Estrenos online: crítica de «Coda», de Claude Lalonde (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Coda», de Claude Lalonde (Netflix)

por - cine, Críticas, Estrenos, Online, Streaming
23 Abr, 2021 12:23 | comentarios

La relación entre un veterano pianista en crisis y una joven periodista que lo quiere entrevistar es el centro de este prolijo y elegante drama que transcurre en el mundo de la música clásica.


El miedo lo paraliza. Frente al piano, en medio de un esperado concierto que marca su retorno después de una larga ausencia, Henry Cole tiene lo que quizás sea un ataque de pánico. Su experiencia le permite terminar dignamente una Sonata de Beethoven (la famosa «Appassionata») y salir despedido hacia afuera del teatro, casi sin poder respirar. A Cole (Patrick Stewart) no se le está haciendo nada fácil esto de volver a los escenarios, pese a la entusiasta insistencia de su agente Paul (Giancarlo Esposito, interpretando a un personaje risueño y amable, algo raro en él) que le sigue organizando conciertos. Es que, para Cole, las cosas ya no son iguales.

CODA está contada con una sugerente estructura de flashbacks, narrada por Katie Holmes y organizada a partir de un viaje en tren en el que vemos a Cole recorriendo bellos paisajes alpinos. Más adelante se descubrirá a qué responde eso, pero lo central de este correcto, elegante y tan bello como prolijo film de Lalonde pasa por el proceso que el pianista debe hacer para superar esa parálisis artística y personal que no lo deja seguir adelante. Holmes encarna a Helen Morrison, una periodista y crítica musical de The New Yorker que quiere entrevistar a Cole para una nota en la revista. El hombre, de manera cortés pero firme (es británico, no olvidemos), se niega. Pero la chica insiste y lo empieza a seguir.

Mientras prueba un piano adelante de una docena de personas –todos con sus celulares en mano, grabando– en la casa Steinway & Sons de Manhattan, Cole tiene otro ataque que lo paraliza y no puede tocar. Pero Helen está ahí para ayudarlo a salir del paso (la chica toca también) y eso, de algún modo, sella una amistad. A Cole, claro, no le queda otra que aceptar el convite a la entrevista. Y, en un súbito arranque de entusiasmo, la invitará a que los acompañe a un viaje a Europa. Paul le ha programado varios conciertos (especialmente uno en Londres que irá en vivo por streaming) y el hombre todavía no sabe muy bien qué hará.


CODA tiene, claramente, dos partes muy diferenciadas entre sí. Su primera mitad, organizada en función de la crisis y la aparición de Helen, juega peligrosamente con el cliché de «la musa», la idea de una mujer joven y optimista que enamora y hace recuperar algo así como la fe en la vida a alguien que la duplica (o un poco más) en edad. Este escenario un tanto trillado prueba ser un camino complicado de resolver para Lalonde. Y el viaje en cuestión es donde se produce un giro narrativo quizás inesperado y seguramente no recomendado por los libros de manual, pero que produce una bienvenida alteración a la lógica casi romántica de la película.

Es cierto que, si bien Lalonde evita caer en los recursos más convencionales de este tipo de historias, Helen sigue siendo un personaje idealizado, visto desde afuera, «usado» como recurso para torcer la crisis del protagonista. Pero en su tercer acto –que transcurre en los bellísimos paisajes de Sils María, en Suiza, entre un hotel elegante, los lagos, montañas y la casa de Nietzsche–, CODA se permite explorar de otro modo la crisis del protagonista, llevándolo a confrontar con algunos de sus miedos y los traumas de un pasado reciente que no parece poder verbalizar.

Es allí donde la película gana en personalidad, en gravedad y en cierto pictórico realismo, en ese lugar que le sirve a Cole para quizás reconciliarse con la gente, con la música y con su lugar en el mundo. La voz en off de Holmes va, cada tanto, marcando de una manera un tanto subrayada el proceso que el pianista atraviesa –además de algunas ideas un tanto pomposas sobre el rol de la música–, pero de todas maneras la mezcla de tristeza, orgullo, amargura y confusión de Stewart ante lo que le sucede a su personaje atraviesa las más «refinadas convenciones» de este tipo de películas y logra por momentos convencer y conmover. No es fácil volverse a conectar –con la música, con la naturaleza, con la vida, con la gente–, pero la posibilidad siempre está abierta. Y si uno puede pagarse una semanita en un hotel de lujo en los Alpes suizos seguramente sea más fácil todavía.



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