Cannes 2018: crítica de “Long Day’s Journey into Night”, de Bi Gan (Un Certain Regard)

Cannes 2018: crítica de “Long Day’s Journey into Night”, de Bi Gan (Un Certain Regard)

por - cine, Críticas, Festivales
24 May, 2018 02:10 | Sin comentarios

Técnicamente impactante y visualmente asombrosa, la segunda película del director de “Kaili Blues” cuenta una compleja historia de amor en la que se mezclan realidad y sueño, pasado y presente en una atmosfera que recuerda al cine de Wong Kar-wai. La segunda mitad del filme es en 3D y consiste en un solo y elaboradísimo plano secuencia que será admirado y estudiado por mucho tiempo.

Dos cosas importantes a tener en cuenta a la hora de sentarse a ver la nueva película del director de KAILI BLUES. Una de ellas te la aclaran apenas comienza el filme: recibirás lentes de 3D pero no debes usarlo hasta el momento apropiado. Dos: la composición y los detalles visuales de la película son tan atrapantes que es muy probable que te enredes en una trama que aparece como sumamente complicada de desentrañar. Mi consejo: no lo intentes. Conviene partir de la siguiente base: es la historia de un hombre que regresa a su pueblo natal en busca de un amor del pasado. En el medio hay sueños, apariciones, encuentros y desencuentros, referencias a familiares muertos, viejos gangsters y deudas del pasado, pero dedicarse a escudriñar los subtítulos es perderse el filme. Lo mejor que se puede hacer con LONG DAY’S JOURNEY INTO NIGHT es verla dos o más veces. La primera, para absorberla visualmente. Y las siguientes para profundizar en su compleja estructura narrativa.

De entrada la película nos retrotrae al universo de Wong Kar-wai de películas como DAYS OF BEING WILD o IN THE MOOD FOR LOVE: los colores (verdes, rojos, amarillos) fuertemente contrastados, el aire melancólico, los personajes bellos y la humedad que se siente en la transpiración de todos ellos. Los planos largos y sinuosos, que van descubriendo zonas y espacios en su perpetuo pero acompasado movimiento. El protagonista es Luo Hongwu (Huang Jue), quien regresa a Kaili, en la provincia china de Guizhou, mismo lugar donde transcurría la opera prima del director. Su intención es encontrar a Wan Qiwen (Tang Wei) una amante a la que jamás olvido y cuyo romance puede haber sido real o no, haber terminado mal o no, incluyendo en el medio historias familiares y gangsteriles del pasado, con crímenes de por medio. No es claro, en las idas y vueltas de la trama, que es real y que es ficción, aún para el propio protagonista.

La película está tan claramente dividida en dos partes que el título aparece recién en la mitad. Allí la película gira sobre sí misma: cuando el protagonista se sienta en una sala de cine y se pone los lentes 3D entendemos que es el momento para que hagamos lo mismo. Y lo que pasa de allí en adelante es mágico, acaso nunca visto en la historia del cine. Es casi una hora de un plano secuencia en 3D que recorre distintos espacios de un barrio de Kaili en el que Luo y alguien que podría o no ser Wan, en lo que parece ser un sueño, conversan, juegan al ping pong, se quedan encerrados, caminan, suben y bajan escaleras, parecen flotar sobre los ambientes y la cámara viaja en algún tipo de drone o grúa que luego retoma la acción sin aparentes cortes (hay dos, muy sutiles, me dijeron fuentes bien informadas).

La escena de una hora haría babear a Brian de Palma, Andrei Tarkovski, Bela Tarr o a otros cultores de ese formato ya que incluye cantantes en vivo, animales en movimiento y situaciones imposibles de todo tipo, incluyendo embocar una bola en un juego de pool. Pero no se trata simplemente de un dispositivo formal para aplaudir por su audacia, sino que crea un clima propicio para esa ensoñación que es el encuentro entre los dos personajes, con composiciones de cuadro de una belleza impactante y hasta una evolución dramática evidente en el transcurso de esa especie de laberinto 3D en el que se meten los personajes. Es como si Bi Gan hubiera decidido llevar a extremos el modelo circulación en Steadycam de Stanley Kubrick en EL RESPLANDOR pero en un escenario mucho más rico en detalles y en su mezcla de tradiciones milenarias con música popular de cantantes de karaoke de pueblo.

La larga secuencia a la vez conserva la melancolía más apaciguada de la primer parte y cierra, de un modo quizás confuso narrativamente pero tan sobrecogedor que uno puede pasar por alto ese tipo de confusión, la historia. El director dice haberse inspirado en el cuento “Ultimos atardeceres sobre la Tierra“, de Roberto Bolaño aunque en realidad la trama tiene mayores similitudes con “Llamadas telefónicas” del mismo autor –que incluye un romance del pasado, viajes, desencuentros, el intento de revivir esa historia y un crimen– para construir esta historia de amores y desamores, de “cenizas del timpo”. Pero esas filiaciones y líneas narrativas deberían dejarse para un segundo visionado si uno quiere disfrutar la tranquila magnificencia de este extraordinario filme, acaso el último recomendado por el recientemente fallecido Pierre Rissient para Cannes. En una carta suya fechada en abril e incluida en el pressbook de la película, el mítico cinéfilo e influencer de festivales escribía sobre LONG DAY’S JOURNEY INTO NIGHT: “Una poesía de verbos. No de adjetivos, de detalles. Una poesía medieval, sucia y dura, como la de Villon y Chassignet (…) Una poesía de sangre, de sangre que surge de la tierra y que corre frenéticamente en nuestras venas y se expande, inmensa”.