Estrenos: crítica de ‘La vida es así’ (‘La vita va così’), de Riccardo Milani

Estrenos: crítica de ‘La vida es así’ (‘La vita va così’), de Riccardo Milani

por - cine, Críticas, Estrenos
07 Oct, 2026 08:46 | Sin comentarios

En esta comedia de Riccardo Milani, un anciano pastor sardo (Giuseppe Ignazio Loi) pasa veinte años negándose a vender su tierra a un empresario milanés (Diego Abatantuono), pese a los ruegos de sus vecinos. Estreno en Argentina: 8 de octubre.

Inspirada en el caso real de un pastor sardo que se pasó veinte años defendiendo su tierra de manos de una empresa inmobiliaria que quería construir un amplio resort en la zona, La vida es así cuenta la historia de Efisio Mulas (se llamaba Ovidio en realidad), a quien vemos al iniciarse el relato como un tosco y seco anciano de una bella pero empobrecida región de Cerdeña, de esos personajes clásicos (y un tanto estereotípicos) del territorio real y también del cine italiano. Efisio (Giuseppe Ignazio Loi) habla poco y solo en dialecto, pero de tonto no tiene un pelo. Y el hombre rápidamente se da cuenta cuando, en 1999, empiezan a sondearlo para que venda su terreno.

Pero la que lleva adelante la historia, al menos inicialmente, es su hija Francesca (Virginia Raffaele), algo así como la encargada de convencer a su padre de vender su casa. Es que la empresa inmobiliaria con sede en Milán, dirigida por un magnate llamado Giacomo (Diego Abatantuono), ya ha adquirido todos los terrenos lindantes al de Efisio y solo le falta convencer al tozudo anciano de hacer lo propio con el suyo para poder completar el ambicioso y controvertido plan inmobiliario.

El problema se vuelve especialmente serio porque la gran mayoría de los habitantes del pueblo están de acuerdo con la construcción del «eco-resort», más que nada porque hay poco trabajo en la zona y todos necesitan de los turistas y, especialmente, del dinero que ellos puedan traer. Para convencer al anciano contratan a Mariano (Aldo Baglio), quien será el jefe de la obra y el encargado de negociar con el tozudo campesino. Su llegada a los gritos empieza a hacer girar a la película a un tono aún más propio de la comedia italiana clásica, de la que Riccardo Milani se servirá durante casi todo el resto del relato.

A través de Mariano, a Efisio le ofrecen unos cientos de miles de liras (este problema arranca, en la ficción al menos, antes de la llegada de los euros), más dinero del que vio en su vida, pero el hombre no quiere saber nada. Tampoco con el doble o el triple. Desde Milán, Giacomo y su equipo empiezan a buscar opciones. Y la primera y más problemática consiste en enviarle a su casa a los propios habitantes del pueblo a tratar de convencerlo más con argumentos que con dinero. Efisio los atiende y escucha, pero nadie logra convencerlo. Y eso empieza a transformarlo a él y a su familia en enemigos de un pueblo que quiere progresar como sea, sin medir consecuencias.

El curioso centro de la película pasará por ahí. El guión juega con la idea de una larga fila de gente que nunca termina y con Efisio sentado en la entrada de su casa, preparando tomates secos y escuchando a los vecinos año tras año. Ni él ni los personajes que lo rodean —salvo los niños que se vuelven adolescentes— cambian mucho de aspecto, pero el mundo sigue avanzando y Efisio continúa en la suya. Aparecen los euros, se juegan cifras millonarias, empiezan a construirle alrededor y a cercarlo, pero es bastante evidente ya desde la propuesta inicial que no habrá manera. Sinceramente, con solo verle la cara y el gesto apenas llegó la constructora al lugar, queda claro que lo mejor era cambiar de locación o abandonar el proyecto.

Ya desde el título, La vida es así se presenta como una comedia dramática clásica, tradicional, de pura cepa nostálgica italiana. Su trama —que hace recordar a la película de Juan José Campanella, Luna de Avellaneda— está virada más al retrato sensible y humanista que hacia el drama o el thriller, un recurso que bien podría haber sido utilizado para contar una historia que, en definitiva, trata sobre la disputa de la tierra entre grandes empresarios y pobres campesinos. Los recursos del film son los tradicionales de este tipo de relatos: música folclórica (con instrumentos modernos, pero folclórica al fin), caracterizaciones ampulosas y estereotipos por doquier.

Milani no busca hacer un film político clásico ni enfrentar de modo brutal a ricos y pobres, norteños y sureños, algo que se nota en la pintura del empresario milanés —que no es tan cruel como parece— y del propio Mariano, que de a poco comienza a sensibilizarse por la causa de Efisio y, también, por su hija. Si bien la trama es similar, La vida es así no se parece a films como Aquarius, aquel drama inmobiliario de Kleber Mendonça Filho protagonizado por Sonia Braga, sino que es más bien un nostálgico canto a la tierra y a sus tradiciones, una que se apoya más en los modos del cuento clásico que en cualquier tipo de relectura neorrealista o política.

Un éxito comercial tras su estreno italiano —recaudó más de 6 millones de euros allí—, La vida es así es todo lo que uno imagina que verá en un film titulado de ese modo. Los mejores momentos son llevados adelante por el veterano Giuseppe Loi —un pastor real de la zona sin experiencia actoral previa—, cuyo Efisio le da una verdad a la película que se pierde cuando aparece el resto del elenco y el tono se vuelve excesivamente blando y convencional. Se trata de un relato a lo Frank Capra, esas comedias humanistas populares del Hollywood de los años 1930 y 1940, pero uno que raramente logra salir de un esquema probado y algo gastado. Y sus dos horas de duración, especialmente con el repetitivo esquema narrativo que propone, son excesivas.

Hay, sí, un ángulo interesante que el film habilita pero no explora del todo. Y no tiene que ver con la pelea entre Efisio y los empresarios sino con la división interna que se produce en el pueblo. Muchos de los argumentos esgrimidos por los vecinos de Efisio son atendibles y surgen de un modo honesto. Son personas con problemas económicos y que necesitan del trabajo que puede darle la construcción del resort y la consecuente llegada de turistas con la inyección económica que eso supone. Y no siempre es fácil oponerse a eso sin ofrecer algún tipo de solución. Pero Milani no se mete a fondo en esa discusión —para eso les recomiendo ver el film de Ryusuke Hamaguchi, El mal no existe—, sino que la presenta como un asuntillo más a resolver en medio de una amable comedia costumbrista.