Fuera de Campo 2026: crítica de ‘El agua nunca dolió’, de Ana Clara Bustelo

Fuera de Campo 2026: crítica de ‘El agua nunca dolió’, de Ana Clara Bustelo

por - cine, Críticas, Festivales
08 Nov, 2026 07:33 | Sin comentarios

Una niña de nueve años se quiebra la cadera en un accidente a caballo, en la Argentina post 2001. Tras ser intervenida quirúrgicamente, debe enfrentarse a la pérdida de su independencia y libertad, adaptándose a la silla de ruedas.

De inspiración marteliana, la opera prima de la sanjuanina Ana Clara Bustelo se centra en las vivencias que atraviesa una chica de nueve años tras sufrir un grave accidente andando a caballo. Juana (Máxima Moral Fernández) es una chica con una vida normal para una niña de su edad hasta que el accidente, que abre la película, altera el curso de sus días. No solo porque tienen que someterla a algunas operaciones sino porque pasa un largo tiempo en cama y luego se le hace difícil poder volver a caminar. Entre los temores, la bronca, los celos y la culpa va pasando la dificultosa recuperación de la niña.

El clima no es el mejor tampoco. Corre el año 2001 y la crisis económica ya ha impactado en el país. De hecho, su padre teme por su estabilidad laboral, algo que se suma a la culpa y la angustia que siente por el accidente y la complicada recuperación de su hija. Es que a Juana le cuesta ser paciente y manejar los tiempos que implica poder volver a caminar. Por momentos se excede, se encapricha y sufre. En otros, le reza a la Difunta Correa para que las cosas vuelvan a ser como antes.

El agua nunca dolió se inserta en esas experiencias familiares, que incluyen a Juana pero también a su hermana mayor —que está por festejar su cumpleaños de 15 y le frustra en cierto modo que su hermana sea el centro de atención de todo—, a sus padres, sus tíos y sus compañeros de colegio y otros. Lo que la realizadora va construyendo es un relato de la difícil evolución pero más que nada le preocupa transmitir las sensaciones y la angustia de la protagonista y los que la rodean.

Y eso lo logra más que nada a partir de decisiones de puesta en escena, ocupándose de los detalles precisos de su recuperación y de los movimientos pausados de Juana. Más preocupada por la observación que por la narración y por la atmósfera que rodea a esa casa —que van del entusiasmo a la preocupación en función de la evolución del caso— que por estructurar un relato más clásico, El agua nunca dolió es una película sobre la recuperación: de una niña, de una familia y de un país tras un «accidente» que lo paralizó todo.