LOS DESCENDIENTES: la celebración de la contradicción

LOS DESCENDIENTES: la celebración de la contradicción

por - Críticas
04 Feb, 2012 10:33 | comentarios

Había visto LOS DESCENDIENTES en el Festival de Londres y la volví a ver en Buenos Aires, el martes, en el Cineclub Núcleo. Para quienes no conocen esa institución del cineclubismo argentino, hace ya 59 años que existe y una de sus actividades más populares es la exhibición de preestrenos. «El Núcleo», como se lo […]

Había visto LOS DESCENDIENTES en el Festival de Londres y la volví a ver en Buenos Aires, el martes, en el Cineclub Núcleo. Para quienes no conocen esa institución del cineclubismo argentino, hace ya 59 años que existe y una de sus actividades más populares es la exhibición de preestrenos. «El Núcleo», como se lo conoce, tiene una relevancia mayor en otros aspectos: es un testeo sobre cómo funcionan, o no, determinadas películas para un público bastante específico. Es que si bien Núcleo es una institución abierta a todo el mundo, se la relaciona con algún tipo de espectador de clase media, de 50 años para arriba, que tiende a preferir un cine autoral con visos comerciales, o comercial con toques autorales, donde funciona usualmente bien el «cine de qualité» y no las películas muy arriesgadas estéticamente. De alguna manera, «el Núcleo» conformaría el gusto «promedio» del público que ha transformado en gran éxito, por ejemplo, a MEDIANOCHE EN PARIS, de Woody Allen. Si hay una película (un autor) y un público que se llevan bien son esos dos.

Aclaro que la función en Londres en la que vi la película de Alexander Payne era abierta, no de prensa. Y esa doble experiencia para mí es rara, ya que usualmente veo películas con críticos en funciones de prensa, o en festivales, o solo en DVD. Y, si veo una película dos veces, raramente se da en dos situaciones «públicas» como fue en este caso.

La experiencia de ver LOS DESCENDIENTES en Londres y aquí fue shockeante por lo diferente. En principio, en Gran Bretaña la gente se reía mucho más, las partes «cómicas» quedaban a la par de las dramáticas y eso generaba un efecto «bola de nieve» que se iba trasladando hacia adelante en el filme. Aquí la gente se reía poco. Calculo que hay dos explicaciones para ese fenómeno: los subtítulos, que no logran captar formas específicas del habla que hacen, por ejemplo, que las guarradas que dicen los chicos (la niña menor y el amigo de la mayor) suenen muy graciosas a las personas de habla inglesa. La traducción puede ser correcta, pero el impacto cómico de la niña diciendo «fuck this» or «twat» no es lo mismo leído ni sin tener una reacción instintiva a cómo suenan esos términos.



Hay algunos pequeños spoilers en lo que sigue…

No creo que sea sólo la gente «de Núcleo»: imagino que la misma reacción se dará en todos los cines. Supongo que otra clave es que al público local le puede costar más reírse en medio de una situación dramática como tener a una esposa en coma o una suegra con Alzheimer. Y si bien el filme nunca se burla de ellas, hay escenas cómicas construidas alrededor de ambas. A la gente con la que vi la película, salvo excepciones, no le causaron mucha gracia.

Si algo noté en esta doble experiencia cinematográfica con público, es hasta qué punto esa «tensión» o falta de ella se transmite físicamente al espectador, cuánto de lo que se vibra, o no, en una sala de cine afecta la experiencia. Puede jugar a favor o en contra (la risa generalizada cuando algo no te causa gracia usualmente te pone peor), pero raramente te ubica en dos situaciones tan distintas como me pasó con LOS DESCENDIENTES. A punto tal que tengo la sensación de haber visto dos películas diferentes.

La que vi en Londres, como ya escribí en un post anterior (ver aquí), era una comedia dramática, cuyo poder y magia estaba en la capacidad de mezclar humor con situaciones densas muchas veces en la misma escena, sin que eso se transformara en condescendencia o crueldad, o en algo, digamos, al estilo Todd Solondz en el cual nos reímos de las desgracias ajenas, incluyendo enfermedades y muertes. No, sentía que la combinación era ajustada y precisa, que la dosis de humor intentaba que la película no cayera en el sentimentalismo y lo lograba, y también conseguía lo opuesto (no caer en la «canchereada»). Con sus defectos y problemas, la combinación me parecía muy jugada y sentía que Alexander Payne lograba salir muy bien parado de ella.

Aquí la sentí diferente. Ni mejor ni peor. Entiendo que si el público se compromete emocionalmente más con la situación, los toques de comedia quedan medio descolgados y hasta resultan ganchos tirados hacia un destinatario inexistente. Y cosas que en la primera visión me habían parecido no del todo logradas (cierta cosa extendida, repetitiva, del ir y venir de Clooney con los chicos de aquí para allá), ahora me resultaron tal vez la parte más arriesgada y jugada de la película por parte de Payne, una suerte de efecto «colchón» que desactiva lo que sucede en la escena anterior para recomenzar todo en la siguiente, como en un continuo que no tiene un crescendo dramático tradicional. Una película sin destino, que gira en círculos, que no va para ningún lado concreto, que se contradice, se equivoca, se reitera, se corrige y se vuelve a equivocar. Exactamente como su personaje.

Si algo me fascinó de LOS DESCENDIENTES en esta segunda visión del filme, no fue tanto su danza de drama y comedia (aún sigo pensando que está bien, aunque la gente aquí no se ría), sino las contradicciones que la habitan, su ambiguedad. Si bien en esa zona entran también los giros tonales permanentes, lo que me resulta gratificante es la idea de que el tono del filme esté ensamblado con los ritmos y contradicciones del personaje y del lugar. Ahora, todos los planos «turísticos» del filme, que me habían parecido excesivos en la primera visión, me parecieron necesarios dentro de lo que la película está contando. La música hawaiana, que puede agotar un poco (agota, igual) está completamente en sincro con el ritmo cansino de los personajes y con una de las ideas que el filme maneja, que es la de la conexión entre los personajes a nivel familiar y en relación al lugar en el que habitan.

Pero, más que nada, el ir y venir del filme, el zig-zag narrativo y tonal, los «descansos» que el filme se toma y que le dan un ritmo casi vacacional (hay momentos, cuando todos caminan por la playa, que el tono «calmo» de estar de vacaciones en un lugar sin mucho para hacer se adueña de la situación) me parecieron congruentes con la ambigüedad de todos los personajes, en especial el de Clooney. El suyo es un personaje casi incapaz de tomar una decisión correcta, que va para un lado, luego se arrepiente y va para el otro, que pone sus fichas en una persecución (la del amante de su mujer) y luego advierte que no tiene sentido, que se conecta y desconecta, que ama a su mujer y está enojado con ella a la vez. Lo mismo sucede con la hija o con su suegro: no hay miserias humanas, hay confusión y desconcierto ante una situación que ninguno puede manejar del todo bien como es tener a una madre, esposa o hija al borde de la muerte.

Y la película avanza y retrocede en función de ese desconcierto, como si Payne tampoco pudiera decidirse del todo respecto a qué hacer en esta situación. LOS DESCENDIENTES va y viene, como el personaje principal, del miedo al fastidio, de la comprensión al desprecio, tratando de «hacer algo» que lo saque del lugar pasivo y desesperante de esperar una casi segura muerte. Y lo que hace Clooney -lo que hace el filme- es ir y venir con él, iniciar búsquedas y arrepentirse, contradecirse («my joy, my pain», dice él en un momento del filme) y no terminar nunca por cerrar los nudos ni atar los moños.

Es una película en la que la tragedia no necesariamente enseña cosas. Como en todas las películas de Payne, los comportamientos de los personajes los revelan como egoístas y metidos en sus propios mundos. Y aquí, como en las otras, los mínimos aprendizajes del final no generan un cambio radical en sus vidas. Más bien ponen al espectador a enfrentarse a sus propias contradicciones en la relación con sus hijos, sus padres, sus parejas, el lugar en el que viven. Y si a muchos la película no le termina de cerrar, tal vez tenga que ver con eso. Es un viaje a ninguna parte, una vuelta grande narrativa para regresar a estar sentados en un sillón, mirando la televisión…