Series: reseña de «Better Call Saul: Temporada 6/Episodio Final», de Vince Gilligan y Peter Gould (Netflix)

Series: reseña de «Better Call Saul: Temporada 6/Episodio Final», de Vince Gilligan y Peter Gould (Netflix)

Crítica CON SPOILERS del elegante, poético y emotivo final de la serie protagonizada por Bob Odenkirk y Rhea Seehorn. En Netflix.

ALERTA, SPOILERS DE BETTER CALL SAUL Y DE BREAKING BAD!

Con un cierre elegante, cinematográfico, de estirpe bressoniana finalizaron no solo las seis temporadas de BETTER CALL SAUL sino, quizás, todo el universo creado por Vince Gilligan desde los inicios de BREAKING BAD, allá por 2008. No se usaron las exactas palabras, pero aquel «qué extraños caminos tuve que tomar para llegar hacia tí», que cierra el clásico de Robert Bresson PICKPOCKET, bien podría haber funcionado aquí. Y sería un perfecto resumen de todos los vuelcos y giros en la vida de Jimmy McGill –ahora sí, retomando su verdadero nombre– desde que se separó de Kim Wexler, lo cual incluye todo lo sucedido en BREAKING BAD, ya como Saul Goodman, y su posterior etapa en blanco y negro como Gene. Un enorme giro que lo deposita de regreso al comienzo de todo, un «viaje en el tiempo» que no es físico sino mental y que se parece mucho a un arrepentimiento.

El final de la serie propone una nueva trampa, un truco curioso que esta vez no solo lo juega Saul Goodman con sus potenciales víctimas sino que es uno que hace la serie con los espectadores. Siguiendo la lógica esperable del personaje y tras haber sido capturado, todo parecía indicar que el tipo se había salido otra vez con la suya, consiguiendo un arreglo más que generoso para la cantidad de crímenes y desfalcos en los que estuvo involucrado. Pero en un planificado giro –que parece un rapto de sinceridad, pero es evidente que lo tiene pensado desde antes– y ante la presencia en el juzgado de Kim, Jimmy decide auto-incriminarse. Dicho de otro modo: hacerse cargo. Su condena será mucho peor que la pactada, pero tendrá un gesto que acaso por primera vez lo ennoblece, le devuelve la humanidad que parecía haber abandonado años atrás.

El episodio es, también, un ejercicio sobre el punto de vista. Siendo Jimmy el protagonista, el espectador siempre se ha puesto instintivamente de su lado. Este tipo de identificación psicológica, que es la piedra angular de la narración cinematográfica (y no solo cinematográfica), es la que nos permite desear que le vaya bien y compartir el modo en el que él se ve a sí mismo y a los demás. En este último episodio, a través de una serie de flashbacks, de la sorpresiva reaparición de una de sus víctimas (colateral, pero víctima al fin) y de la confesión final, BETTER CALL SAUL juega con el cambio de perspectiva y termina por dejar en claro algo que siempre supimos pero que hace muy poco empezamos a reconocer: que Saul Goodman era un monstruo, un tipo despreciable, un sujeto que –por dinero o por conveniencia– había destruido la vida de muchísimas personas. Y el último que se da cuenta es él mismo. Un clásico «más vale tarde que nunca».


Todo comienza con uno de los tres flashbacks que reconectarán a Jimmy/Saul con eventos del pasado, los tres relacionados con la idea del «remordimiento». En los dos primeros –con Mike y con Walter White, en escenas que funcionan a modo de outtakes de respectivos episodios de BETTER CALL SAUL y BREAKING BAD–, Saul les pregunta a ambos que harían si tuvieran una máquina para viajar en el tiempo. Tanto Mike como Walter, coherentes con la lógica de sus personajes, expresan su deseos personales, íntimos, viajar hacia el momento en el que dieron ese mal paso (aceptar una coima, dice Mike; abandonar la empresa que él había creado, dice WW) que los terminó llevando a una vida criminal. Los de Saul son arrepentimientos banales, infantiles, convenientes: le encantaría ir a momentos históricos que le permitieran ganar dinero o sacar más provecho de alguna situación. «O sea que siempre fuiste así», le espeta White. Del tercer flashback hablaremos después.

Esos recuerdos marcan un punto de giro. Luego del primero, con Mike, la historia continúa donde la dejamos la semana pasada, con «Gene» huyendo de Marion, utilizando su talento para escapar de distintas vigilancias pero finalmente cayendo en las peores circunstancias: descubierto escondido en un mugriento contenedor de basura mientras trata, sin suerte, de llamar a su «extractor» para que lo ayude a volver a huir. Apresado, convocará a William «Bill» Oakley, eterno rival suyo, como abogado consejero para que lo ayude en su plan. Y apenas se enfrenta a los fiscales y oficiales del FBI y la DEA –quienes le informan que sus delitos equivaldrían a un par de cadenas perpetuas pero que están dispuestos a llegar a un arreglo y rebajarle la pena a 86 años–, se topa con su primer desafío: enfrentar a Marie (Betsy Brandt), la viuda de Hank, el agente/cuñado de Walter asesinado en BREAKING BAD, la primera en dejarle en evidencia al espectador quién es realmente Saul.

Pero el hombre no se conmueve y, sin perder su magia para el engaño, presiona a los fiscales con una suerte de ensayo de alegato en el que se victimiza, culpa a Walter White por todo lo que él hizo y logra convencerlos de que no será fácil ganarle un juicio. «Con que me crea un solo jurado me alcanza», dice. Y así logra negociar un acuerdo muy favorable: tan solo siete años de cárcel con unos cuantos beneficios extra. Pero queriendo ganar todavía más –como le pasó en su último delito–, se equivoca cuando intenta involucrar a Kim en lo que pasó con Howard Hamlin. Los abogados ya tienen ese dato, le dicen, porque Kim hizo la presentación auto-incriminatoria que vimos la semana pasada. Saul no lo sabía y en su cara se nota el impacto que le provoca la noticia.

El espectador no lo sabrá por un rato, pero ahí todo empieza a cambiar para Saul. Y más aún cuando se entera que a Kim quizás la espere un juicio civil que puede arruinarla de por vida. Y si bien seguirá adelante con su performance –hace convocar a Kim al juicio con la aparente amenaza de incriminarla aún más–, el click ya está hecho y solo queda esperar que lo presente a su manera: con un show. Con Kim en la sala, Saul vuelve a ser Jimmy y admite su culpabilidad en todo lo que se le acusa, liberándola a ella pero rompiendo el acuerdo logrado previamente. Volverán a ser 86 años de cárcel –o quizás menos, con buena conducta, pero mucho no cambia–, pero ella queda limpia para poder seguir viviendo su vida.

El tercer flashback lo vuelve a poner junto a su hermano Chuck, en la época en la que Jimmy lo ayudaba trayéndole todo a la oscura casa de la que no podía salir. Y allí vuelve a surgir el tema del arrepentimiento, de la posibilidad de cambiar el modo de vida que está llevando. «Si no te gusta para donde estás yendo, no te avergüences de volver atrás y cambiar tu camino», le dice Chuck y se lleva a la cama el libro de H.G. Wells «La máquina del tiempo». Jimmy, obviamente, no le presta atención alguna.

El último bloque tendrá lugar en la cárcel –la peor de todas, no esa con cancha de golf a la que él quería ir– y ahí se producirá el bressoniano reencuentro con Kim. Bajo la mínima luz del sol que entra a una sala de reuniones fumarán un cigarrillo, tendrán una breve charla y una amable despedida, una que hasta hace suponer futuras visitas de cortesía. Pero eso es lo de menos. Jimmy ha recorrido todo ese largo camino que lo convirtió primero en Saul y luego en Gene para ahora, años después, volver a ser la mejor versión de sí mismo (Jimmy tampoco era un dechado de virtudes, convengamos) y terminar el resto de sus días en algo parecido a la paz, con un sacrificio que lo ennoblece. El viaje fue largo pero tuvo algún sentido. O, como dice la canción: «Tarda en llegar/Y al final, hay recompensa«.