
Series: reseña de ‘Palomas negras – Temporada 2’ (‘Black Doves’), de Joe Barton (Netflix)
Keira Knightley es la esposa del primer ministro británico y espía en secreto, y Ben Whishaw su amigo y colega, atrapados en una conspiración cuando desaparece su jefa y resurge el pasado de la organización.
Hay un concepto fascinante del análisis cinematográfico que se conoce, en inglés, como «suspension of disbelief». No tiene una mejor traducción —o no le encuentro— que la literal: la suspensión de la incredulidad. ¿A qué se refiere esto? A que uno, cuando entra en una propuesta cinematográfica, pone en suspenso todas aquellas evidencias que tornan poco creíbles las historias que ve. Se la puede pensar como la decisión voluntaria del espectador de ignorar la falta de lógica o de realidad en una historia para poder disfrutar de ella. O, si se quiere, el pacto invisible por el cual el público acepta pequeñas mentiras, casualidades exageradas o licencias dramáticas para que la trama avance o sea más emocionante. Si esa suspensión funciona y uno se cree lo que pasa, todo fluye. Si ese pacto se rompe, es difícil conectar con lo que uno ve.
Hay tantos pactos posibles como espectadores. Hay gente que no tiene problemas en creer lo que sea y disfrutar de sus películas y series por más que no tengan ninguna plausibilidad. Hay otros que apenas ven que una cosa no se corresponde con la realidad, ya se enojan y no pueden seguir viendo. Cada película o serie presenta o propone una lógica interna, una suerte de pacto, y espera que el espectador entre en él. En ese sentido, Black Doves es una serie curiosa, ya que desde el lado emocional atrapa de una manera creíble y humana, pero en todo lo demás es poco menos que imposible: casi nada de lo que pasa resulta lógico para cualquiera que lo vea. Sin embargo —y esto es lo más raro de todo—, la serie en su totalidad igualmente funciona.
Digamos que tener a la esposa del primer ministro británico como una agente secreto que trabaja para una organización misteriosa es de por sí raro. Pero podría funcionar si la serie lo torna creíble. Pero no es así. La primera dama en cuestión circula sin aparente vigilancia por la ciudad, tiene reuniones secretas, atraviesa situaciones tensas —peleas, persecuciones, balaceras, etcétera— de día o de noche, y nadie parece levantar un dedo o sospechar de que algo raro pase. Ya de por sí que una primera dama circule sin custodia es raro, pero que ande a los tiros y nadie se de por enterado supera el límite de lo creíble.

Y sin embargo, hay algo en la angustia que Helen (Keira Knightley) le impone a sus acciones y al sufrimiento con el que vive las suyas su amigo y ¿colega? Sam (Ben Whishaw) que hace que uno deje de lado el absurdo y se compenetre con sus historias. A ambos los suelen acompañar un raro grupo de agentes que funcionan más como apoyo cómico que otra cosa (encarnadas por Ambika Mod, Ella Lily Hyland y Gabrielle Creevy), personajes que parecen escapados de otra serie —una de Guy Ritchie, digamos—, pero que tampoco terminan por romper el pacto. La serie se sostiene pese a lo absurdo e inverosímil del 90 por ciento de las cosas que suceden. Y eso, amigos, es casi un milagro.
El conflicto de esta temporada parece imitar uno de la reciente Slow Horses, ya que involucra el asesinato de varios miembros de esta misteriosa asociación de espías conocida como «Palomas negras». Hay un hecho del pasado que quizás explique todo y algunas personas enigmáticas que parecen ocuparse de cumplir esa misión. Y Helen y Sam las sienten directamente. Por un lado está la inicial desaparición de la jefa de Helen, la Sra. Reed (Sarah Lancashire) y, por otro, el forzoso compromiso de Sam de tener que matar gente para librarse de una condena por asesinato. Ambas puntas están ligadas al pasado de los Black Doves, pero las dos también repercuten en el presente.
A su vez la serie se ocupa —en este aspecto es más sólida y menos inverosímil— de las reacciones emocionales de sus protagonistas, ambos con asuntos de pareja que resolver, metidos en problemas mucho más complicados que los usuales y con una sólida relación de amistad que parece a prueba de todo. Una cosa es tener la misión de espiar a un agente ruso o hasta matar a algún misterioso operador extranjero, otra es cuando a uno u a otro lo fuerzan a tener que lidiar con personas cercanas, que conocen bien y hasta quieren. Ahí la cosa se complica mucho más.

Es a partir de la credibilidad dramática que Knightley y Whishaw le dan a sus respectivos personajes que el resto del andamiaje un tanto disparatado y medio «James Bond» de la serie se sostiene. La humanidad de sus protagonistas es el pilar sobre el que los guionistas de Black Doves pueden hacer prácticamente lo que le venga en gana y no caer (o no del todo) en el ridículo. De no apoyarse en ellos, la serie bailaría sobre la nada misma.
La trama es enredada pero casi siempre clara y logra ser explicada sin largas parrafadas ni nada parecido. Cualquiera que haya visto películas y/o series de espías ha visto versiones parecidas de este tipo de tramas en las que los agentes tienen misiones que cumplir pero en realidad dudan más de sus jefes que de otra cosa. Y eso es lo que lleva a que, cuando la organización Black Doves se vuelve más oscura de lo que antes era, los personajes no sepan donde están parados. Y no lo sabrán hasta el final.
La trama y las situaciones específicas en las que los personajes pasan a la acción están, como dije antes, en el límite entre la plausibilidad y el más absoluto ridículo, pero mientras la dupla de actores protagonistas sigan creyéndose a sus personajes y a lo que les pasa, el espectador seguirá disfrutando de la serie. Eso sí, se quedará pensando que los ingleses tienen los servicios de inteligencia menos profesionales del mundo. En épocas de la Guerra Fría y de John Le Carré estas cosas no pasaban…



