
Venecia 2026: crítica de ‘Imperium’, de Sergei Loznitsa (Venice Open)
Estas imágenes filmadas en la URSS de los ’70 por dos cineastas italianos revelan cómo el poder soviético lidiaba con la diversidad cultural y étnica de aquel país. Fuera de concurso.
En sus intentos de recuperar y de deconstruir, en modo crítico, la historia de la Unión Soviética, el cineasta ucraniano Sergei Loznitsa ha utilizado por lo general filmaciones de archivos oficiales (o no tanto) que permiten ver, desde lo que entonces era considerado «material publicitario», cómo el país se miraba a sí mismo. O, mejor dicho, cómo las autoridades trataban de enlazar a esas distintas naciones bajo una misma idea y concepto: el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (o URSS). Como dice un contundente cartel, ese país dejó de existir en 1991. Y por eso los materiales encontrados funcionan, retrospectivamente, de manera inversa a cómo fueron pensados.
El material usado en Imperium fue filmado entre 1970 y 1973 por dos cineastas italianos que recorrieron buena parte de la Unión Soviética mostrando sus distintas culturas, ciudades, naciones, hábitos y tradiciones trabajando para un archivo fílmico del PCI. Las imágenes conforman un material etnográfico en el que se trató de captar ese curioso y variado tapiz cultural que se extendía desde los Cárpatos hasta el Océano Pacífico y de las grandes ciudades (Moscú o la entonces Leningrado, hoy San Petersburgo) a las aldeas más remotas. Tomadas, editadas y organizadas por Loznitsa, esas imágenes muestran el intento de darle un sentido común y único —algo así como una idea patriótica de nación— a algo que, de manera evidente, era de por sí muy diverso.

La película arranca y termina en las grandes ciudades con sus avenidas y edificios monumentales, sus desfiles, instituciones y hábitos culturales urbanos, pero pronto dejará esos inmensos conglomerados de gente para internarse en pueblos y aldeas diferentes no solo en tamaño sino en etnias, hábitos y culturas. El film recorrerá países que hoy son independientes (irá de Azerbaiyán, Kazajistán y Uzbekistán a Estonia, Letonia y Lituania, entre otros) y se dedicará a presentar tanto momentos de la vida cotidiana de obreros y campesinos como eventos concretos: bodas, funerales, fechas patrias, bailes y fiestas.
Lo que irá apareciendo, además de la diversidad, será el intento soviético por englobar a esas culturas diversas dentro de una tradición política que empieza con la Revolución de 1917 y que tiene a Lenin como figura central. Pero ahí también se verá lo caprichoso, forzado y hasta colonialista de ese intento: son más las diferencias que las similitudes, los choques culturales que la forzada obediencia a ciertos patrones políticos y, si se quiere, hasta estéticos. La pompa y circunstancia de la ceremonia oficial se da muchas veces un golpe contra las más coloridas realidades locales.
Loznitsa continúa con Imperium un trabajo que ya lleva muchos años: su intento de desmitificar ese concepto que fue la Unión Soviética y que duró casi 75 años. Películas como State Funeral o Baby Yar. Context, entre otros films críticos con aquel país, dejan en claro su mirada y su posición al respecto. Sin agregar, comentar ni subrayar nada, son películas que predicen las contradicciones que darían pie a la caída de un imperio que, en la actualidad y de un modo no tan distinto, se rehusa a abandonar esa idea de dominación y conquista, un país que sigue existiendo en la cabeza y en la nostalgia de unos pocos.



