Cartagena 2016: «El viento sabe que vuelvo a casa» y «Paciente»

Cartagena 2016: «El viento sabe que vuelvo a casa» y «Paciente»

por - Críticas
13 Mar, 2016 06:30 | Sin comentarios

Dos de las más esperadas novedades del cine latinoamericano reciente se vieron en la competencia de documentales del Festival de Cartagena, que concluyó el pasado 7 de marzo. EL VIENTO SABE QUE VUELVO A CASA, del chileno José Luis Torres Leiva, fue elegida mejor película en esa competencia mientras que PACIENTE, del colombiano Jorge Caballero, […]

el viento posterDos de las más esperadas novedades del cine latinoamericano reciente se vieron en la competencia de documentales del Festival de Cartagena, que concluyó el pasado 7 de marzo. EL VIENTO SABE QUE VUELVO A CASA, del chileno José Luis Torres Leiva, fue elegida mejor película en esa competencia mientras que PACIENTE, del colombiano Jorge Caballero, se quedó con el premio a mejor director. Aquí vamos con las reseñas de estas dos películas, primera entrega de una serie de posts sobre el Festival de Cartagena en el que estuve dando un Taller de Crítica y Periodismo Cinematográfico. En posts previos del blog hay críticas de muchas de las otras películas que se vieron en el evento, como las de Apichatpong Weerasethakul, Michel Franco, Daniel Burman, Benjamín Naishtat, Luis Ospina, Hou Hsiao-hsien, Gabriel Mascaró, Chantal Akerman, José Luie Guerín, Brillante Mendoza y Alejandro Fernández Almedras, entre otras.

 

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EL VIENTO SABE QUE VUELVO A CASA, de José Luis Torres Leiva.


el vientoDifícil de clasificar es la nueva película del realizador chileno de VERANO. Mezcla de documental con toques de ficción, tiene como «protagonista» a otro documentalista –el célebre Ignacio «Nacho» Agüero- quien encarna a un realizador que está preparando el rodaje de una nueva película, haciendo castings, escuchando historias y buscando locaciones. Torres Leiva sigue a Agüero en un proceso que se parece mucho al de las películas del propio Agüero, ya que lo vemos a él entrevistando a gente con su habitual tono empático y amigable, escuchando amablemente sus historias e investigando en una de ellas, específicamentre. Pero, si bien puede parecer un documental sobre el proceso de trabajo de Agüero (Torres Leiva haciendo una suerte de «detrás de escena»), en realidad la situación es totalmente ficcional, aunque en la película nunca se lo dice y finalmente no es importante.

La película plantea de entrada que el Agüero de la ficción quiere filmar una historia de amor a lo Romeo y Julieta en unas alejadas islas del sur de Chile en las que, según una leyenda, una pareja que quería casarse pero no podía por las severas reglas del lugar (racismo, para ser más precisos) decidió fugarse y no volvieron a ser vistos. Agüero entrevista adolescentes como para protagonizar la película y ellos, además de mostrar sus más diversas habilidades (leen poemas, imitan a estrellas pop, bailan, etc) van contando cómo se vive en esa isla. Eso lleva a otras entrevistas realizadas en la isla en cuestión. Allí, si bien la historia que «escuchó» Agüero no es conocida por nadie, las condiciones están dadas para que pudiera suceder, ya que existe un histórico racismo contra las poblaciones indígenas y la prohibición de mezclarse es tácita, si bien ha mejorado con los años.

El_viento_sabe_que_vuelvo_a_casa-239848_655xTorres Leiva filma a Agüero entrevistando a pobladores y escuchando sus historias y las del lugar. Cada personaje, cada «historia», tiene su tiempo y su desarrollo, y van de lo entrañable (una mujer que tiene tantos hijos al punto que no recuerda sus nombres) hasta lo sobrenatural (muertos que revivieron y leyendas de ese tipo), pero siempre lo que prima es la empatía, el cariño y la amabilidad entre entrevistado y entrevistador, en un estilo que recuerda al del brasileño Eduardo Coutinho, aún cuando lo que sobrevuela a la vida en la isla es una historia de marginación y racismo. La conjunción de sensibilidades entre director y protagonista/director es justa y exacta, al punto que uno tiene la sensación de estar viendo una película de Agüero «versionada» por Torres Leiva. Ambos manejan un registro similar que implica abrir las puertas al mundo y dejar que sean quienes lo habitan (y el espacio en el que viven, la historia que los atraviesa) los que revelen sus verdades y no tratar de imponer las propias sobre las reales. Una lección que muchos cineastas deberían aprender.

 

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PACIENTE, de Jorge Caballero

paciente posterAcaso menos conocido que sus colegas, pero relevante en el cine colombiano por su acercamiento a la manera de Frederick Wiseman a las instituciones de ese país, el director de BAGATELA –sobre los procesos judiciales de delitos menores– se centra ahora en una mujer quien debe cuidar a su hija, que tiene cáncer terminal y está internada en un hospital público. La metáfora del título es clara: aquí la «paciente» es más la madre, Nubia, que la hija, ya que la palabra está utilizada más en función de los esfuerzos y sacrificios que ella debe hacer para atender a su hija, por un lado, y para lidiar con el interminable papeleo del tratamiento.

En una decisión inteligente, Caballero decide jamás mostrar a la otra «paciente» –la hija, Leidy– a quien escuchamos hablar muy poco y con voz temblorosa pero jamás vemos. Sabemos por las idas y vueltas de la madre por los pasillos del hospital, sus charlas con médicos, con otras «acompañantes», sus burocráticos recorridos en busca de medicamentos o ambulancias, que la situación de la chica es muy grave, si no terminal, y es justa, discreta y pudorosa la decisión de Caballero de no exponerla públicamente. Es que al final la película se centra en la madre y en los sacrificios que implica el cuidado permanente de un enfermo terminal.

pacienteComo en otras películas suyas, PACIENTE no es una condena simplista y fácil al sistema (en este caso de salud), sino que –reconociendo mucha de la gente valiosa y sacrificada que trabaja allí, desde enfermeros a médicos– no puede evitar mostrar la cantidad extra de esfuerzo y, sí, paciencia, que le demanda a esta mujer, quien encima tiene dificultades para caminar, resolver cada pequeño problema del tratamiento de su hija, los que se suman al sufrimiento por la situación dramática que le toca vivir. En cierto sentido –y como queda tal vez demasiado en claro en el permanente audio que se escucha de la televisión, en donde sólo parece hablarse de la competencia de Miss Colombia, una obsesión nacional–, los que parecemos preferir mirar para otro lado somos todos los demás. Sin acusar a los espectadores, lo que Caballero deja en claro es que la responsabilidad de mejorar ese sistema pasa por las personas que poseen el poder y tienen los recursos para hacerlo, ya que la realidad se parece mucho más a la de Leidy y su madre Nubia que a la de los concursos de belleza.