Venecia 2026: crítica de ‘Biografía de Jorge Luis Borges’, de Mariano Llinás (Venice Open)

Venecia 2026: crítica de ‘Biografía de Jorge Luis Borges’, de Mariano Llinás (Venice Open)

por - cine, Críticas, Festivales
09 Sep, 2026 12:41 | Sin comentarios

Un viaje de cinco horas y media por la vida de Borges se convierte en un laberinto donde literatura, memoria, ficción y realidad se entrecruzan. En el Festival de Venecia.

“No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En este, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.”

“El jardín de los senderos que se bifurcan”, de Jorge Luis Borges (1941)

El coche en el que Mariano Llinás se mueve junto a su pequeño equipo a través de la ciudad y la provincia de Buenos Aires durante buena parte de Biografía de Jorge Luis Borges tiene el parabrisas estallado, posiblemente por el golpe de alguna piedra con la que se toparon en sus muchos recorridos por la Argentina. Pero no parece ser un problema para el rodaje: la cámara filma los edificios, las casas, los monumentos, las calles y las rutas a través de esa marca como si esa extraña estrella de muchas puntas que se ha formado ahí no generase inconveniente alguno. A su modo, esa figura de telaraña refleja la forma de esta poliédrica película. En su centro hay una marca grande, allí donde seguramente la piedra ha impactado. Esa marca es Jorge Luis Borges, el núcleo de este expansivo relato de cinco horas y media que Llinás ha filmado sobre el escritor argentino. Y los rayos que se desprenden de ese eje son los desvíos, los recorridos por los que la narración se va y vuelve, se va y vuelve, una y otra vez. Como esos dibujos que Llinás hizo para explicar cómo funcionaba la narración en La flor, el parabrisas estallado es, seguramente sin quererlo, el mapa que organiza esta película, su cartografía.

Dividida en tres episodios, la película de Llinás parte —como muchas producciones de El Pampero— de un encargo específico que se fue convirtiendo en algo mucho más ambicioso, casi totalizador. Así, ir a filmar y catalogar la colección de la Fundación ISLAA repleta de archivos históricos y manuscritos del escritor se fue convirtiendo, según cuenta el director en su rapsódica voz en off que recorre el film, en una biografía de Borges, una que —siguiendo la lúdica línea de pensamiento característica de Llinás— quizás el propio autor le dejó preparada para que él la filme. De ese modo, la pesquisa se convierte en una tarea detectivesca, con el realizador convertido en una especie de Watson del excéntrico Sherlock Holmes que guía la investigación: Ernesto Montequín, un investigador, traductor y ensayista especializado, entre otras cosas, en la vida y la obra del autor de El Aleph.

Esa misión de encontrar los secretos de Borges en sus manuscritos —sus anotaciones al margen, sus tachaduras, sus cartas, sus postales y otros textos— es el núcleo del que Biografía de Jorge Luis Borges parte y al que siempre vuelve: la piedra que hizo estallar el vidrio de la literatura universal, según asegura Llinás. Y desde allí se arma la estructura radial del film, la que lo lleva a recorrer las ciudades que Borges visitó, las casas en las que vivió, los lugares en los que trabajó, las personas con las que se relacionó, las mujeres que amó y los problemas en los que se metió. Esos círculos concéntricos dan pie a los desvíos característicos de la obra del director de Historias extraordinarias, las digresiones a través de las cuales —escribía Adolfo Bioy Casares, una de las personas centrales en la vida de Borges— entra la vida en los relatos. Dicho de otro modo: es la manera en que Llinás ingresa de cuerpo entero en la película, con sus modos acostumbrados, esos que llevan una narración de las narices de maneras tan caprichosas como fascinantes.

De los tres, el primer episodio será el más centrado en la obra de Borges en sí, en seguir ciertos parámetros cronológicos, repasando sus textos iniciáticos, sus cambios estilísticos, su fascinación por otros escritores y algunos de los momentos más importantes de su vida desde su nacimiento hasta mediados de los años 40. Es un combo en el que entran biografía, análisis literario, lúdicas interrupciones y en el que, más que nada, se va armando esa dupla detectivesca que integran Llinás y Montequín, que van metiéndose en un pozo sin fondo de conexiones improbables, yendo y viniendo entre la realidad, la ficción y el juego. La biografía requiere de un espectador capaz de entrar en un código literario y cinematográfico que, se podría decir, el cineasta aprendió del escritor; un lugar en el que lo real y lo fantástico, lo banal y lo improbable, lo épico y lo autorreferencial se combinan de formas impredecibles.

Esa pesquisa por los lugares físicos y reales que Borges menciona en su obra deriva, en el segundo episodio, en una búsqueda más interior. Allí el eje está puesto, principalmente, en sus relaciones amorosas: sus novias (reales, imaginarias o literarias), sus problemas de pareja, sus conflictos personales y laborales. Aquí se expandirán aún más las digresiones: se contarán microhistorias de amor, se incorporarán elusivos viajes a través de Texas, se le dará un peso importante a Invasión y a la figura de Hugo Santiago y, a su modo, el film se volverá un extraño drama sentimental al narrar la complicada relación matrimonial del escritor de Emma Zunz con Elsa Astete Millán. De a poco, Llinás va abandonando los pocos rasgos clásicos que su película parecía tener y —como ya lo hizo en su reciente tríptico sobre el colectivo artístico Mondongo— va llevando todo hacia un terreno más especulativo, personal y anecdótico.

El tercer episodio ingresará con todo en el Borges anciano, el de las controvertidas opiniones políticas —la película se meterá de lleno en su apoyo a las dictaduras latinoamericanas y explorará muchas de sus brutales y “políticamente incorrectas” declaraciones de la época—, pero volverá a escaparle a la biopic para entrar aún más dentro de ese característico behind the scenes tan propio de los “documentales” de El Pampero Cine. Volviendo a la pesquisa geográfica por diversos pueblos de la provincia de Buenos Aires, el episodio terminará teniendo más elementos de Historias extraordinarias —película de la que podría ser hasta un nuevo capítulo— que de cualquier cosa que se parezca a una biografía de Borges. La jugarreta de Llinás se irá así completando y la exploración volverá al inicio, a la matriz de esta película, que quizás esté más centrada en entender la conexión entre el autor y el cineasta —maestro y discípulo— que en cualquier otra cosa.

Central para el funcionamiento de Biografía de Jorge Luis Borges es la peculiar dupla que conforman Llinás y Montequín, quienes por momentos se convierten en una pareja cómica en plan protagonistas de una clásica buddy movie, especialmente cuando salen de esa clínica sala neoyorquina en la que ambos se dedican a lidiar con la a veces indescifrable letra manuscrita de Borges. Como si fueran personajes de una de las novelas de aventuras que inspiraron al autor argentino, la dupla de detectives (con lupa y todo) avanza a través de un mapa que ocupa el territorio entero del film, como en uno de los cuentos (Del rigor de la ciencia) que aquí se citan. Así, Llinás recorre Suiza, Islandia, Chile, China, Uruguay, Estados Unidos y España —seguramente me olvido de algún país—, encontrando siempre alguna excusa borgeana para incluir cada uno de esos viajes en la película, exista o no una excusa real para hacerlo. Lo que no existe, se inventa. O quizás ya estaba inventado desde antes y solo esperaba revelarse ante quien estaba predestinado a contarlo.

Biografía de Jorge Luis Borges tiene momentos para la antología del absurdo, como el de un periodista deportivo que insiste en saber qué opina el escritor de Guillermo Vilas —entrevista actuada por Llinás y su pareja, la actriz Laura Paredes— o la lectura de los textos escritos por un abogado en los que se enumeran las razones legales e íntimas que justificarían su separación de Elsa. Tiene, también, otros momentos más duros y ásperos, en los que manifiesta su apoyo a Pinochet y, al menos inicialmente, a Videla. Pero detrás de los gags, de la autorreferencia y de la búsqueda creativa y caótica por desparramar el mundo del escritor hasta ocupar todo el espacio, se adivina la esencia de un hombre solitario y dolorido (“Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”) que buscaba encontrar un instante, aunque fuera mínimo, de algo que se pareciera a la felicidad. Y esta irreverente biografía, en su gesto más generoso, se lo otorga. He allí su grandeza.