Series: crítica de «Feel Good – Temporada 2», de Mae Martin y Joe Hampson (Netflix)

Series: crítica de «Feel Good – Temporada 2», de Mae Martin y Joe Hampson (Netflix)

La segunda temporada de la serie –inspirada en la vida de su creadora y protagonista– cuenta lo que sucede cuando Mae debe enfrentar las consecuencias de una traumática experiencia de su juventud.


Las segundas temporadas son siempre complicadas, especialmente en las series que no tienen una estructura típica de un policial o un relato de misterio/suspenso en las que la trama funciona como disparador central de la acción y el resto corre por detrás. FEEL GOOD, que podría aplicar al género de comedia dramática, tiene una serie de arcos narrativos que funcionan en paralelo, pero no se trata tanto de alcanzar un destino determinado sino de recorrer, disfrutar y hasta sufrir el viaje. Para Mae Martin, el éxito de la temporada anterior estrenada apenas un año atrás puede haberla tomado por sorpresa a ella, tanto como nos pasó a los espectadores. Y da la impresión que llegó demasiado apresuradamente a la segunda y que se trata de una temporada a la que le falta trabajo, cocción, «hilado fino».

FEEL GOOD, como muchas de las series británicas que tratan temas actuales ligados a minorías, traumas familiares, problemas de alcohol, drogas y sexualidades de las llamadas no-binarias, se suelen distanciar de las norteamericanas ya que ofrecen ángulos más extraños e inusuales a la hora de abordar esos temas. Si bien los recorridos temáticos pueden ser similares, las búsquedas allí suelen ser distintas: ásperas, raras, aceptan ambigüedades que sus colegas de este lado del océano no se animan a tocar. Y todo eso estaba en la primera temporada de la serie de Martin, como también lo está en I MAY DESTROY YOU, entre otros ejemplos.

En la segunda temporada, en cambio, las sutilezas parecen pasar a segundo plano y los temas pasan al frente en mayúsculas: adicciones, traumas, abusos, PTSD, calentamiento global, relaciones familiares abusivas y cualquier otro tema que amerite entrar en la discusión actual. Sus seis episodios parecen más seis sesiones de terapia o seis capítulos de un manual de auto-ayuda que una construcción dramática propiamente dicha. No es que los temas no sean fuertes, valiosos o importantes: lo son. Pero da la impresión que Martin puso más atención en marcar determinadas tarjetas dejando de lado lo que debería ser central en una serie: la credibilidad dramática, la lógica narrativa, el humor, el ingenio y la originalidad para tratar esos temas.


La temporada arranca donde terminó la anterior y se centra en las idas y vueltas de la relación entre Mae y George (Charlotte Ritchie), su ex pareja. Separadas, vueltas a unir, vueltas a separar y así, la relación en realidad juega un papel secundario al eje principal que es ver cómo lidia la protagonista con una traumática experiencia sexual adolescente. Negadora de lo que le pasó, Mae insiste en seguir adelante con su vida pese a que una serie de situaciones (ataques de pánico, fundamentalmente) le dejan en claro que está absolutamente incapacitada para hacerlo. Ella lo sabe pero no consigue hacer nada para resolverlo. Y el mundo alrededor suyo se derrumba sin que encuentre la manera de evitarlo. Ni ella ni George, enfrascada en su propio caos personal.

El problema de FEEL GOOD no está, de vuelta, en los temas que trata sino en su poco creativa manera de hacerlo: mecánica, evidente, telegrafiada, falta de originalidad y de búsqueda creativa. El humor, salvo algunas excepciones y momentos, es chato y previsible. Los personajes secundarios se volvieron un cliché de sí mismos y los conflictos, más allá de existir en un universo muy distinto al tradicional en función de las formas de vida de sus personajes, raramente se escapan de lo convencional.

En un momento, en un grupo de «activistas» (una creación tan general y vacía como absurda de activistas «de lo que sea» que suele estar mejor resuelta en un sketch de SNL), a George le preguntan cómo se define sexualmente y ella trata de evitar responder, diciendo que no le gustan ese tipo de generalizaciones, que la vida sexual es más compleja. Pero le insisten y termina haciéndolo. Tengo la impresión que esa decisión es un buen resumen de los problemas de la serie. En cierto modo, uno tiene la sensación que FEEL GOOD dejó de ser una serie británica para ser una norteamericana: todo en ella tiene que ser más claro, evidente, subrayado.

El guión es perezoso. Anuncia cada uno de sus pasos y va hacia allí casi de memoria. Presenta situaciones con salidas potencialmente interesantes pero la mayoría de las veces –su encuentro final, curiosamente, es la excepción– se encamina al lugar más previsible. Y sus diálogos no tienen la chispa ni el vuelo que tenían en la temporada anterior. Salvo en algunos momentos –en ciertos intercambios sexuales entre las chicas, por ejemplo–, el humor, la ironía y la riqueza del juego verbal (algo que se aprecia muy bien, por ejemplo, en FLEABAG) brillan por su ausencia. Ni siquiera la siempre extraordinaria Lisa Kudrow –que encarna a la madre de Mae– logra despegarse del resto.

Es, además, el tipo de serie que toca tantos temas «relevantes» de la actualidad que es difícil que reciba críticas negativas y menos aún de personas (como quien esto escribe) que quizás no sean las más adecuadas, generacionalmente, para hacerlo. Está, en ese sentido, casi blindada. Pero lo que el lector/espectador debe entender al leer este análisis crítico es que los problemas que uno pueda tener con la temporada no son necesariamente ideológicos, sino que están relacionados con la manera en la que sus ideas son incorporadas al producto, a la ficción que se nos cuenta. Por más «progresista» que se presente, estructuralmente FEEL GOOD se volvió una serie conservadora.

Un eje narrativo de la temporada tiene que ver con la nueva agente de Mae. La mujer, sabiendo por donde pasa el zeitgeist –los temas relevantes de la época, su clima cultural–, le pide a ella que luzca siempre trendy y que hable en su show de stand-up de sus traumas, de sus abusos, de su sexualidad «cool» y de todo lo que le pueda parecer audaz y/o provocativo. Le asegura que eso es lo que funciona. Y Mae no sabe bien cómo hacerlo, casi que se siente forzada por el pedido y la exigencia de su manager. Y lo hace mal, sin ganas, torpemente. Uno puede pensar que con la segunda temporada de FEEL GOOD pasó más o menos eso mismo.


Acá pueden leer una mucho más entusiasta crítica de la primera temporada de la serie



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