también —por su personaje de ex combatiente y su romantización de su pasado bélico y la capacidad atlética y de supervivencia que le otorgaron— al Rambo, de Sylvester Stallone. Si bien las escenas bélicas están de más y le dan al film cierto tono patriótico, aquí todo se reduce a una trama de supervivencia sin contexto político ni nada parecido. El pasado militar de ambos los ha preparado, es cierto, para la batalla contra los elementos. Pero lo que más les ha dado es un cariño y una devoción mutua únicas, al punto que parecen ambos dispuestos a morir por el otro.
David Ayer es un experto creador de películas que le encuentran la vuelta a celebrar a los militares estadounidenses por su valor y coraje. El hombre trata por lo general de no meterse en temas espinosos o políticos —salvo en casos como Corazones de hierro— y lo que más reluce de su trabajo aquí es su capacidad para crear tensión a partir de situaciones eminentemente prácticas. A Pitt se le ha pedido más esfuerzo físico que actoral, aunque uno imagina que sus mano a mano con Odin (o Uber) deben haber sido complejos de filmar. Que nos creamos esa relación de devoción mutua y haber sido capaz de generar emoción con eso es el mayor mérito que ofrece este drama de supervivencia que finalmente pasará a la historia por ser la película en la que un perro ovejero alemán demostró ser más magnético en cámara que el propio Brad Pitt.



