Series: reseña de ‘La diplomática – Temporada 4’ (‘The Diplomat’), de Debora Cahn (Netflix)

Series: reseña de ‘La diplomática – Temporada 4’ (‘The Diplomat’), de Debora Cahn (Netflix)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
15 Oct, 2026 06:30 | Sin comentarios

En la cuarta temporada de la serie de Debora Cahn, un ataque en Windsor desata una crisis a ambos lados del Atlántico, crisis que Kate Wyler (Keri Russell), Hal (Rufus Sewell) y la presidenta Penn (Allison Janney) intentan contener. Disponible en Netflix.

En el inicio del cuarto episodio de la cuarta temporada de The Diplomat, una escena que habíamos visto al final del episodio anterior se vuelve a mostrar desde otro punto de vista, el opuesto. Y a partir de lo que se muestra allí nos daremos cuenta que las cosas no eran tal como las vimos. Y que esa confusión terminaría desatando un caos político a ambos lados del Océano Atlántico. Bienvenidos a la nueva temporada de La diplomática, una serie que nos deja en claro que buena parte del mundo occidental —o quizás de todo el mundo— sobrevive de milagro.

Sí, los protagonistas de la serie creada por Debora Cahn parecen estar muy preparados para sus cargos de presidente, primer ministro, embajador y hasta como «primer marido» y «segunda dama» (más que varios de la vida real, seguro), pero tienden a cometer errores que cuestan carísimo. Se pierden guerras, mueren personas, se gasta muchísimo dinero y así. Todos quieren calcular qué está pensando el otro y raramente aciertan. Ni siquiera cuando ese otro es su propia pareja, o su amante, o los dos a la vez.

La acción de la temporada sigue los eventos de la anterior y transcurre, inicialmente, en una parada forzada en el Palacio de Windsor cuando la comitiva estadounidense de paso por ese país (da la sensación, viendo la serie, que la presidente de los Estados Unidos está demasiado pendiente de lo que pasa en Gran Bretaña si es que no está literalmente ahí) tiene que detenerse por una manifestación que impide su marcha al aeropuerto (Nota: convengamos que como excusa narrativa es rara). Lo cierto es que la parada sirve para que la serie se encuentre con su modelo de intrigas palaciegas, que es lo que mejor le sale. De hecho, cuando La diplomática no funciona en un tiempo y un espacio únicos, nadie tiene muy claro quién está en qué lugar y cómo hizo para «cruzar el charco» tan rápidamente.

Es una serie de interiores (los exteriores suelen ser el jardín de un palacio, la entrada de Downing St. 10 o un parque cerca de la Casa Blanca) que transcurre en un universo donde lo real funciona como un espacio de pensamiento pero jamás como algo físico. ¿Hay gente en el mundo por fuera de los políticos, ministros, asesores y personal de servicio de palacios, residencias y oficinas? ¿O todo esto transcurre en otro planeta? Por momentos La diplomática da la sensación de existir en un espacio cerrado, casi una pieza teatral sobre intrigas políticas en la que el resto del mundo está detrás de las cortinas.

Kate Wyler (Keri Russell, impecable como siempre) es ahora, además de embajadora en Gran Bretaña, la esposa del vicepresidente, Hal Wyler (Rufus Sewell), un cargo que en realidad quería para ella. Y la relación entre ambos empieza siendo más tirante que nunca, ya que —aunque se quieren— no suelen estar de acuerdo en casi nada. Kate siente que la dupla que Hal hace con la presidenta Grace Penn (Allison Janney) puede fácilmente descontrolarse —entre ambos decidieron, sin avisarle a los británicos, robar un arma nuclear de un submarino ruso— y poner en riesgo la estabilidad occidental. Y algo de razón tiene, aunque no siempre pueda evitar meterse ella también en el barro.

Cuando la tensión entre el trío parece a punto de estallar, un atentado ahí mismo en los jardines de Windsor sacude el panorama. Y hace repensar cómo actuar ante lo sucedido. Si bien la víctima sigue viva, los cálculos alrededor de qué pasará si muere van mostrando las ambiciones de unos y otros. Y cuando un asunto parece estar por calmarse, del otro lado del océano empiezan los problemas: muertes, desórdenes psicológicos, palabras dichas en el peor momento y secretos revelados. El caos crece y nuestra pareja protagónica —a veces de acuerdo entre sí y otras, no— trata de ver cómo cae en medio de todo.

El resumen anterior es muy vago, lo sé, pero prefiero evitar spoilers. La diplomática funciona a partir de golpes de timón cada dos o tres episodios y es mejor no adelantarlos. En esta oportunidad, convengamos, varios de ellos se sienten un poco forzados o innecesarios, como si sus guionistas necesitaran de grandes eventos para atrapar a un espectador que puede perderse en las minucias cotidianas de las vidas de los políticos. Pero eso, en realidad, es lo mejor que la serie tiene, la posibilidad de transformar a la alta política en una comedia romántica en la cual un affaire amoroso —o la sospecha de uno— puede cambiar la historia del mundo.

La cuarta es una temporada más endeble que las anteriores pero igualmente atractiva, con un elenco que se siente muy cómodo en sus roles y que sabe muy bien cómo jugar el juego de los engaños dobles o triples. Sewell y Janney acompañan muy bien a la MVP Russell, pero no hay que dejar de lado al gran Bradley Whitford en el rol del «primer marido» de Grace, el incómodo esposo de la presidenta, al que no le gusta nada el hecho de tener que ocuparse elegir colores de pintura para las paredes de la Casa Blanca o el mejor decorado para un ambiente.

Por fuera de eso, la subtrama romántica que sigue enredando a Stuart y Eidra (Ato Essandoh y Ali Ahn) empieza a volverse reiterativa, y suele recaer en Rory Kinnear, en el rol del Primer Ministro Trowbridge sacar conejos de la galera cuando las cosas parecen calmarse. Y algo así hace en el cuarto capítulo. Después de verlo allí, ya nadie volverá a tomarse muy en serio a los políticos británicos. A decir verdad, hace tiempo que nadie lo hace…