
Series: crítica de ‘Bajo la superficie’ (‘Below’), de Jesse McKeown (Netflix)
Cuarenta años después de una tragedia familiar en 1986, accidentes extraños y hielo tóxico sugieren que una criatura cecha un remoto pueblo de Terranova, donde el viudo Calvin Penney (Josh Hartnett) y una científica (Mackenzie Davis) investigan. En Netflix.
Si uno pudiera combinar parte de la trama de Tiburón con la atmósfera y el tono de Widow’s Bay se toparía con algo similar a Bajo la superficie. Dicho así uno creería que se trata de una de las mejores series de la historia, pero no es para tanto. Es, sí, una verdadera sorpresa dentro de la programación en plan «Octubre de Terror» de Netflix, un producto original (o más o menos original) que sale a competir más que nada con remakes y adaptaciones. La serie creada por Jesse McKeown es un muy peculiar pero a la vez accesible relato de suspenso con apuntes cómicos y terroríficos centrados en lo que le sucede a una remota comunidad de la región isleña canadiense de Terranova y Labrador cuando se topan con lo que parece ser una gigantesca criatura cercando sus playas.
Pero Below es más que una serie de criaturas salvajes y el autor —guionista de The Umbrella Academy— lo sabe, aprovechando al máximo el tiempo que le da el formato serial (con seis episodios de 35-40 minutos es por suerte bastante breve) para ir conociendo a los personajes, el mundo en el que viven y, de a poco, ir metiendo al espectador en los crecientes problemas que su familia protagonista y el pueblo empiezan a sufrir. Todo comienza en 1986 cuando una familia traslada, literalmente, una casa entera con un bote, parte de un proceso estatal de relocalización de los habitantes de un pueblo perdido. El viaje termina en tragedia cuando la casa se traba misteriosamente en el agua, un hombre quiere arreglar el problema y es poco menos que tragado, junto a la casa, por alguna fuerza subterránea. El resto de la familia consigue desenganchar el bote y llegar a buen puerto.

Tras esa gran e intensa escena la acción se traslada al presente, 40 años después. El niño que sobrevivió a aquel hecho, Calvin Penney (Josh Hartnett), hoy ronda los 50, es viudo, tiene tres hijos y trabaja recogiendo enormes pedazos de hielo que se usan en las destilerías locales. Una serie de accidentes y sucesos extraños predicen que se viene una temporada complicada: un barco pesquero portugués se hunde, dos turistas mueren y un enorme pedazo de iceberg aparece, de la nada, enfrente del pueblo, pero el hielo que lo constituye parece ser tóxico. Y todo esto sucede —un clásico de este tipo de tramas— cuando los habitantes se reúnen para unas festividades locales y para decidir si aceptan o no ser relocalizados, algunos de ellos por segunda vez.
Toda esta serie de calamidades alteran a Calvin y llaman la atención a la Dra. Fonda (Mackenzie Davis), una científica que empieza a investigar si es cierto que hay una criatura en el agua y cuán grande y peligrosa puede ser. El universo familiar de Calvin se completa con su severa hermana Ruth (Willow Kean), la responsable del puerto; Wade (Charlie Heaton, otra vez enfrentando criaturas luego de Stranger Things), su intenso y un tanto descontrolado hijo mayor; y sus dos hijos menores que ya no viven con él, Mary y Jay (encarnados por Ruby Stokes y Rohan Campbell), que lidian con sus propios problemas, románticos y económicos, respectivamente. A ellos hay que sumar a Natasha Henstridge, quien se ocupa de relocalizar al pueblo, y otros personajes que luego se sumarán a la pesquisa.
La serie incorpora quizás demasiadas subtramas que se agregan al descubrimiento del «gigantesco calamar» que, suponen (ya que nadie lo ha visto bien), amenaza a la comunidad. Por un lado, el hielo contaminado en cuestión pone en peligro las vidas de los habitantes del pueblo. Y, por otro, las tensiones ligadas al tema de la relocalización del pueblo crecen. Y cuando uno crea que tiene todo más o menos atado en cuanto a su trama, Bajo la superficie dará un nuevo vuelco para mostrar que hay otros asuntos que tener en cuenta, y que todas esas cosas se conectan de un modo que, al menos hasta el quinto episodio, es inesperado y sorpresivo.

Por una vez el giro narrativo funciona, ya que ubica a la serie más cerca de algo real. Sin escaparle a su costado fantástico y de horror, McKeown planta a sus personajes en una locación reconocible, con sus peculiares acentos y sus viejas costumbres; crea un drama social fuerte ligado a los intentos por desalojarlos (previo pago de una buena cantidad de dinero) de su lugar, y le agrega como inquietante trasfondo el cambio climático que ha generado, entre otras cosas, que muchas especies circulen en zonas desconocidas e inesperadas. La aparición de icebergs enormes en lugares donde no deberían estar es, en el fondo, una clara muestra del verdadero terror que hay por detrás de los monstruos y las criaturas. Una naturaleza que, por culpa de los humanos, ya no se comporta como antes.
Below funciona porque, más allá de algún exceso de caracterización (Heaton le tomó demasiado gusto a su nuevo acento), su elenco funciona como un creíble grupo humano, porque su locación rugosa de la costa canadiense es un escenario poco visto (tiene algo de pueblo irlandés y no solo por la forma de hablar) y porque su trama spielbeguiana está bien dosificada, jugando entre la ciencia, la mitología y el drama humano. Por momentos la mecánica entre algunos personajes parece sacada directamente de Tiburón, mientras que en otros la serie apunta a la lógica científico-empresaria de Jurassic Park. Son buenos espejos en los que McKeown decidió mirarse. Las enseñanzas del maestro Spielberg siempre conducen a un buen lugar. Intenso, dramático, fantástico, pero siempre apoyado en un mundo que conocemos y en las personas que viven en él.



