Series: reseña de «El reino: Episodios 1-4», de Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro (Netflix)

Series: reseña de «El reino: Episodios 1-4», de Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro (Netflix)

Este thriller argentino se centra en las consecuencias del asesinato de un líder político que podría permitir el acceso al poder de un pastor religioso. Con Diego Peretti, Mercedes Morán, Chino Darín, Peter Lanzani, Nancy Dupláa, Joaquín Furriel, Vera Spinetta, entre otros. Desde el 13 de agosto.


Hay una expresión en inglés que sirve para definir bastante bien a una serie como EL REINO: «timely». Traducible como «oportuna», se me ocurre que aplica bien a su trama, al mundo que muestra y a cómo se relaciona con el momento en que se vive hoy. No, no se trata de una serie sobre la pandemia ni incluye ninguna referencia a ella sino que es una trama que pone en juego conflictos contemporáneos de una manera casi anticipatoria, ya que pasó bastante tiempo entre que se escribió y su estreno. Y hoy parece más actual y relevante que hace algunos años.

Una producción cara y lujosa –o esa es la impresión que da, fue filmada durante la pandemia–, con un elenco que es casi un ¿quién es quién? del audiovisual argentino, la serie escrita por Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro, dirigida por éste y por Miguel Kohan parte de un conflicto político, un misterio criminal con aires a HOUSE OF CARDS pero con cuestiones específicas que la tornan también bastante local. Al menos a partir de los cuatro episodios que fueron adelantados a la prensa, se puede decir que es una serie sobre el poder, la traición, la religión, los sucios juegos y secretos de la política, las relaciones familiares y las distintas grietas que se van formando en medio de todo este enjambre de engaños y miserias.

El punto de partida de la trama es un asesinato político público, el que tiene lugar en el acto de lanzamiento de la fórmula de una alianza entre un partido que podríamos llamar liberal (cada uno podrá ponerle su propio nombre, pero estamos hablando de una fuerza de centro-derecha) con un grupo religioso de carácter evangelista conocido como la Iglesia de la Luz. Es una alianza conveniente para ambos bandos, aparentemente, pero a la vez un tanto compleja de articular. Da la impresión que al candidato liberal, Armando Badajoz (Daniel Kuzniecka), la parafernalia y el estilo religioso/conservador del pastor Emilio (Diego Peretti), su esposa, la pastora Elena (Mercedes Morán) y sus seguidores/devotos le incomoda bastante. La entiende como una alianza necesaria pero preferiría evitarla.


Del lado «religioso» todo parece indicar que se trata de una movida para ganar poder: ocupar espacios políticos, participar de las decisiones importantes, ganar más fieles y quizás algo más que eso. El asunto explota apenas comenzada la serie. En medio del evento en cuestión, un hombre armado entra al lugar y dispara sobre Badajoz por la espalda, matándolo. Y eso abre la investigación que se va desplegando a lo largo de los siguientes episodios. Allí aparecerán los hombres que manejan cuestiones políticas por detrás de los reflectores, los arreglos, acuerdos, amistades, enemistades, secretos, historias oscuras, alianzas y otras sorpresas que no conviene adelantar.

Chino Darín encarna a Julio Clamens, hijo del líder del partido que podríamos definir como «progresista» (Daniel Fanego) que, por cuestiones del pasado que iremos descubriendo, hoy está alejado de su familia y trabaja para la iglesia. A su vez, Rubén Osorio (Joaquín Furriel), es el que opera para los liberales, tratando de mover sus fichas dentro del nuevo tablero político. El grupo principal se completa con Peter Lanzani como Tadeo, un hombre, en apariencia, profundamente devoto (un ex presidiario) que conecta a los evangelistas con los barrios carenciados y con los presos que luego llevan al Hogar de la Luz, perteneciente a la iglesia. Y el asesino parece venir de ahí.

Además de ellos está Ana (Vera Spinetta), la hija menor de Emilio y Elena, liada sexualmente con Clamens, y que también tiene sus problemas familiares; y sus dos hermanos mayores, un hombre y una mujer que parecen estar más pendientes de los juegos de poder familiares. En tanto, Nancy Dupláa encarna a la fiscal a cargo de investigar el asesinato, con la ayuda del eficiente Ramiro Calderale (Santiago Korovsky) y soportando la presión que ejerce el Procurador General, interpretado por Alejandro Awada. Por ahí, de a poco, y a partir de ciertas escuchas, va apareciendo como figura de posible peso en la trama Celeste (Sofía Gala).

La intriga queda expuesta en el primer episodio. ¿Quién mandó a matar a Badajoz? ¿Por qué? ¿Realmente querían matar a Badajoz o el atentado era contra Emilio y salió mal? ¿Qué secretos oculta Elena, la pastora, la «Lady Macbeth» que parece manejar los hilos y fomentar el avance de su iglesia a espacios de poder de los que a su vez desconfía? ¿Todo esto se armó con la venia de Emilio, por detrás de Emilio, contra Emilio? ¿Qué se esconde en la conexión entre la iglesia, el hogar y la cárcel? ¿Qué manejos y acuerdos políticos hacen Clamens y Osorio por detrás? Son varias las puntas desplegadas en los primeros cuatro episodios que se pasan muy rápido y generan, como una buena trama policial, un sinfín de puntas narrativas que a su vez conectan con la situación política que se vive en la Argentina y en buena parte del mundo, en especial en lo relativo al avance de ciertos grupos a los que podríamos definir como «conservadores».


EL REINO opta por mantenerse muy cerca de las convenciones del género al contar su historia. Los diálogos tienden a ser un tanto expositivos, las caracterizaciones son bastante marcadas y la trama se mueve con efectividad pero sin demasiada sutileza. Verla en paralelo a OKUPAS, por ejemplo, resulta un tanto curioso: es como un choque de escuelas de cómo contar una historia y cómo construir personajes. La serie de Piñeiro/Piñeyro propone un entramado más tradicional: personajes siniestros construidos con trazos en apariencia evidentes, tramas que se adivinan complicadas, giros narrativos permanentes que van dando cuenta de nuevas pistas y secretos que se revelan de a poco. Aunque no sea una adaptación, se puede decir que pertenece a una tradición más novelística clásica: un thriller político con todos los condimentos habituales del caso. No es tan distinto el formato, en cierto modo, a la propuesta de la misma dupla –aunque con guión de Marcelo Figueras– en la adaptación al cine de LAS VIUDAS DE LOS JUEVES.

De impecable producción y con algunos lujos visuales que proponen Piñeyro y Kohan –que se reparten la dirección de los cuatro primeros episodios–, con un combo de tropos shakespeareanos como organizadores del drama y del comportamiento de algunos personajes (un REY LEAR por acá, un HAMLET por allá, un MACBETH en medio de todo) y gracias a un elenco que logra casi siempre –y con esfuerzo– salir del paso de algunos diálogos que no pasan de funcionales, EL REINO avanza por lo general bastante bien durante sus primeros cuatro episodios, especialmente en lo que se refiere a la construcción del misterio alrededor del crimen. Quizás no sea la renovación creativa que uno desea y espera para las series nacionales, pero dentro del tipo de producto que es –y en el marco en el que existe–, cumple con lo que se propone. Con lo justo, convengamos.

Quizás lo más interesante que EL REINO tenga para ofrecer no esté tanto en la trama en sí sino en la manera en la que parece comentar la realidad… y no solo la argentina. Es una serie que habla de pactos políticos complejos (internas, traiciones, miserias), de los secretos guardados que involucran a casi todos los relacionados con el poder, de la turbia relación con los medios y con las redes sociales, del crecimiento de la derecha religiosa en todo el mundo, de los compromisos del Poder Judicial y de otros varios males contemporáneos. Al verla, la sensación con la que uno se queda es que se trata de un micromundo de intereses personales, políticos y empresariales en el que quien menos importa, finalmente, es el ciudadano de pie que mira todo esto como una gran farsa teatral en la que la única víctima es él.