Festivales: críticas y reseñas de Visions du Réel 2022

Festivales: críticas y reseñas de Visions du Réel 2022

Aquí van 10 críticas y breves reseñas de algunas de las películas que pasaron por las distintas secciones de este prestigioso festival de documentales de Nyon, Suiza.

Visions du Réel es uno de los más interesantes festivales de documentales entre los que han sido concebidos en un amplio espectro de géneros, incluyendo híbridos, documentales creativos, con distintos formatos y duraciones). El evento internacional tiene lugar todos los años en Nyon, Suiza. Y si bien en 2022 se volvió a hacer de modo presencial, su edición virtual se mantuvo permitiendo que podamos acceder a su interesante y extensa programación a la distancia, desde otras latitudes. Aquí un repaso que de algunas películas que se presentaron allí.


COMPETENCIA INTERNACIONAL DE LARGOMETRAJES

HOW TO SAVE A DEAD FRIEND, de Marusya Syroechkovskaya (Suecia, Noruega, Francia, Alemania) Esta coproducción entre varios países europeos es, fundamentalmente, una película rusa que retrata de manera cruda y a través de su protagonista (y realizadora), Marusya, a una generación de ese país que ha tenido una de las más altas tasas de suicidio en el mundo. Pero no se trata de un film estadístico ni convencional, sino que es la historia de su protagonista, una chica «punkie» de 16 años que, como muchos de sus amigos y conocidos, tiene fantasías suicidas, un acto que parece funcionar en un modo casi «cool» en su grupo.


A Marusya la ayuda venir de una familia adinerada y tener una pasión por el cine. Eso la hace filmar buena parte de sus experiencias y son esas grabaciones las que se ven, fundamentalmente, aquí. El eje de la historia pasa por su relación con Kimi, un joven un poco más grande que ella, con el que tiene una relación amistosa y romántica. A diferencia de Marusya, Kimi –que viene de una familia mucho más humilde y complicada– no parece encontrar una salida a la depresión, al alcohol y a las adicciones. Y sus problemas no paran de crecer a lo largo de los años.

Con un espíritu punk y noventoso –buena parte de la historia transcurre más de una década atrás–, HOW TO SAVE A DEAD FRIEND es un crudo, honesto y estilizado (por momentos, acaso demasiado estilizado) retrato de una generación que creció en un país cuyos giros políticos y económicos siempre mantuvieron alejados a buena parte de los jóvenes que no se amoldaban del todo al sistema. Con una iconografía similar a la de muchos adolescentes y jóvenes occidentales pero con menos posibilidades de expresarse de una manera que no sea underground o silenciada por las autoridades, los jóvenes rusos que retrata esta película parecen formar parte de una generación en su mayoría perdida. Películas como esta prueban, en parte, sus talentos.


CHAYLLA, de Clara Teper & Paul Pirritano (Francia). Historias como las que se cuentan aquí están siendo más y más reflejadas en el cine. No porque sean nuevas (al contrario, son eternas) sino porque más mujeres se van animando a denunciar situaciones de abuso y violencia de género que antes se callaban o quedaban en los círculos personales y familiares. Chaylla es la protagonista de esta historia, una joven mujer de un barrio popular que ha estado en pareja con un hombre que es el padre de su hijo y del que se ha alejado por sus arranques de violencia, especialmente cuando está alcoholizado.

La película se extiende a lo largo de lo que parecen ser varios años y narra las idas y vueltas de ese proceso, ya que en el medio hay disputas por el hijo, promesas de cambio, reencuentros, otro hijo más para luego volver a repetir el ciclo de agresión y violencia. Y lo que se muestra aquí es que el sistema de justicia no tiene del todo aceitado los recursos legales para impedir que esto siga sucediendo. Es que los errores de Chaylla (volver a creer en su ex, aceptar sus disculpas) son muy comunes y no deberían ser usados en su contra. Algo que el sistema parece no entender.

CHAYLLA es un retrato del sistema en general y uno más íntimo de su protagonista, con sus buenos y malos momentos, haciéndose cargo de sus errores. Los directores se acercan cada vez más a su rostro que va atravesando distintas emociones hasta llegar a un convencimiento absoluto de que debe romper del todo esa relación. No es nada sencillo –la codependencia emocional puede ser muy fuerte–, pero en este documental se retrata claramente que salir de ahí es un viaje duro y con vaivenes que hace falta pese a todo recorrer.


L’ÎLOT, de Tizian Büchi (Suiza). Con algo de Don Quijote y Sancho Panza, a mitad de camino entre la comedia absurda y la seriedad que provoca el tema, este documental suizo premiado en esta competencia se centra en dos hombres que patrullan una zona cercana a Lausana, en Suiza, un pueblo en apariencia calmo y tranquilo, rodeado de amables vecinos (jubilados e inmigrantes) pero rodeado de un enorme lago considerado peligroso por las autoridades por la posibilidad de que por allí entren personas al país ilegalmente.

El amable film está lleno de desvíos narrativos curiosos, en especial las conversaciones entre los protagonistas, o la manera en la que se ponen a charlar con gente con la que se cruzan (un diálogo con una chica que está sentada en el parque es extraordinario, lo mismo que la conversación de uno de ellos con un barman, o los comentarios de un grupo de chicos) o aún las charlas que un grupo de inmigrantes (en este caso, españolas y latinoamericanas) tiene en un bar de la ciudad. A todo eso, la dupla de vigilantes cubre el río con las típicas cintas policiales de seguridad, enganchándolas entre los árboles que lo rodean, algo que claramente no opone resistencia alguna a ningún tipo de «invasión».

Este relato que incorpora elementos de ficción retrata de manera inteligente la situación europea respecto a la inmigración desde una perspectiva única. Los dos vigilantes son también inmigrantes, lo mismo que buena parte de los habitantes de la ciudad. Y todos navegan en una curiosa ambigüedad respecto al «control» y a las sospechas que se les pide tener respecto al tema. Y más allá de que la comunidad parece sostenerse firme en su amable convivencia, hay una «semilla» plantada en medio de ella que puede explotar en cualquier momento. Quizás no hoy, pero sí dentro de algunos años. Cuando los encuestadores traten de entender cómo es que cambiaron los votos en esa ciudad debería ver este documental.


BURNING LIGHTS COMPETITION

H, de Carlos Pardo Ros (España) Este ensayo documental con mucho de experimental parte de una historia supuestamente real: un tío del realizador murió en las fiestas de San Fermín, en Pamplona, en 1969, pero durante mucho tiempo nadie supo quién era ya que no tenía ninguna identificación encima (más que la «H») y nadie parecía conocerlo o saber qué había hecho durante las últimas horas de su vida.

Más que reconstruir el caso, Pardo Ros reconfigura la experiencia, ya que documenta una celebración de San Fermín similar –seguramente de algún año prepandémico– y sigue a un grupo de amigos a lo largo de esa larga noche de alcohol, descontrol y fiesta que culmina la mañana siguiente con la descontrolada estampida de los toros. La película no busca un tono policial (a «H» lo encarnan distintas personas y es reconocible solo por la ropa) sino meterse adentro de la vivencia, del hecho, de lo que puede suceder en circunstancias como esa.

La cámara casi espía se cuela en las callejuelas en largos planos secuencia, se mete entre la gente, capta conversaciones dichas al pasar y le agrega una banda de sonido entre ambient y electrónica subyugante, además de las reimaginadas conversaciones por celular del grupo de amigos tratando de encontrarse y organizarse cuando la noche se empieza a poner cada vez más densa y descontracturada. Con el paso de las horas, la propia estética del film se desarma y deforma, reflejando las inciertas sensaciones de los protagonistas y de quienes los rodean.

H puede ser el repaso de una noche particular (la de un festejo como el de San Fermín que coquetea de frente con la muerte) pero en la visión de Pardo Ros –que fue parte del grupo “lacasinegra” que incluye también a Elena López Riera, que participará con su primer film en la Quincena de Realizadores de Cannes– se puede inferir que casi cualquier noche, al menos durante una etapa de la vida, es un recorrido que va siempre acercándose a ese mismo destino, esos momentos en los que las máximas vivencias vitales se miran frente a frente con la pulsión de muerte.


LUMINUM, de Maximiliano Schonfeld (Argentina). Este documental del realizador de la reciente JESUS LOPEZ retrata de manera amable y cariñosa, sin jamás pasarse al lado de la burla o condescendencia, a una dupla de madre e hija que llevan décadas dedicándose a descubrir rastros de ovnis, eso que se da por llamar «ufología». Lo hacen en su zona de influencia, el Río Paraná, pero también van y vienen por otras zonas, en un auto un tanto destartalado, a la caza de vida extraterrestre que se haría visible acá gracias a la existencia de mucho ganado misteriosamente descuartizado.

Pero más allá de sus descubrimientos –que son secundarios–, LUMINUM es un retrato de la relación entre ambas, Silvia y Andrea, una madre y una hija de cambiante relación pero de mutua dependencia en esta aventura de vivir buscando explicaciones en el más allá. Habrá cuestiones ligadas específicamente a sus descubrimientos (las mujeres tienen un museo dedicado al tema en la ciudad de Victoria, Entre Ríos) y se verán algunas de sus actividades de divulgación así como conoceremos a algunos de sus fieles, pero el corazón de la película pasa por ellas.

Sin entrar en cuestiones típicamente psicologistas –la película tiene momentos dramáticos pero se maneja por lo general con cierta levedad–, lo que va armando LUMINUM es un cariñoso acompañamiento a estas dos mujeres. Alejadísimo de formatos «sobradores» (como los que suelen usar otros cineastas locales a la hora de hacer retratos de personajes, llamémoslos, «peculiares»), Schonfeld demuestra su respeto y casi admiración por la resiliencia de estas mujeres que han dedicado sus vidas, cuáles heroínas de alguna historia bíblica, a la búsqueda de un imposible Santo Grial.


HERBARIA, de Leandro Listorti (Argentina). Hay profesiones que parecen no tener nada que ver entre sí pero que trabajan a partir de ideas comunes. Los botánicos y las personas que se dedican al estudio de las plantas, su recuperación y su clasificación, hacen hincapié, entre otras cosas, en rescatar especies perdidas y olvidadas. Su trabajo no es tan diferente a los que se dedican a rescatar del olvido la historia del cine, sus materiales perdidos, deformados, destruidos por el tiempo y el mal cuidado. En la Argentina, además, la conexión es aún más directo ya que el principal botánico del país, Cristobal Hicken, fue tío de Pablo Ducrós Hicken, un coleccionista de películas cuyo nombre hoy tiene el Museo de Cine de Buenos Aires.

En ese sentido, Listorti (quien se dedica al rescate de material de archivo cinematográfico) muestra el obsesivo y cuidadoso trabajo de los botánicos a la hora de encontrar, clasificar y proteger esas especies perdidas o en extinción, mostrando la dedicación de los profesionales en el tema que ponen el objetivo en salvar algunas de las muchas especies que han desaparecido para siempre en un planeta que va perdiendo biodiversidad.

En paralelo, vemos un trabajo parecido de parte de las personas que se dedican a recuperar, limpiar y restaurar viejos materiales en celuloide que muestran imágenes en movimiento de un pasado que pronto desaparecerá para siempre, ya que se considera que más del 90 por ciento del cine mudo se ha perdido. La necesidad de rescatar del olvido trazos de la historia, de una y otra manera, es el objetivo de los protagonistas de estas historias.

Si bien tiene algunas informaciones y testimonios, el film de Listorti parte de la observación del trabajo obsesivo y delicado de los profesionales, algo que conecta su película con los films de Jessica Sarah Rinland, que hace similares investigaciones visuales en campos de investigación científica. Quizás menos formalmente radical que los films de la realizadora de THOSE THAT, AT A DISTANCE, RESEMBLE ANOTHER, la película del director de LOS JOVENES MUERTOS no solo ofrece esa conexión como juego ni intenta ser un documental divulgativo en un sentido clásico. Es, casi más que cualquier otra cosa, un homenaje a esos héroes silenciosos que se ocupan de preservar el pasado.


LOS SALDOS, de Raúl Capdevila Murillo (España) La vida campesina en las regiones del norte de España ha sido capturada en muchos films, especialmente en documentales de ese país. En LOS SALDOS el realizador se acerca a un familia de veteranos campesinos de un area rural (Binéfar, en la región aragonesa) que se enfrentan al regreso de su hijo, que ha vuelto a vivir allí luego de pasar un frustrado tiempo en una ciudad. A partir de este disparador la película mostrará los cambios en la mecánica familiar pero, más que nada, se centrará en otros cambios, unos que tienen que ver con un modo de vida que va desapareciendo para dar paso a otro que parece arribar de manera brusca.

La particularidad del film es que la propia familia del director es la protagonista y él mismo es el joven que regresa allí, a un pueblo que parece estar a merced de la llegada de una gran empresa dedicada a la ganadería que cambiará toda la mecánica social del lugar. Con algunos apuntes visuales que bordean la épica del western, LOS SALDOS captura a su manera ese cambio de época pero, más que nada, un cambio de mentalidad que va del proceso a los resultados, de la mística a los objetivos.

EAMI, de Paz Encina


LATITUDES

CAMUFLAJE, de Jonathan Perel

MALINTZIN 17, de Mara y Eugenio Polgovsky