Series: crítica de «The White Lotus», de Mike White (HBO Max)

Series: crítica de «The White Lotus», de Mike White (HBO Max)

Terminó la primera temporada de la serie centrada en las extrañas situaciones que se viven en un hotel de lujo en Hawaii con la resolución de su misterio principal y una lectura afilada de los privilegios de clase.


Aspera, oscura, llena de personajes entre desagradables y creídos de sí mismos, THE WHITE LOTUS era la clase de serie que tenía todo para fracasar. Pero a lo largo de seis episodios ha probado escaparle a todos los potenciales problemas de un producto que podría tornarse demasiado despectivo con sus personajes, y lo hizo sin dejar de ser mordaz ni crítico. La inteligencia del guión de White –que dirigió y escribió todos los episodios– es haber podido trascender esas líneas que normalmente separan a los personajes de las series entre quienes nos gustan y quienes no, los héroes y los villanos, los que invitaríamos a tomar algo y los que nos sentaríamos lo más lejos posible de ellos en un bar.

En los papeles tenía todo para ser una sátira simplista: un grupo de turistas blancos y ricos van a un resort de cinco estrellas en Hawaii y meten a los empleados del lugar en problemas de todo tipo a partir del uso y abuso de sus privilegios de clase y su vulgar exhibición de poder económico. Con «burlarse» de ellos y juzgarlos el asunto estaba resuelto. Pero el mérito de White está en encontrar ese espacio en el que la sátira pueda seguir existiendo pero de todos modos los personajes –o muchos de ellos– nos resulten fascinantes, aún siendo en buena medida bastante insoportables.

El guionista de ESCUELA DE ROCK no transforma esto en un canto humanista a la posibilidad de redención ni abre la posibilidad a un (re)encuentro entre clases y razas. Al contrario: va a fondo con su hipótesis que consiste, fundamentalmente, en la idea de que los privilegiados siempre se salen con la suya sin importar a quien dañan en el camino. Y quizás lo más radical de su propuesta está en la manera inteligente en la que emprende la búsqueda: lo suficientemente alejada de la corrección política de estos tiempos pero sin perder la mirada crítica sobre el mundo.


Esta crítica tendrá SPOILERS, así que si no la vieron les recomiendo esta primera reseña que hice tras ver los primeros dos episodios. De entrada la serie nos deja en claro que, tras una semana en estas vacaciones de lujo, alguien saldrá muerto en un cajón. Lo que no sabemos es quién es. Todo parece apuntar a Rachel (Alexandra Daddario) pero al final sabremos que es Arnold (Murray Bartlett), el manager del hotel en cuestión, con quien el marido de la chica, Shane (Steve Lacy), mantiene una amarga disputa a lo largo de toda la serie por temas bastante nimios: Arnold se equivocó en la reserva del cuarto –les dio otro que el que habían pedido, que es excelente y quizás mejor que ese– y Shane hará todo lo posible para atormentarlo. Así, lo que empieza como una serie de quejas y reclamos termina con el hombre en un cajón, asesinado un tanto casualmente por el propio huésped.

Y si Shane es el más prototípico villano de la historia (no tiene «rasgos redimibles» más allá de su buen estado físico, algo que seguramente llevó a Rachel a estar con él, ya que no parecen haber más coincidencias entre ambos que su look de pareja perfecta de tapa de revistas), el resto de los personajes entra en una zona de más y más grises. La propia Rachel es una chica más de clase media que llega allí a partir de ser la «esposa trofeo» de Shane. Y su recorrido en la semana de luna de miel tiene que ver con tener una crisis con su elección de vida, pero terminar malamente aceptando que ése es su lugar en el mundo. En la resolución de esa trama White juega su apuesta más radical, ya que si bien la «salva» de estar en el cajón, la lleva al final a tomar una decisión sobre su vida bastante frustrante para la audiencia pero que no por eso deja de ser creíble.

Sin embargo, es la familia Mossbacher la que ocupa la mayor parte de la atención de THE WHITE LOTUS. Se trata de una familia adinerada pero que, supuestamente, es consciente de sus privilegios: la madre (Connie Britton) es una empresaria admiradora de Hillary Clinton y su hija adolescente Olivia (Sydney Sweeney) está al día con todas las causas «progres» del momento. Pero en lo profundo no dejan de actuar desde su lugar en el mundo y sus relaciones con «los otros» (tanto los empleados del lugar como la propia amiga de Olivia, Paula, a la que invitan al viaje y que es mitad afroamericana) están siempre teñidas de utilitarismo y un sutil desdén. ¿La única excepción? Quinn (Fred Hechinger), el otro hijo, que pasa de estar metido en su teléfono a intentar escaparse en una canoa con los locales en la que acaso se sienta como el único cierre forzadamente optimista de la temporada.

La tercera «pata» de esta historia es, quizás, la más compleja e interesante de todas y se centra en la relación entre la triste, alcohólica y a la vez un tanto medicada millonaria Tanya (Jennifer Coolidge) que viaja a esparcir las cenizas de su madre al mar y Belinda (Natasha Rothwell), la amable encargada del spa del lugar. Belinda la ayuda con sus masajes y su atento oído a sus problemas, Tanya se fascina con ella y le promete ayudarla a abrir su propio negocio pero cuando conoce a un hombre en el resort deja de interesarse en Belinda y se desentiende del prometido proyecto. Se trata de una relación ambigua entre dos mujeres que se necesitan por distintos motivos y en distintos momentos, pero que se quiebra tragada por la lógica egocéntrica de los pasajeros intereses de Tanya, que cree que todo lo puede arreglar con dinero.

Al usar las relaciones entre huéspedes y trabajadores de un hotel de lujo como eje narrativo, White pone en circulación una serie de ideas sobre ciertos funcionamientos sociales, empezando por el poder del dinero para torcer los destinos o manipular a las personas. Ese «poder» es el que lleva a que Shane y Rachel sigan juntos y que los Mossbacher hayan recuperado lo que parece ser cierta estabilidad. En ambos casos se trata de privilegiados que, por un instante, se vieron convertidos en víctimas (a Shane, literal y gráficamente, lo «cagaron» con la habitación y a la blonda familia les robaron las joyas de la caja de seguridad) y algún tipo de ritual de hombría los unió a la vieja usanza. Lo mismo pasa con Tanya, cuyo costado «solidario» desaparece apenas conoce un tipo que se la quiere llevar a la cama.

Es cierto que algunas resoluciones son bruscas (el empleado «delincuente» Kai es más una función del guión que otra cosa, lo mismo que Lani, la que oculta su embarazo en el primer episodio) y que el tono ocre, dorado y muy bello de las locaciones invitan a ser parte igualmente de este universo de la vacación de lujo en lugares económicamente empobrecidos por más problemitas que surjan en el medio. Pero a lo largo de seis compactos y por momentos muy graciosos episodios (la serie está entre la comedia negra y el film noir) lo que THE WHITE LOTUS deja en evidencia es lo difícil que es quebrar ese ciclo de violencia social, de manipulación económica y de hipocresía performativa en el que vivimos todos.