
Estrenos: crítica de ‘El poder de la red’ (‘The Social Reckoning’), de Aaron Sorkin
Frances Haugen (Mikey Madison) filtra documentos de Facebook al periodista Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) mientras Mark Zuckerberg (Jeremy Strong) se prepara para testimoniar ante el Congreso, en esta secuela de «La red social». Estreno en Argentina: 22 de octubre.
Esto no es una película de Frank Capra», le dice Frances Haugen (Mikey Madison) a Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) en uno de los tantos encuentros que tienen en secreto. «No pensé que conocieras a Capra», le dice Jeff, periodista del Wall Street Journal que está haciendo una investigación sobre las problemáticas prácticas de Facebook. «Sí, vi sus dos películas», dice Frances, seguramente refiriéndose a Sucedió una noche (It Happened One Night, 1934) y ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946). Ella trabaja en esa compañía y funciona como la informante principal del periodista, la que conoce dichas prácticas de primera mano y, sobre todo, tiene acceso a los documentos internos. «Hizo muchas otras películas», le responde Jeff, que ocupa su poco tiempo libre viendo clásicos de Hollywood. «No solo esas dos».
La referencia no es casual. Horwitz no las menciona pero bien podría estar hablando de El secreto de vivir (Mr. Deeds Goes to Town, 1936), Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, 1939) o Juan Nadie (Meet John Doe, 1941), quizás las películas más politizadas de Capra, las que enfrentan al «hombre común» en una cruzada contra los poderosos, films clásicos de esos que suelen incluir emotivos discursos frente a grandes auditorios —el Congreso, un tribunal— y un triunfo, muchas veces pírrico, de esa persona normal que se atrevió a enfrentarse a la corrupción. A su modo, Aaron Sorkin intenta inscribir a El poder de la red en esa tradición casi centenaria, mostrando cómo el mundo de la alta política y las empresas siguen, con diferentes métodos, manipulando las vidas de la gente de a pie.
Frances no es, de todos modos, una usuaria común de Facebook. Pero sus amigas lo son. Y lo que la lleva, de a poco, a atreverse a contar los secretos algorítmicos de la empresa en la que trabaja es ver cómo una de ellas —en una cruda escena que se nos muestra al inicio de la película— pasó de ser una joven progresista en una ferviente militante de la ultraderecha más cruenta. Su giro ideológico no es casual y Frances lo sabe, conoce los mecanismos que la han «convertido». Pero, por más que trabaje en el departamento de Integridad Cívica de la compañía, nadie en Facebook le presta atención alguna. Es que nadie allí quiere escuchar —mucho menos Mark Zuckerberg (Jeremy Strong)— a personas que pongan palos en la rueda, que quieran limitar el negocio por «asuntos de conciencia».

En una historia que transcurre entre 2019 y 2021 —y que se inspira en una investigación real, más allá de muchas alteraciones cinematográficas—, Frances terminará contactando a Horwitz, uno de los últimos periodistas de investigación que parecen seguir trabajando en los cada vez más vaciados medios gráficos tradicionales. Es la única que lo hace y, a partir de esa tímida y reticente conexión, el periodista —y por interpósita persona, los espectadores— irá desentrañando cómo esa red social y las otras que son parte de la misma empresa (Instagram y Whatsapp, entre otras) han ido favoreciendo cada vez más los llamados «discursos de odio»: contenidos agresivos, violentos y muchas veces falsos que generan mucho más «engagement» o participación de los usuarios, quienes pasan más y más tiempo likeando y compartiendo ese tipo de material que cualquier otro más tradicional como nacimientos, bodas o cumpleaños, que fueron los motores de la compañía en sus inicios.
La película tendrá una estructura similar a la de muchos thrillers de investigación de la escuela Todos los hombres del presidente, aunque con un marco más empresarial que político y con un poco menor riesgo de vida para todos sus participantes. A la par de la relación entre ambos y los secretos que Frances va descubriendo y compartiendo con Jeff, Sorkin mostrará tiempo después al propio Zuckerberg preparándose para una de sus tantas apariciones públicas en la que testimoniará ante el Congreso, siendo coacheado para parecer un poco más humano de lo que habitualmente se lo ve. La tarea es difícil, claramente, y se complica aún más por un par de hechos que suceden —y aquí Sorkin extrema las casualidades— casi al mismo tiempo: la inminente publicación de la investigación de Horwitz en el periódico y un pequeño problemita político que tuvo lugar en el Capitolio en enero del 2021, uno en el que redes sociales como Facebook no solo fueron parte importante sino, en cierto modo, instigadoras.
El poder de la red funciona como una suerte de secuela de La red social, la película que Sorkin escribió (y David Fincher dirigió) en 2010, cuando Facebook recién comenzaba y se empezaba a convertir en una fuerza cultural dominante. Esta historia transcurre un poco más de una década después pero en cierto sentido ya quedó un tanto vieja. En los últimos dos o tres años, tanto el regreso al poder de Donald Trump y la libertad que les dio a todas las redes sociales para no ejercer control alguno sobre lo que se publica en sus sitios como el crecimiento de la Inteligencia Artificial para generar una nueva serie de problemas e inconvenientes, dejan a esta película como un recuerdo de una época —el film está atravesado por la pandemia y toda la desinformación que circuló al respecto— en la que el mundo entero empezó a sentir en carne propia la potencia destructiva de la promoción de fake news en Facebook y de todo tipo de contenido agresivo en Instagram, con sus conocidas consecuencias.

Sorkin es mejor guionista que realizador y el film se resiente por la falta de un cineasta que sepa dotar de energía kinética a sus escenas. Es que el hombre tiende a enamorarse de sus diálogos y por momentos los personajes dejan de ser personas de carne y hueso para transformarse en portavoces de ideas, inteligentes máquinas discursivas que no tienen mucha relación con el mundo real. De hecho, los tres protagonistas de El poder de la red son, a su modo y con sus diferencias (en el caso de Zuckerberg y debido a la excesiva y mimética personificación del actor de Succession, se nota aún más), personajes alienados, ensimismados en sus investigaciones, sus datos o sus beneficios. La película por momentos peca del mismo efecto de pecera. Se ven los disturbios de 2021 y se habla de los problemas con la desinformación durante la pandemia, pero raramente se las siente del todo reales. De hecho, ni siquiera se les pone nombre a las cosas. Ni una sola vez se escucha la palabra «Donald Trump» en todo el film ni la de ningún otro —salvo Zuckerberg— personaje implicado en todos estos asuntos.
Más allá de esas características que impiden que The Social Reckoning sea algo más que una película de denuncia clásica —se nota la ausencia de Fincher o de algún otro director con un pulso cinematográfico más preciso—, Sorkin logra interpelar a los espectadores a partir de las específicas revelaciones que su película hace respecto a las prácticas de Facebook y de otras redes sociales. Si bien se trata de una información conocida por todos aquellos interesados en cómo se manejan estas compañías, la película sirve para amplificar cómo es que esa empresa fue manipulando a sus usuarios haciendo crecer los contenidos agresivos y falsos que generan más y más engagement. Y por qué no le interesa para nada dejar de hacerlo.



