Cannes 2017: crítica de «Happy End», de Michael Haneke

Cannes 2017: crítica de «Happy End», de Michael Haneke

por - cine, Críticas, Festivales
22 May, 2017 09:13 | Sin comentarios

El director de «La cinta blanca» regresa al festival con otra nihilista y misantrópica mirada a la burguesía francesa, en este caso retratando a una familia de apariencia normal pero de hábitos un tanto siniestros. Un gran elenco encabezado por Jean-Louis Trintignant e Isabelle Huppert protagonizan esta película menor dentro de la filmografía del realizador austríaco.

Uno podría empezar –y casi terminar– una crítica sobre esta película haciendo referencia al cinismo implícito en su título. No es ningún spoiler, para cualquiera que haya visto en su vida un filme del realizador austríaco, que su cine no suele tener finales felices. Y HAPPY END tampoco lo tiene. Y si, en su visión del mundo, el final de esta película es «feliz» tampoco hay demasiado que agregar o explicar. Se autoexplica con verlo.

Si bien la película tiene algunas similitudes con AMOUR –al punto que puede considerársela una posible secuela–, el tono que aquel filme tenía, un tanto más compasivo y comprensivo con sus personajes, ha desaparecido para dar regreso al Haneke moralista y pontificador, ese hombre que desde algún tipo de pupitre al que él solo se sube nos da lecciones sobre el mundo y quienes lo habitamos. Su víctima, como siempre, es la burguesía acomodada, prolija por fuera y cruenta por dentro. Familias de apariencia perfecta que se destrozan unos a otros de las peores maneras posibles.

Si bien la idea de destruir la complacencia y a hipocresía de la burguesía es uno de los temas favoritos del cine –especialmente del cine de autor europeo–, Haneke lo hace con su clásico tono clínico y distante, sin implicarse en lo que pasa y con la precisión médica de un cirujano que pela las capas de alguna criatura salvaje para mostrar la podredumbre que lleva adentro. Y sí, hay un par de metáforas con animalitos torturados por si a uno no le queda claro lo que el hombre trata de decirnos.


HAPPY END es una película cuyo protagonista es una familia entera. Los Laurent tienen una constructora, viven en un palacete y se comportan con la rigidez de una familia del siglo XIX. El abuelo viudo Georges (Jean-Louis Trintignant) es frío y distante, está un poco gagá (o se hace) y de a poco nos damos cuenta que tanto desprecia a los suyos y al mundo entero –aunque no parece despreciarse a sí mismo, lo cual lo vuelve el «alter ego» de Haneke– que intentará suicidarse una y otra vez sin poder conseguirlo.

Su hija Anne (Isabelle Huppert) tiene que lidiar con su hijo problemático y rebelde y, principalmente, con un accidente en una obra de su empresa que los lleva a tener que «negociar» con una víctima. Y el doctor Thomas (Mathieu Kassowitz) tiene que acostumbrárse al hecho de que, como su ex esposa intentó suicidarse, su hija de 13 años, a la que casi no ve y que tiene cero relación con el resto de la familia, se va a vivir con él, quien ya está nuevamente casado y tiene un bebé. Ah, además de no saber cómo manejarse con su hija, Thomas tiene otros problemitas personales…

Lentamente la película va llevando al espectador a conocer los secretos familiares de los Laurent y de a poco vamos empezando a ver cuán oscuro y problemático es todo lo que los rodea. A los que hemos visto muchas de las películas de Haneke, casi nada nos sorprende. HAPPY END tiene cosas de CACHE y de LA CINTA BLANCA, además de la citada AMOUR, y juegos con los videos (en este caso via redes sociales) que también se conectan a anteriores filmes del austríaco, como BENNY’S VIDEO.

Las ideas del realizador sobre el mundo se han vuelto tan sistemáticas que, más allá que uno pueda apreciar la construcción de algunas escenas, la elegancia de la puesta en escena (planos largos en los que nada parece suceder hasta que… sucede) en algunas situaciones y obviamente las actuaciones del elenco, narrativa e ideológicamente la película es de una aplastante previsibilidad. Uno ya adivina que todo lo que puede acabar mal así lo hará –la misantropía no suele tener muchos matices– y no hay casi nada que se escape de esa firme marcha hacia la peor opción posible en cada situación que se plantea.

En este festival dedicado a la crueldad, es claro que los herederos de Haneke vienen llevando la punta. Y lo mismo pasa en los mercados del cine internacional. Comparado con ellos, el anciano maestro por momentos hasta parece reposado y cauto. Pero la lógica es la misma y el programa no cambia. Haneke no tiene ya nada para decir que no haya dicho antes (y mejor) y lo único que hace aquí es reciclar viejas ideas con peores resultados.