Berlinale 2021: crítica de «What Do We See When We Look at the Sky?», de Alexandre Koberidze (Competencia)

Berlinale 2021: crítica de «What Do We See When We Look at the Sky?», de Alexandre Koberidze (Competencia)

Esta extraordinaria fábula georgiana parte de una complicada historia de amor para armar un cálido y bello homenaje al cine, a los perros y al fútbol.


Una fábula humanista, bella y generosa, WHAT DO WE SEE WHEN WE LOOK AT THE SKY? es una suerte de poético tributo al poder del cine –y a su historia– para conjurar los demonios de la realidad. Una película de amor –un cuento de hadas, en realidad– entre dos personas, pero también entre un cineasta y su ciudad, sus niños, sus viejos, sus perros, el film de Koberidze es una de esas revelaciones que se recuerdan como hitos importantes de los festivales de cine, equiparable en muchos sentidos a lo que fue AQUEL QUERIDO MES DE AGOSTO, de Miguel Gomes, en la Quincena de Realizadores de Cannes 2008.

Lo de «en muchos sentidos» viene a cuento de que a ambos films, además de su atmósfera de creatividad, lirismo y sincero optimismo popular los unen coincidencias estéticas. Viendo la película georgiana uno claramente puede trazar líneas con el cine de Gomes —AQUELE… era también su segunda película pero funcionó como su «descubrimiento»– y de algunos de sus colegas portugueses que tienen una similar imaginación que es juguetona y dispersa pero a la vez está instalada en un lugar social concreto y coherente. Es evidente que si hablamos del cine de Georgia es inevitable poner a la figura regidora de Otar Ioselliani entre las referencias. Y son esos universos –más la inspiración chaplinesca, de Jacques Tati y hasta de los musicales clásicos de Hollywood– los que rodean a esta singular propuesta.

La eje narrativo principal de la película tiene que ver con una historia de amor maldita. Lisa y Giorgi se chocan repetidamente en la puerta de un jardín de infantes que acaba de ser abandonado por centenares de entusiastas niños. Son tantas las coincidencias que se dan en ese rato que Giorgi finalmente le propone a Lisa tener una cita concreta. Pero el narrador omnisciente cuya voz atraviesa todo el relato nos cuenta que una suerte de «ojo malvado», con poder sobre los objetos más curiosos, ha decidido imposibilitar ese encuentro y –mediante un pase de magia que la película presenta de una manera muy graciosa– logra cambiarle los rostros a ambos potenciales amantes impidiendo el planeado encuentro.


Ese impedimento, que se sumará a otros –como el hecho que ambos pierden la capacidad de hacer las cosas que antes hacían bien, como saber de medicina y jugar bien al fútbol, respectivamente– y a la sensación de que ese encuentro está a la literal vuelta de la esquina dispondrán los elementos narrativos. Pero Koberidze no tarda en hacer un giro tipo pivote al más puro estilo Iniesta y rápidamente lleva la pelota hacia el otro lado del campo. ¿A qué vienen tantas referencias futbolísticas? No solo a la pasión del director de LET THE SUMMER NEVER COME AGAIN por el fútbol en sí, sino a que ese deporte se vuelve cada vez más central a la película, a su clima, a su universo de sentidos.

La historia se desarrolla durante un Mundial de fútbol que, por motivos que ya se darán cuenta, nunca existió en la realidad. Y en Kutaisi todos están obsesionados con seguirlo, especialmente Giorgi, que es fan de Messi y quiere que Argentina sea campeón del mundo. Lisa conseguirá trabajo en un bar nuevo en el que pasarán los partidos de la copa mientras que Giorgi trabajará también a las órdenes del dueño de ese bar pero un poco más lejos, haciendo promoción del mismo lugar en medio de un puente cercano. El tema es que, por más que se crucen, es imposible que ambos se reconozcan.

WHAT DO WE SEE… está armada en función de sus permanentes amagues narrativos. Nunca va a donde se supone y prioriza siempre la belleza a la eficacia, la poesía a la potencia. Y muchos de esos desvíos conforman lo mejor del film. Hay una subtrama sobre perros fanáticos del fútbol que ven partidos en distintos bares de la ciudad, entre ellos uno que se llama Vardy y que, asegura el narrador, es fan de la Premier League (y asumo que hincha del Leicester). Y otro eje dramático se centra en una dupla de cineastas –interpretados por el padre del realizador– que está haciendo una película sobre el amor y «casteando·» posibles parejas en la ciudad.


También hay varios momentos musicales con Debussy, Schubert y música típica georgiana sobrevolando esa ciudad que parece repleta de niños y hasta un momento musical/futbolístico que califica entre las escenas del año con una canción famosísima. Quizás para evitar que se lo acuse de ñoño o de extremadamente cute (la película algunas veces está al borde de caer en esa zona) el narrador/director contextualiza lo que vemos dentro de un país y un mundo que está atravesando desastres humanos y naturales. Sabe que eso que muestra es más un deseo que otra cosa y lo expresa directamente: es una apuesta a la belleza, a la solidaridad, al amor, al cine y a cierta resiliencia humana en medio de los desastres.

Y el ejemplo quizás clave de esa búsqueda está en la cantidad de referencias directas e indirectas que la película hace a Lionel Messi. Giorgi es fanático suyo, lo mismo que los chicos que juegan a la pelota en la cancha de la plaza y que son capaces de tatuarse su nombre en el cuerpo si no tienen dinero para comprarse la remera. Hablar aquí de Messi no es por ponerse nacionalistas ni mucho menos. Es compartir que, en esa devoción que tiene tanto Koberidze como los protagonistas por Lionel, hay también un línea de pensamiento. La del realizador georgiano es una apuesta, un deseo y una muestra de fe en la posibilidad de que el mundo, aunque sea durante el tiempo que dure una película (o un partido de fútbol), pueda ser un lugar más bello y armonioso. Y si se gana, bueno, mejor todavía.