Series: crítica de «Fiasco total: Woodstock ’99», de Jamie Crawford (Netflix)

Series: crítica de «Fiasco total: Woodstock ’99», de Jamie Crawford (Netflix)

Este nuevo documental sobre el festival Woodstock ’99 vuelve sobre el caos, el descontrol y la destrucción que tuvo lugar en ese evento supuestamente dedicado a «la paz y el amor».


El segundo documental en un año en tratar sobre el caos y el descontrol que fue el festival de rock Woodstock ’99 (ver crítica acá de aquel otro, estrenado en HBO Max) no es muy diferente al anterior a la hora de analizar causas y mostrar los hechos que sucedieron a lo largo de esos tres días en los que se desmadró absolutamente todo lo que prometía ser un evento de «paz y amor». Y si bien este tiene el formato serie y no película, en realidad su duración total no es muy superior (son tres episodios de menos de 45-50 minutos cada uno) al anterior, que rondaba los 110. La pregunta entonces es: ¿para qué hacerlo?

Dicho de otro modo: volver a escribir acá la crítica se vuelve un poco redundante (casi todo lo que tengo para decir sobre el hecho está dicho allá) y quizás las únicas diferencias importantes es que esta serie sí pone la responsabilidad casi por completo en los productores de este evento (en el otro estaba más dividido), especialmente cuando son directa y duramente criticados por muchos de los entonces jóvenes que trabajaron con ellos, quienes intentan demostrar de varias maneras que ese caos y descontrol se podía haber previstos con una mejor organización. Ellos sabían que tenían una bomba de tiempo entre manos pero hasta el fin de sus días (uno de ellos, Michael Lang, murió en enero de este año) siguieron negando los problemas o culpando a otros.

Se trató de un evento pensado para hacer dinero (y recuperar las pérdidas del Woodstock ’94) y eso se notó en todos los aspectos: desde la falta de seguridad, los precios de las bebidas y comidas (inclusive el agua), la nula preparación de las instalaciones sanitarias y la ausencia de personal de limpieza, entre otros horrores. Si a eso se le suma un público frustrado por esas y otras promesas incumplidas, algunos errores absurdos (como darles velas a lo que a esa altura era una turba enardecida), una serie de grupos musicales que no ayudaban demasiado a calmar ánimos o hasta parecían boicotear ex profeso los esfuerzos de los organizadores para hacerlo quizás en un anárquico plan «rompan todo» (especialmente Limp Bizkit y Red Hot Chili Peppers), estamos ante una profecía autocumplida que termina en el caos.


Vuelvo a la pregunta inicial. ¿Cuál es la necesidad de hacer dos documentales sobre un mismo caso si no hay diferencias importantes ni revelaciones fuertes ni búsquedas estéticas nuevas? Se me ocurre que, además de que seguramente fueron dos proyectos en paralelo y que los de HBO lo terminaron antes, ha aparecido una cierta moda ligada a documentales sobre situaciones de este tipo, especialmente ligadas a descontrolados festivales de rock (como el Fyre Festival de hace unos años) o eventos de otro tipo que se fueron a pique. Y que, de un modo extrañamente irónico, la industria de hacer documentales sobre estos temas funciona con el mismo tipo de codicia/avaricia que los que tenían los organizadores de Woodstock ’99.

Da la impresión, tras ver muchos documentales sobre «crímenes verdaderos» u otras zonas oscuras del pasado reciente (en especial, el estadounidense), que hay ya una fórmula para hacerlos y que la conocen hasta los entrevistados. Cada tanto uno siente que muchos testimonios parecen sobreactuados para las cámaras, con las personas que hablan diciendo en tono estentóreo frases aptas para trailers como si hubieran entrenado para hacerlo o los entrevistadores les pidieran una y otra vez que las repitan hasta dar con la entonación perfecta. Como sucede en la ficción, hay ya una modelo para muchos de estos «productos documentales» que se va volviendo cansina y repetitiva.

WOODSTOCK ’99 prueba también que ese festival fue un mal ensayo para un modelo corporativo de eventos de ese tipo que hoy está estandarizado en el mundo entero. Un festival es una marca que se vende sin importar qué artistas van (ver sino la venta de entradas para Lollapalooza, en su versión argentina al menos, sin artistas anunciados) y lo que suele ser central parece ser el hecho de haber estado ahí más que cualquier otra cosa. En 1999, como alguien inteligentemente analiza, no había redes sociales que difundieran estos eventos en el momento, lo cual podía haber evitado algunos de los excesos más crudos y violentos. Pero, a la vez, lo que hoy harían las redes no sería muy distinto a lo que fue entonces la cobertura de MTV en vivo buscando todo el tiempo escenas de «alto impacto» con la gente. Se sabe que, con las cámaras encima, los comportamientos de muchos son diferentes –y más exaltados– que lo habitual.

Y el otro elemento a analizar, sí, es la diferencia importante que hay entre el sexismo y el machismo de esa época que era incontrolable en festivales de este tipo y la sensación de más cuidado y responsabilidad que se tiene hoy sobre temas de abuso sexual y hasta violaciones como las que hubo entonces. Hoy en día los festivales son seguros, controlados, prolijos y cuidados. Y eso, en general, es un paso adelante. Aunque haya sido a costa de dejar todo en manos de algunas corporaciones a las que lo que menos les importa es la música.

Sobre el caos del festival en sí –en detalle, repito– pueden leer más acá.