Series: reseña de ‘Nadie quiere esto – Temporada 3’ (‘Nobody Wants This’), de Erin Foster (Netflix)

Series: reseña de ‘Nadie quiere esto – Temporada 3’ (‘Nobody Wants This’), de Erin Foster (Netflix)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
22 Oct, 2026 05:24 | Sin comentarios

Kristen Bell y Adam Brody regresan en la temporada 3 de la comedia de Netflix en la que el rabino y su novia no judía intentan construir una vida juntos pese a las diferencias familiares y de costumbres.

Cuando una serie o película toca un area o tema que uno conoce más o menos bien, la cosa se vuelve complicada. Básicamente porque uno huele los clichés a la distancia, los lugares comunes, las cosas que existen más en la mitología que en la realidad. Supongo que les pasará a los médicos de guardia, a los abogados o a muchos otros profesionales al ver cómo sus trabajos son mostrados de una manera irreal en la pantalla. A los periodistas nos pasa seguido cuando vemos cómo el cine muestra las vidas de los que ejercemos esa profesión. Y a los que somos judíos, nos pasa también con series como Nobody Wants This que funcionan en base a ideas ñoñas o excesivamente tradicionales sobre el tema.

Es claro que hay tantos posibles judaísmos en el mundo como personas que profesan la religión y seguramente habrá muchos que puedan sentirse identificados con lo que se cuenta y muestra en esta comedia. Lo cierto es que, más allá de la exageración por efecto que corresponde al género, la sensación que tengo cada vez que retomo la serie es que sigue apegada a fórmulas y comportamientos que parecen atrasar 40 o más años. Si bien intenta mostrarse como una serie moderna en cuanto a modos de vida, hábitos y costumbres de sus personajes, Nadie quiere esto presenta a las familias judías de su trama como si todavía vivieran en 1986.

De todos modos, el principal problema de esta serie no es ese. Uno sabe a esta altura lo que le espera al respecto. Y, en ese sentido, la tercera temporada continúa con los mismos procedimientos y oposiciones, aumentados ahora por el hecho de que Noah (Adam Brody) y Joanne (Kristen Bell) se han mudado juntos y actúan en su vida en común tal como uno imagina que lo harán: él todo ordenado, prolijo y anal; ella, el caos personificado y la dispersión. A partir de ese mecanismo, se presentan las diversas situaciones: la aparición de un ex de ella que ahora es su vecino, los intentos de Noah de retomar su trabajo de rabino en su antigua congregación y, sobre todo, los esfuerzos (relativos) de Joanne de convertirse al judaísmo, con todos los problemas que eso le depara.

No, mi problema con la serie es que la mayoría de los personajes me parecen un tanto insoportables: mezquinos, celosos, triviales, hasta innecesariamente crueles. Cuesta pensar que la creadora de la serie le tenga cariño a su alter ego Joanne, ya que la presenta como una persona egoísta y que solo piensa en su propio beneficio, al punto de molestarse hasta por los logros de las personas más cercanas a ella. Con su hermana Morgan (Justine Lupe) pasa algo parecido, pero sus apariciones son más breves por lo que no termina por agotarnos. Y ni hablar de los cuatro padres de «la parejita», cuyas actitudes acumulan más lugares comunes que una docena de sitcoms de los años ’70 o una obra de teatro en idish de los años ’60.

La serie se sostiene mejor por el lado de Noah y su hermano Sasha (Timothy Simons), pero tan solo un poco. Todo lo relacionado al podcast de las hermanas es poco menos que insufrible y los problemas que tiene Joanne con sus compañeros del «curso de conversión» (la presencia allí de Sarah Silverman y Andrew Rannells no cambia las cosas), también. Hay un poco más de tensión y química en lo que pasa entre Sasha, su ex Esther (Jackie Tohn) y Morgan, pero la serie les da poco tiempo para su desarrollo. Por fuera de eso, entre la comicidad old fashioned de la trama «Me fui a vivir con un rabino y su madre es insoportable» y el desesperante egocentrismo de la mayoría de los personajes, me sigue costando conectar con la serie y hasta entender su éxito. Quizás debería tomar distancia para verla mejor. O quizás no hacerme más tzures y abandonarla…