
Series / Festival de San Sebastián: crítica de ‘Mis muertos tristes’, de Pablo Larraín (Netflix)
Una médica jubilada que habla con fantasmas debe lidiar con una serie de muertes en el barrio, su hija distante y la curiosa obsesión sobrenatural de su sobrina. Con Mercedes Morán, Dolores Fonzi y Alejandra Fletchner. En competición en el Festival de San Sebastián. En Netflix, desde el 24 de septiembre.
Ema habla con los muertos, los escucha quejarse, los consuela para que puedan irse en paz. Está, convengamos, un poco harta de hacerlo, cansada de ese extraño mundo en el que vive ya desde niña, cuando se empezó a dar cuenta que tenía esos raros «poderes». Para ella los muertos están ahí, como los vivos salvo que un tanto más traslúcidos. Y se ha acostumbrado a esa extraña forma de convivencia. A otra convivencia que parece estar acostumbrada es a una más realista. La casa de su recién fallecida madre, en la que se está quedando a vivir (acompañada, claro, por su fantasma), está enfrente a un complejo de edificios sociales de Buenos Aires (el barrio de Piedrabuena, en Villa Lugano), en el que pasan cosas densas, peligrosas, todos los días. Y a diferencia de muchos vecinos alzados en armas, que piden mano dura, ella ha aprendido a convivir con eso. Buenos, malos, pobres, ricos, vivos, muertos: todos están en pie de igualdad en su cabeza.
Ema (Mercedes Morán) pasó los 60 años, la acaban de jubilar un tanto forzadamente del hospital público en el que trabajaba, y ha decidido vender su casa en un barrio más «seguro» para quedarse en la de su mamá, un chalet amplio pero en una zona un tanto menos amable. Y allí convive con el fantasma de su madre (interpretada por la actriz chilena Luz Jiménez), quien no para de quejarse aún muerta. Pero la cotidianeidad se le complicará cada día más. Primero, por la llegada de su hija (Dolores Fonzi), una fotógrafa y cineasta con la que tiene una relación algo tensa. Y luego por la inesperada y larga visita de su hermana (Alejandra Fletchner), su cuñado (Carlos Portaluppi) y su sobrina (Carolina Alvarez), que han venido desde Estados Unidos (de «Oregon», más precisamente) a quedarse un tiempo allí.

La visita de sus parientes —que mechan una palabra en inglés por frase, de un modo cómico y efectivo— tiene un objetivo claro: tratar a su hija Julie en un hospital público. Es que la chica tiene una afección similar a la de su tía, pero que se presenta de un modo muy distinto: ella tiene sexo con fantasmas y goza de un modo bastante ruidoso. Entre apática y angustiada por lo que le toca vivir con sus padres, Julie encuentra una cierta comprensión de parte de su tía, pero eso no logra evitar que ellos avancen con su objetivo de internarla en el Moyano. Hasta que un día Julie se fuga y nadie (bueno, salvo los espectadores) tiene idea dónde se metió. Y Ema tiene que lidiar con ese problema, con asuntos densos del pasado, con la incómoda relación que tiene con su hija, y con el asesinato de tres chicas del barrio Piedrabuena que intensifican su abrumador contacto con el mundo de los muertos.
Dirigida por Pablo Larrain tomando como base el cuento homónimo de Mariana Enriquez, en realidad Mis muertos tristes hace con la obra de la escritora una operación similar a la que hizo Laura Casabé en La virgen de la tosquera, ya que incluye elementos de otros cuentos suyos, como Julie, Un lugar soleado para gente sombría y, en menor medida, Cuando hablábamos con los muertos, solo que combinados entre sí y en algunos casos descontextualizados de su hábitat literario original. Esta suerte de pequeño Frankenstein está dividido en cuatro capítulos en la versión que estrena Netflix y fueron ligeramente reeditados para su estreno cinematográfico en San Sebastián. De todos modos, por las propias características y ejes narrativos de sus distintas subtramas, encuentra su mejor formato en el serial.
Mis muertos tristes se presenta como una muy genuina combinación de sensibilidades que son bastante parecidas, ya que tanto Larraín como Enríquez tienden a observar el mundo como un combo de realismo social con algo más cercano a lo macabro, lo turbio y lo terrorífico. El cine del realizador chileno, desde Post Mortem hasta El Conde, no solo ha coqueteado con esos grises que existen entre la vida y la muerte sino que suelen tener una atmósfera funérea. Y la literatura de la escritora argentina se mete de lleno en esas profundidades. A la vez ambos han situado sus historias en lugares, épocas y situaciones concretas: las dictaduras militares chilenas y argentinas, y las diferencias de clase, la sorda lucha entre los que tienen (un poco) más y los que tienen (un poco) menos. Y en la serie los intereses de ambos aparecen entrecruzados de una manera natural, algo que queda demostrado en su colaboración en el guión.

Dentro de su episódica estructura, Mis muertos tristes encuentra su eje en las experiencias de Ema, personaje que Morán interpreta con una elocuente mezcla de franqueza y hastío, como alguien que está un tanto harta de todo lo que lo rodea, especialmente los vivos, que no hacen más que decepcionarla. La manera en la que se comunica con los vecinos en las reuniones del barrio (en las que se habla más que nada del tema de la seguridad), la forma en la que no soporta a su hermana y hasta el modo un tanto más ambiguo en el que se relaciona con su hija, habla de un personaje que está al límite de sus posibilidades. Tampoco parece ser mucho más comprensiva con los muertos, a los que quiere sacarse muchas veces de encima, pero con ellos conecta un poco más a través del dolor. O acaso por el hecho de sentirse un poco un fantasma en su propia vida.
Los edificios todoterreno y el enorme tanque de agua de Piedrabuena le dan a la serie ese toque áspero y fotográficamente incómodo de muchas de las producciones de Larraín. A diferencia del acabado lustroso y formalmente límpido de la mayoría de las series y películas de Netflix, Mis muertos tristes es claramente una obra de autor. Está construida con planos largos y sinuosos, con una fotografía descarnada a tal punto que pareciera faltarle algún tipo corrección de color (lo que en Instagram serían filtros) y en unos escenarios más cercanos al mundo del Nuevo Cine Argentino de los años 2000 que a cualquier cosa que haya hecho antes el realizador chileno. La literatura de Enriquez parte muchas veces de ese mix de banditas barriales, vecinos fachos, cumbia y violencia urbana, a la que le agrega los elementos macabros, fantásticos y oscuros que caracterizan a sus historias. Y Larraín se siente a gusto en esos escenarios, los hace propios pero sin traicionar su esencia.
Si bien es narrativamente irregular y un tanto caprichosa en algunos de sus giros dramáticos, Mis muertos tristes logra retratar muy bien un escenario en el que la vida y la muerte conviven permanentemente, una suerte de limbo espectral en el que se mezclan las almas de quienes tuvieron muertes traumáticas y quienes aún viven cargando con experiencias similares. Más que un relato de terror, la serie es un cuento macabro sobre lo que pasa cuando las condiciones sociales, políticas y económicas llevan a las personas a vivir al límite de sus posibilidades, perdiendo muchas la noción de realidad en medio de su angustia o desesperación. Un caldo de cultivo explosivo que, como si fuera un cuerpo extraño en medio de un tanque de agua supuestamente potable, termina infectándolo todo.



