Estrenos online: crítica de «Guapis», de Maïmouna Doucouré (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Guapis», de Maïmouna Doucouré (Netflix)

Esta película francesa, cuya controvertida campaña publicitaria resultó en intentos de censura previa, se centra en una niña de once años que lidia, como puede, con las presiones familiares, religiosas y sociales.

Famosa antes de su estreno comercial por una larga serie de confusiones ligadas a su difusión publicitaria que la propia película pone de manifiesto en su trama, GUAPIS (MIGNONNES en el original, CUTIES en inglés) es un relato clásico de coming of age centrado en una chica de once años que, como forma de lidiar con una opresiva situación familiar, sueña con ser parte de un grupo de chicas de su escuela que tienen un grupo de baile con el piensan participar en un concurso. El problema de la opera prima de Maïmouna Doucouré, especialmente en estos tiempos de delicadas sensibilidades, es que transita tantos «temas espinosos» cruzados que es imposible que no termine ofendiendo a alguien, por más que la clara intención de la realizadora sea hacer todo lo contrario.

El cruce de asuntos «candentes» que recorre GUAPIS incluye, además, la idea de quién puede escribir sobre esta película, cuál es la mirada válida de tomar en cuenta. Claramente no debería ser la mía (al menos no la más indicada, siguiendo estos patrones), pero de todos modos voy a tratar de analizar lo que se intenta hacer aquí. Quizás sin quererlo, Doucouré haya terminado dirigiendo una película que hace implotar desde adentro todos estos conflictos acerca de diversos cruces de sensibilidades, ya que no solo lidia con la sexualización de la infancia sino con ciertas costumbres matrimoniales senegalesas, con ritos religiosos musulmanes, con la presión generada por las redes sociales y hasta con la problemática integración escolar.

La más interesante, si se quiere, de las discusiones que abre GUAPIS (que es una película muy sencilla y tradicional, no imaginen un tratado metacinematográfico godardiano) se relaciona con la mirada del espectador. Un asunto habitualmente limitado al análisis crítico y académico del cine, el tema de la mirada aquí cobra vital importancia, ya que una película que lidia con la sexualización de chicas de once o doce años no puede desconocer que, si bien la mirada detrás de la cámara es la de una mujer que pudo haber pasado por similares experiencias, buena parte del público puede ser otra. Y cuestiones como quién mira, cómo mira, quién es mirado y porqué resultan complejas y ameritan ser pensadas. Dicho esto, claro, como tema de análisis y no como juicio o condena.


Amy (Fathia Youssouf Abdillahi) es una chica francesa de familia senegalesa que se ha mudado a una nueva casa en un suburbio parisino. Tiene un hermano menor bastante rebelde y una madre severa y sufrida que le tiene prohibido usar el mejor cuarto de la casa sin darle demasiadas explicaciones. Se trata de una familia musulmana practicante y Amy se encuentra ante la evidente disyuntiva al ver que otras chicas de su edad se visten de manera mucho más relajada, bailan y actúan de manera seductora mientras ella, respondiendo a la tradición, se tapa de pies a cabeza y se dedica a cuidar a su hermano y a ayudar en la casa.

Todo cambia cuando Amy se entera que el padre no vuelve porque está en Senegal para casarse con otra mujer, ya que las costumbres allí admiten la poligamia masculina. Y que el cuarto cerrado está reservado para ella. Su madre disimula públicamente aceptar la situación pero Amy la ve sufrir, llorar y hasta desvanecerse en soledad. Algo hace ruido en la chica y de ahí en adelante comienza un proceso de acercamiento a ese otro mundo del que estaba totalmente alejada. Como forma de rebeldía ante la tradición subordinada de la mujer en esos ámbitos (sin ponerlo en estos términos, claro) y furia ante la resignación de su madre, Amy se acerca a las «Mignonnes» del título, un grupo de cuatro chicas muy simpáticas y graciosas que preparan un número de baile para un concurso.

En un estilo que podría definirse como una versión un tanto «comercial» de lo que hacen cineastas como Abdellatif Kechiche (en especial en films como COUS COUS) o Celine Sciamma (en GIRLHOOD), pero lidiando con chicas de menor edad, Doucouré va narrando el brusco cambio de Amy que, en función de lograr aceptación entre sus nuevas amigas, pega un giro completo y pasa de ser la chica tímida y recatada a la responsable de convencerlas de «sexualizar» cada vez más su show. Es obvio que lo hace desde el desconocimiento total de lo que eso implica (hay un par de graciosas escenas que dejan en claro que, más allá de los sensuales movimientos aprendidos, las niñas siguen siendo niñas) y que se deja llevar más que nada por los videos que ve en YouTube y en diversas redes sociales.

GUAPIS (un título no muy feliz en castellano) va a llevar estas oposiciones al extremo en un film que funciona bien, aún cuando su guión por momentos empiece a parecer salido de uno de esos talleres que se dan en Sundance. La presión familiar (religiosa, cultural) por un lado, la social por el otro, la adopción de modelos sexualizados de comportamiento que claramente no están pensados para chicas de su edad, su propio paso a la pubertad: todo lleva a Amy a transitar un caos interior que la lleva a cometer algunos desmanes de esos que los psicólogos llamarían como «paso al acto» (acting out) para lidiar con conflictos que la atraviesan y superan, intelectual y emocionalmente.

Finalmente, el tema central de la película no es otro que la dificultad de Amy –y de casi todas las otras mujeres con las que se cruza– de escapar de la presión de la mirada y de la aprobación masculinas. Sean los rituales o costumbres religiosas –como los códigos de vestimenta estrictos o la aceptación de la poligamia–, sean los likes en Instagram por fotos (cada vez más) provocadoras, el sistema funciona de manera igualmente patriarcal y afecta a distintas generaciones de mujeres por igual. Y niñas como Amy deben lidiar con la confusión que implica estar en medio de este embrollo.

La película pone todos estos temas en funcionamiento y los cruza de una manera que es innegablemente efectiva pero que puede resultar problemática a la hora de las lecturas. Esto tiene que ver, al menos en mi opinión, con una época de hipersensibilidad con respecto a ciertos temas, en especial en los Estados Unidos, que roza por momentos el puritanismo. La película, claramente francesa desde ese punto de vista, asume y acepta que la sexualidad es un componente complejo en la vida de los personajes y la pone en discusión. Para llegar a eso muestra algunas escenas que seguramente incomodarán a algunos, pero que están ahí para ser discutidas y analizadas. Las críticas y cancelaciones a la película realizadas a partir del póster y sin haberla visto hablan exactamente de eso, de la dificultad actual para mirar y analizar más allá de la propia superficie de las imágenes.

Por último, MIGNONNES como hecho cultural, más que artístico, termina resultando un problema para tanta mirada taxonómica de la cultura. ¿Quién puede ofenderse aquí y porqué? ¿Los musulmanes por el posible desprecio a sus rituales? ¿Los senegaleses por la crítica a sus costumbres? ¿Las feministas por lo que pueden ver como una sexualización de la infancia o directamente una película que incita a la pedofilia? ¿Los coreógrafos por ver los desastres que se hacen en torno al twerking? La película no busca ofender a nadie, claramente. A lo sumo juega un poco de una manera un tanto provocadora –pero no mucho, realmente– para disparar algunas reflexiones sobre estos temas. El problema hoy está en la mirada. Y la solución, posiblemente, también.