
Venecia 2026: crítica de ‘Agata the Writer’, de Kuba Dorabialski (Giornate degli Autori)
Mientras investiga una novela en Sarajevo, una escritora australiana descubre que comprender el pasado de una ciudad implica cuestionar su derecho a narrarlo. Con Mia Wasikowska y Mia Morrissey.
La actriz australiana de ascendencia polaca Mia Wasikowska ha logrado mantener una envidiable carrera profesional trabajando, casi siempre, con notables directores. Con films de mayor o menor éxito, ha sido parte del elenco de películas de Jim Jarmusch, David Cronenberg, Tim Burton, Gus Van Sant, Guillermo del Toro, Park Chan-wook y Cary Fukunaga, entre otros grandes. En los últimos años, un poco más alejada de los primeros planos, Wasikowska ha aparecido en películas de autor que son más reconocidos en el mundo de festivales, como Mia Hansen-Love, Jessica Hausner o Antonio Campos.
Agata the Writer marca, en ese sentido, una continuidad. Se trata de un film austero, de elecciones narrativas y de puesta en escena bastante radicales —al menos dentro de lo esperable en un film protagonizado por una figura tan conocida—, dirigido por un artista visual también polaco-australiano y centrado en una escritora que viaja a Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, a buscar inspiración para escribir su nueva novela. En cierto modo, el recorrido de Wasikowska hace recordar al de pares como Tilda Swinton, que entran y salen de un cine de autor más comercial para trabajar en proyectos más experimentales.

Ya de entrada queda claro que la propuesta tiene mucho más de experimental/autoral que la mayoría de las películas que ha hecho Wasikowska: la duración de los planos, los silencios y la quietud que rodea todo demuestran una búsqueda precisa y específica de tono y de forma. De a poco se va conformando una suerte de trama. Agata es una escritora australiana de ascendencia polaca conocida por sus novelas con elementos cómicos. Pero su llegada a Sarajevo está relacionada con un proyecto muy distinto: quiere contar una historia que transcurra allí en los años ’90, durante la guerra de los Balcanes.
Agata the Writer seguirá a la escritora a través de diversos encuentros que tiene allí con gente local —dos sobrevivientes, una autora teatral, una niña que conoce en un pueblo al que va de visita, guías turísticos y así—, en la mayoría de los casos, como parte de su investigación. Y casi todos los entrevistados tiende a desalentarla de su proyecto: ¿Para qué hacer una novela sobre Sarajevo durante la guerra? ¿No se hicieron ya muchas? Y a eso se agrega la que quizás sea la pregunta más incómoda de todas: ¿Por qué ella, que ni siquiera es de ahí ni tiene nada que ver con esa guerra, contaría esa historia?
A esas incómodas charlas, Dorabialski les suma contar la vida cotidiana de Agata en Sarajevo. Allí se reencuentra con Davina (Mia Morrissey), una simpática amiga que la acompaña a varios lados, y tiene además que lidiar con la extraña desaparición de objetos en la casa en la que está viviendo, una que le genera entre tensión y misterio, ya que se trata de robos muy específicos y concretos: cuadros, vasijas, así. En medio de todo eso, Agata seguirá tratando de entender qué tipo de novela escribirá y cuál es su rol en la historia de esa ciudad y en las vidas de esas personas.

Con experiencia —evidente desde la puesta en escena y en ciertas decisiones narrativas— en el mundo del video-arte y la instalación, Dorabialski va creando un elegante y complejo estudio acerca del trabajo de un escritor, uno que también podría ser aplicado a un cineasta. Es un film que a cada paso se cuestiona a sí mismo y a la historia que está contando. ¿Corresponde hacer un film en un país que no es el tuyo contando algo que no tiene nada que ver con tu vida o tu experiencia? ¿No estás explotando una situación dramática para tu propio beneficio artístico? A lo largo de las entrevistas que hace Agata, la respuesta parece ser clara. Sin embargo, quizás haya una manera de contar alguna historia allí. Y el film en sí es el intento de hacer eso.
En cierto momento —en lo que en una evolución dramática más clásica podría llamarse «el tercer acto», aunque esas definiciones no son relevantes aquí—, el realizador toma una brusca decision narrativa que es, a mi gusto, un tanto oblicua y excesiva, obligándonos a recomponer nuestra experiencia como espectadores del film. Mejor no revelarla acá, pero es claro que se trata de una decisión divisiva, hasta radical. Más allá de su brusquedad y del reacomodamiento de expectativas que genera, la decisión tiene que ver con la propia lógica de lo que cuenta y de cómo lo cuenta. Es un modo de seguir contando una historia sobre Sarajevo, quizás también sobre la guerra, pero escapándole a cualquier moda, preconcepto o explotación. Así, la novela que escribe Agata y la película que vemos se transforman en una misma y sola cosa.



