Cannes 2018: crítica de “Burning”, de Lee Chang-dong (Competencia)

Cannes 2018: crítica de “Burning”, de Lee Chang-dong (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
17 May, 2018 07:42 | Sin comentarios

En su nueva película, el realizador coreano de “Secret Sunshine” adapta un cuento del escritor japonés Haruki Murakami centrado en la relación entre un joven solitario, una chica aventurera y un hombre extraño que ella conoce en un viaje a Africa y con el que se arma un triángulo amoroso con elementos de misterio y suspenso.

Adaptación de un cuento de Haruki Murakami, BURNING, la nueva película del director coreano de PEPPERMINT CANDY y POETRY, entre otras, se centra en un hombre joven de la clase trabajadora que atraviesa una serie de desafíos personales y problemas en su deseo de ganarse la vida como escritor. Lee Jongsu es el nombre del protagonista, que se reencuentra con una conocida de la infancia llamada Haemi a la que no sólo no recuerda sino tampoco reconoce ya que se ha hecho una cirugía estética en la cara. Esta será la primera de varias “extrañezas” de esta película que Lee jamás dice cómo tomarlas pero que el espectador notará como un tanto corridas de lugar.

Jongsu y Haemi empiezan un romance que para ella tiene un componente extra: se está por ir de viaje por un tiempo a Africa y necesita a alguien que le cuide el gato. Ella es una chica llamativamente abierta y frontal para los cánones de la sociedad coreana y él no sabe bien cómo pararse ante su actitud independiente y misteriosa. Pero de golpe se va y nos quedamos con él, quien se vuelve al pueblo natal de ambos a hacerse cargo de la casa familiar ahora que su padre ha sido detenido por agresiones en la vía pública. Allí ocupa su tiempo trabajando, solo, y yendo a la ciudad a darle la comida a un gato que jamás aparece. Hasta que vuelve Haemi, pero acompañada por un hombre que conoció allí, Ben, que pertenece a otra clase social (es de la alta burguesía) y que va distanciando a la chica de su vida. Pero recién ahí la cosa se empieza a volver verdaderamente extraña.

Lee Chang-dong filma la historia de este joven frustrado y un tanto apático, que nunca parece poder reaccionar a las microagresiones que recibe constantemente, de una manera tan realista que tendemos a tomar lo que le pasa como verdadero. Pero sin señalarlo directamente, nos va dejando entrever que posiblemente haya varias cosas que no puedan tomarse tan de esa manera. ¿Tendrá que ver con el consumo de drogas de los personajes? ¿Con la soledad y lo que eso les produce? ¿Con el sexo? ¿La literatura? El protagonista vive sus circunstancias con la misma extrañeza que los espectadores. Ben cuenta que quema invernaderos, pero Lee trata de encontrarlos y no los ve. Haemi –una aficionada al mimo– dice haberse caído en un aljibe, pero Lee no encuentra ninguno. La madre de Lee aparece de golpe tras 16 años de ausencia y se dedica a mirar su teléfono en lugar de hablar con su hijo. Y así…

El realizador logra combinar ese realista drama sobre un triángulo amoroso y conflictos de clase con toda esa otra línea paralela que corre en BURNING y que es puro cine: desde el suspenso y el misterio hacia donde lleva el relato (con ecos de VERTIGO) hacia esas largas escenas silenciosas y contemplativas que le dan un timing curioso a esos 150 minutos de película. La maestría con la que Lee se mueve entre ambos mundos sin prisa y con un manejo muy particular de los tiempos y tonos es impresionante. Es el tipo de película que nos permite ver cuando un cineasta tiene total control sobre sus materiales, ya que los deja correr con la seguridad de que tarde o temprano al espectador le irán cayendo las fichas. Y con el curso de las horas la película no hace más que crecer y crecer en nuestra memoria.