Venecia 2026: crítica de ‘El fantasma’, de Ignacio Masllorens y David Lamelas (Giornate degli Autori)

Venecia 2026: crítica de ‘El fantasma’, de Ignacio Masllorens y David Lamelas (Giornate degli Autori)

por - cine, Críticas, Festivales
10 Sep, 2026 06:00 | Sin comentarios

Un falso documental sobre un artista olvidado del Instituto Di Tella deriva en una conmovedora reflexión sobre creatividad, amistad y el paso del tiempo. En la Giornate Degli Autori. Fuera de competencia.

El intento de filmar una película biográfica sobre un artista poco conocido se transforma en una lúdica reflexión sobre el arte, la cultura y, más que nada, sobre el paso del tiempo en este ejercicio fílmico —entre el documental, el falso documental y la ficción— que se entromete en el universo del Instituto Di Tella y en la creativa Buenos Aires de los años ’60. Con la excusa de filmar un documental institucional que acompañe una exposición del artista Rubén Santantonín, el realizador Ignacio Masllorens con la ayuda inconmensurable de David Lamelas —otro artista multidisciplinario de aquella generación— se dedican a reflexionar sobre el arte, sus mitologías y la manera en la que todo eso se mezcla con las vidas de las personas que crearon esas obras.

En un formato que ya es clásico de algunas producciones de El Pampero —lo ha usado Mariano Llinás, Laura Citarella y Alejo Moguillansky—, El fantasma empieza como una película por encargo. O, dicho de otro modo, como la reconstrucción de un supuesto encargo para hacer una película. En este caso, dos productoras de materiales audiovisuales para galerías y exposiciones son convocadas para hacer un video sobre el tal Santantonín. Las chicas (Constanza Feldman y Victoria Baldomir) no tienen idea de quién es ese artista y la persona que se lo encarga (Carmen Iriondo) les pide que lo busquen online. Y ahí descubren que Santantonín fue coautor, junto a Marta Minujín, de una de las obras de arte clave de la época: La menesunda, instalación que se convirtió en un suceso en el Di Tella, pero que fue atribuido solo a ella. El hombre murió poco después y no se sabe casi nada de su vida y del resto de su obra.

El encargo viene, además, con una exigencia específica: quieren que el director de la película sea David Lamelas, un artista contemporáneo a ambos que también fue parte del equipo creativo de La menesunda, además de un pionero del arte conceptual que expuso y presentó sus obras (pinturas, esculturas, instalaciones, películas, acontecimientos) en todo el mundo. Y las chicas no están seguras de que sea la elección adecuada. Lo que deciden hacer, entonces, es usar al casi octogenario artista como entrevistador y cara visible del proyecto, mientras que ellas y su pequeño equipo de producción llevan la batuta. Pero a través de las entrevistas que les hace a curadores, críticos, académicos y colegas, Lamelas va empezando a revisar el pasado de Santantonín, del Di Tella y del suyo propio, y quiere llevar él mismo la batuta del proyecto, pensando en usar el encargo para hacer un film más original y creativo. Pero para eso deberá confrontar con las productoras.

Este enjambre en plan falso documental —por más que incluya hechos reales, ese es el formato utilizado aquí— es en realidad una excusa, un clásico hilo conductor propio de la escuela El Pampero que El fantasma utiliza para adentrarse en lo que realmente le importa: contar esa época, conocer a esa generación de artistas (salvo unos pocos, la mayoría fallecidos), rememorar la Buenos Aires de entonces —donde estaba el Instituto Di Tella ahora hay una tienda deportiva y la contigua Galería del Este está semi-abandonada— y, sobre todo, permitirle a Lamelas conocer más a fondo a un hombre, como Santantonín, al que no trató lo suficiente, y explorar más acerca de su propio pasado.

Por un lado la película analiza la obra del artista en el contexto de la renovación de esa época. Un hombre mayor en edad que el promedio de los creadores que surgían, Santantonín murió muy joven tras haber quemado casi toda su obra, caracterizada por objetos que el llamaba «cosas» de formas y aspecto bastante indefinible e impreciso. Su muerte a los 45 años generó un mito: que el hombre se suicidó frustrado porque su obra más importante fue adjudicada por todo el mundo a la más excéntrica y reconocida Minujín. Pero la investigación de Lamelas probará que las cosas fueron bastante diferentes en la realidad.

Pero El fantasma quiere ir más allá del retrato del artista desconocido y supuestamente maldito. Si bien fue mucho más reconocido en vida, Lamelas también utiliza su experiencia para repensar su obra y su vida, especialmente al encontrarse con viejos colegas (como el recientemente fallecido Luis Felipe «Yuyo» Noé, Leopoldo Maler y la propia Minujín, entre otros) que lo llevan a volver a recordar una época que tenía olvidada en su ya frágil, como el mismo admite, memoria. De a poco el film va armando un combo de remembranzas que, de un modo inevitable, invita a la reflexión y si se quiere a la nostalgia de una etapa creativa y desenfadada del arte argentino, en el que los trabajos de los jóvenes vanguardistas ameritaban amplias coberturas mediáticas y convocaban multitudes.

El director de Martin Blaszko III y Atlas organiza los diversos materiales de una manera lúdica y coherente, permitiendo que El fantasma pase de ser una comedia absurda a un documental un tanto más clásico para de ahí viajar a una reflexión más emotiva acerca de la memoria y de cómo el arte refleja (o no) las experiencias vividas. Como detalle relevante pero que la película casi ni menciona está el hecho de que Lamelas participó en la Biennale de Venecia en 1968 con la controvertida instalación Office of Information about the Vietnam War at Three Levels: Visual Image, Text and Audio, en 1968. Su regreso a esta ciudad y a este evento casi 60 años después terminan dándole al film un nuevo círculo de sentido, un capítulo más de esa mezcla fascinante que existe entre el arte, la vida y el paso del tiempo.